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18 de gener del 2010

Vic

La decisión del ayuntamiento de Vic, sobre los inmigrantes irregulares, es uno de los asuntos que más dificultades me ha acarreado últimamente a la hora de formarme un criterio. Intentaré resumir, telegráfica y asépticamente, como veo los distintos aspectos que gravitan sobre la cuestión:
  • Ante la amenaza que representa el partido de Anglada, los partidos actualmente en el Ayuntamiento toman la iniciativa política de endurecer las condiciones de empadronamiento. El objetivo directo de la medida es enviar el siguiente mensaje a la ciudadanía vigatana: "Somos conscientes del trastorno que ocasionan los inmigrantes irregulares en sus vidas, pero no necesitan votar ustedes al partido de Anglada; nosotros nos haremos cargo del problema"
  • Las instancias superiores -Gobierno central y Generalitat- saben que al Ayuntamiento le asiste la razón formal, pero no pueden reconocerlo. El problema, en las actuales circunstancias de recesión brutal (y seguramente en cualesquiera otras) es materialmente irresoluble; no se puede proceder a una regularización masiva (ni estamos en condiciones ni la CE lo permite) ni retornarlos a sus países de origen ni, mucho menos, expulsarles. Se verán, por tanto, forzadas a emitir sendos dictámenes administrativos (¿y/o jurídicos?) declarando el derecho de los inmigrantes a ser censados en el padrón.
  • Mientras redacto estas líneas leo que "Un informe jurídico da la razón al Ayuntamiento de Vic". Informe que servirá de base a la instancia que dicho ayuntamiento se dispone a enviar a la subdelegación del Gobierno en la que "L’Ajuntament de Vic demana al ministre de l’Interior que informi per escrit dels requisits dels passaports per a l’empadronament de ciutadans estrangers no comunitaris".
  • Conocida la propensión que tiene el poder Judicial a enmendarle la plana al Ejecutivo, es bastante previsible el derrotero que pueden tomar los acontecimientos si -en ausencia de un entendimiento entre Gobierno y Ayuntamiento- el asunto se encauza por la vía de los tribunales de justicia.
¿Cual es la conclusión? A corto plazo solo veo una salida: un acuerdo político entre los partidos civilizados -estatales y autonómicos- en virtud del cual se pueda dar una solución medio honorable al problema. Digo a corto plazo porque, a medio, el fantasma de Le Pen no lo ahuyenta ni Dios.

Hasta aquí -y no me atrevo a ir mucho más allá- el planteamiento formal del asunto. Soy consciente de que me dejo muchísimas cosas en en tintero. Sobre las implicaciones morales y éticas (y sobre cualesquiera otras) me gustaría oír las voces de todo el que quiera participar en el debate al que, esta vez de modo muy especial, invito a cuantos visiten el bloc. Sólo, a modo de sugerencia o provocación, una frase de un artículo leído a Josep Ramoneda: "Me da absolutamente igual que sea legal o no la decisión del Ayuntamiento de Vic. Me parece igual de repugnante"

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PS: Per raons, diguem que històriques, aquest bloc s'escriu en castellà, però seran ben vinguts els comentaris en català (i fins i tot en altres llengües, si som capaços d'entendre-les)

30 de novembre del 2009

Me siento estafado

Uno de los comentaristas habituales del blog me dice que qué hago yo callado con la que está cayendo. Que conste que ya lo avisé, que lo mío no son las prisas sino las pausas... Pero nada, malo si hablas, peor si callas. Bueno, pues algo habrá que decir.

Pero, ¿qué voy yo a decir que no esté ya dicho por gente más formada e informada? Se ha dicho todo lo que se podía decir y más; hasta sabemos ya quién fue el brazo ejecutor de la editorialada, después de que el acusica Arcadi Espada (previa metida de pata de la despechada cadena Ser) empujara a Enric Juliana a levantar el dedo medio avergonzado para decir: "fui yo señorita". A Espada ya le dije lo que tocaba, veamos que puedo añadir aquí.

Solo me cabe añadir lo que me corresponde como ciudadano de a pié, y es que, me siento estafado. Yo, ciudadano corriente, no tenía porqué saber, cuando se me convocó a refrendar o rechazar el Estatut, que el resultado de la consulta podía ser revocado (o modificado, o interpretado o como quieran llamarlo) por un tribunal constitucional. Porque esto -que la soberanía en democracia reside en el pueblo, a veces sí y a veces no- no es de sentido común (común: ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido. DRAE, dixit).

No es de sentido común -y dudo mucho que tenga sentido jurídico y constitucional- porque si lo que se aprobó en referéndum no vale, porque no es constitucional, sólo un nuevo referendum puede validar un estatuto distinto. Estatuto que, lógicamente, debería previamente ser discutido por el Parlament de Catalunya y cepillado por las Cortes Españolas. Pero, claro, en esa nueva singladura podría ser objeto de un nuevo recurso de inconstitucionalidad, de manera que la nueva consulta pudiera ser de nuevo invalidada por el TC... y así ad infinitum (o por mejor decir, ad nauseum).

Alguien podría decir -y de hecho ya se ha dicho- que esto hubiera podido evitarse con el recurso previo de inconstitucionalidad. Muy bien, pregunta tonta: ¿se imaginan por un momento todo el proceso paralizado durante más de 3 años, además de los 2 de gestión, a la espera de que sus señorías tuvieran a bien pronunciarse?

Finalmente, y sin salirme de mi condición de ciudadano corriente y lego en la materia. Tengo entendido que una de las cosas que más ha herido la sensibilidad de los magistrados renuentes a aprobar el texto estatutario, es que en él Cataluña (o su parlamento, o su pueblo) se defina a sí misma como nación. A mi parecer esto desmonta el argumento de quienes sostienen que el TC es competente para rechazar el texto aprobado en referendum por la razón de que la soberanía reside en la totalidad del pueblo español y no en una parte del mismo (en este caso Cataluña). Esto sería razonable si en el Estatut se regularan aspectos que afectaran a España en su conjunto (y en aquellos supuestos en que así sea, me callo) pero ¿que puñetas le importa al TC, como se defina Cataluña a sí misma? Porque si le importa, si España se siente legitimada para decirle a Cataluña quien es y como debe ser, entonces es que todo ha sido una pamplina y que aquí nadie se creyó lo de el Estado de las Autonomías.

28 d’octubre del 2009

Profecías autocumplidas



Si entrem aquí prendrem molt de mal, perquè a les hores jo tindria una resposta fàcil (...) tots els casos son diferents, però tots farien una mica de ferum...


Pujol alerta del perill de remoure el finançament dels partits

Si lo sabía él, que "aquí prendrem tots mol de mal..." Y es que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

22 d’octubre del 2009

El sentido común y sus enemigos

Cada uno es más o menos sensible a ciertos hechos o a determinadas circunstancias. Yo -no sabría decir exactamente el porqué- lo soy a los atentados al sentido común y a la lógica.

Viene esto a cuento del "caso Millet" y el circo montado alrededor del auto del juez. Por ejemplo, una de las cosas que argumentan los defensores de la puesta en libertad de los imputados es que la figura de "alarma social" ha desaparecido del código penal ¿Y...? ¿Quién ha hablado de alarma social? La sociedad no está alarmada, está indignada, que es una cosa muy distinta. Alarma social es lo que vemos en las películas de la serie negra, donde la gente no sabe quién será la siguiente víctima del asesino en serie. Aquí no hay alarma: los que tenían que ser estafados o robados ya lo han sido. Aquí, insisto, lo que hay es indignación.

Se me dirá que la indignación social tampoco está recogida en el código penal. De acuerdo, pero no es a eso a lo que iba, sino al atropello de la lógica. Leo en la prensa que la decisión del juez para dejar en libertad a Montull y Millet se basa en que no hay riesgo de fuga ni de destrucción de pruebas porque:
«Las acciones realizadas por los imputados (cartas de confesión), en aplicación de una mínima lógica no se corresponden con unas personas que estén preparando su huida ya que es evidente que han tenido la oportunidad de fugarse desde el mismo día en que se produjo el registro del Palau, haciéndolo con una importante suma de dinero y sin reconocer ningún tipo de responsabilidad».
y porque:
«Los imputados no tienen acceso a los locales y sus personas cercanas también se han desvinculado de las entidades»
El riesgo, por definición, es la evaluación de las posibilidades de que algo pueda acontecer en el futuro, no la constatación de hechos pasados. Nadie nos va a asegurar una casa quemada o un coche accidentado. Pués bien, se concluye que Millet y Montull no se fugarán porque no se fugaron en su momento, y no destruirán pruebas porque ya no tienen acceso a las mismas. (O ya no quedan pruebas qué destruir porque sí tuvieron acceso a ellas con anterioridad).

Estoy convencido y no pongo en cuestión -entre otras cosas porque soy lego total en la materia- que el juez ha actuado de acuerdo con los procedimientos establecidos, lo que denuncio como un atropello al sentido común es que se evalúen unos riesgos 3 meses después de las hipotéticas contingencias.

El momento de máximo riesgo de fuga (como señala el propio juez) y de máximo riesgo de destrucción de pruebas fue cuando los mossos entraban por una puerta del Palau y Millet salía bajo un paraguas por la otra. Desde luego, a esos efectos, es ahora bastante irrelevante que sigan, o no, en libertad.

24 de juny del 2009

La Ley electoral y el velo de la ignorancia


John Rawls, filósofo contemporáneo universalmente conocido por su Teoría de la Justicia, acuñó la expresión "velo de la ignorancia" para referirse a las condiciones de imparcialidad que deberían concurrir en los miembros de una asamblea constituyente ideal. Esos individuos, cuyo cometido sería el de dotarse a sí mismos de un acuerdo de convivencia, estarían cubiertos por el velo de la ignorancia de todo cuanto pudiera afectar a sus propias vidas. Sólo desconociendo su propia situación en la sociedad, sus propias características físicas o intelectuales, su inteligencia, su ambición, sus vicios, sus defectos, etcétera, estarían en condiciones de pactar un contrato social justo, dado que, en esa posición original, les resultaría imposible saber qué condiciones del contrato les favorecerían y cuales les perjudicarían. Obviamente, no es que Rawls desconociera la imposibilidad práctica de tal situación; se trataba solo de una formulación teórica a partir de la cual desarrollar su teoría ética de la política. (Algo así como los famosos experimentos mentales de Einstein).

Pues bien, viendo el otro día el programa Àgora, en el canal 33, que trataba sobre la eternamente pospuesta Ley electoral de Catalunya, me vino súbitamente a la mente Rawls y su velo de la ignorancia. Hacia el final del debate, uno de los invitados, el profesor Joan Botella, que junto al, también invitado, profesor Jordi Capo, asesoró y colaboró en la redacción de la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) para una nueva Ley Electoral para Catalunya, desmontó -dialécticamente hablando, claro, porque no es diputado del Parlament- una de las maniobras más recurrentes en la dilación de su admisión a trámite. El argumento dilatorio (no exento de lógica y, al parecer, atribuido esta vez al President Montilla) es que una ley electoral debe discutirse al principio y no al final de la legislatura. Efectivamente, la razón por la que hasta el momento ha sido imposible sentar las bases para la aprobación de una tal ley, es que los partidos políticos hacen de forma instantánea los cálculos para cualquier escenario posible y, lógicamente, lo que beneficia a uno perjudica a otro. Argumento más perentorio cuanto más cerca está la convocatoria electoral. El contra-argumento del profesor Botella no puede ser más simple: aprueben ustedes ahora la Ley electoral y no la apliquen hasta las siguientes elecciones, en el 2014. (Cosa perfectamente posible). En efecto, el velo de la ignorancia sobre el comportamiento futuro del electorado se hace más espeso cuanto más lejos está ese futuro. Si no pueden trabajar ustedes bajo la presión que supone tener las elecciones a la vuelta de la esquina -les dice el profesor Botella- alarguen el horizonte a cinco años vista. Tal como están hoy en día las cosas, quién pretenda saber qué sucederá dentro de cinco años está rematadamente loco.

3 d’agost del 2008

Notas para españoles

Comenta López Burniol, en su columna de El Periódico de hoy domingo día 3, la impresión que en sendos colegas suyos de Andalucía produjo su libro "España desde una esquina". De forma cortés pero directa ambos vienen a coincidir en que el tema no les interesa. Uno de ellos expresa su desaprobación en forma metafórica: "no te pierdas en este mar sin orillas y navega por otras aguas"; frase que me ha recordado aquella otra, seguramente apócrifa, que se atribuía al Caudillo: "haga como yo, no se meta en política". Al leerlo he recordado algo que me llamó la atención cuando leí el libro: el subtítulo, "Notas para españoles", que, según el propio Burniol aclara, se refiere a los destinatarios del libro. Me lo ha recordado porque, si la opinión de sus antiguos colegas es representativa de un segmento importante de España -y yo me temo que sí lo es- su prédica habrá sido en el desierto. No del todo, ciertamente: Rajoy en una ocasión blandió uno de sus artículos en el Congreso, pero barrunto que no era ese el fin para el que Burniol tejió sus argumentos.

Recientemente, con ocasión de la publicación de las balanzas fiscales, se han oído repetidamente en medios catalanes expresiones del estilo de: "ahora no se podrá decir decir que Cataluña no es solidaria" y cosas similares. Naturalmente, cuando las quejas contra Cataluña no sólo no han amainado sino que -en base a lo que desde España se considera una actitud contumaz- han arreciado, el desconcierto y la irritación han cundido a partes iguales. Cataluña es, para España, una piedra en el zapato, un incordio, un estorbo. Hay un hartazgo de Cataluña. Da igual cual sea la magnitud del déficit o del superávit -¿a quién le importa?- Cataluña no deja de presentar problemas mientras Euskadi (terrorismo y manías del lehendakari aparte) se maneja bien con España; siempre lo ha hecho. Por lo tanto está claro, es Cataluña y no Euskadi la piedra en el zapato. A nadie desde Euskadi se le ocurriría querer arreglar España -el problema no va con ellos- y a nadie desde España se le ocurrirá pedir solidaridad a Euskadi. Así les va bien a unos y a otros.

11 de juliol del 2008

Algo habremos hecho mal...

Ayer día 10, en su edición nacional, El País publicaba un artículo de Félix de Azúa titulado: "¡Socorro!". No voy a descubrir al personaje (con su vieja obsesión por el Titanic) ni a desmenuzar el libelo; ahí está (en abierto) para quien quiera leerlo. Lo que me interesa, porque no es ninguna broma, es el fenómeno. Apenas 24h después de su publicación 700 lectores de la web de El País habían valorado el artículo con 4 estrellas y media sobre cinco. Es decir, consideran que el artículo es entre "muy interesante" e "imprescindible". Ya se que el instrumento dista de ser objetivo, pero para mí es indicativo del estado de la cuestión, que es el siguiente: una masa importante de ciudadanos se levantan cada día ávidos de firmar un manifiesto u otorgar cinco estrellas a un artículo que refleje con contundencia su estado de cabreo hacia los nacionalismos disgregadores e insolidarios. Masa que es a su vez punta de lanza de una mayoría, no por silenciosa menos significativa. Dicho sin embudos: España le tiene ganas a Cataluña. (Dejémonos de filigranas sobre si hay que decir España y Cataluña o "los ciudadanos de").

Ante este fenómeno, a lo primero que se aplica cualquiera con un poco de sensibilidad es a preguntarse por las causas (que es tanto como decir por los culpables). Y lo más socorrido, claro está, es el enemigo exterior: los nostálgicos del franquismo, El Mundo, La Cope, los neo-jacobinos, etcétera. Lo segundo, los elementos: lo mal que nos comprenden y lo mal que nos explicamos desde tiempos históricos. Ahí suelen aparecer desde Ortega y Azaña hasta el vaso de agua clara de Julián Marías (el padre de Javier). Finalmente, y si mucho nos apuran, miramos (muy discretamente) alrededor y nos decimos que hombre..., que sí..., que quizá alguna responsabilidad tienen nuestros nacionalistas radicales. Esos chicos, que dirían los vascos. Pero de chicos poco: hay mucho alopécico y mucho barrigudo cincuentón haciendo el caldo gordo a los insensatos que queman banderas y boicotean las obras de la MAT, y muchos más que miran para otro lado.

Digámoslo claro: hay demasiada condescendencia -o miedo, o connivencia, o todo ello junto- para con los excesos del nacionalismo de casa. Hace algunos meses dediqué una extensa serie de entradas de este blog a comentar un reciente libro de Juanjo López Burniol en el que analiza la deriva que ha tomado la relación Cataluña-España en los últimos años. Burniol es un declarado amigo de Cataluña. Llegó a implicarse con entusiasmo en un proyecto federalista y progresista en el que creía de buena fe. Hoy -no hace falta que lo explicite, basta con leerle y oírle- se está distanciando cada vez más y, aunque lo hace con elegancia, apenas puede disimular su desengaño. Sería poco trascendente si no fuera sintomático: estamos perdiendo amigos, al mismo ritmo que hacemos enemigos, y nos lo estamos ganando a pulso.

Ese atajo de abajofimantes -hacia los que difícilmente me va a ganar nadie en menosprecio, por su escasa categoría intelectual y ética (por mucha vaca sagrada que haya entre ellos)- tiene razón en una cosa: la Cataluña sensata y progresista está acogotada por miedo a contradecir a los nacionalistas y a ser acusada de botifler. Estamos una vez más, y ahora de forma masiva y colectiva, bajo el síndrome Companys: "a veure si ara també direu que no soc prou catalanista". Parafraseando al alcalde Ruíz Gallardón ,es hora de preguntarnos qué hemos hecho mal, puesto que alguna responsabilidad debemos de tener en el desaguisado.

6 d’abril del 2008

El Vía Crucis de los políticos


Dice Josep Mª Vallés, en su reciente libro "Una agenda imperfecta: amb Maragall i el projecte de canvi", sobre la relación entre políticos y periodistas, que, a pesar de que hay una cierta desconfianza mutua, la proximidad entre unos y otros ha terminado por configurar una clase "politicomediática" como resultado de la una simbiosis surgida de la confluencia de intereses.

Estando de acuerdo con el retrato de Vallès, hay, a mi parecer, en esta simbiosis, un factor añadido de asimetría (que no hace, sino, el símil más realista puesto que las relaciones simbióticas nunca son simétricas): como ocurre en la clásica pareja de payasos de circo, Augusto, el payaso tonto, recibe todos los golpes, mientras Clown, el payaso listo, se atribuye todos los méritos. Así, veremos al tertuliano o líder de opinión, Clown, que pontifica sobre casi todo sin entender de casi nada, ridiculizar al político Augusto, por torpe, inepto o timorato (cuando no por deshonesto o cosas peores) mientras que el político se guardará muy mucho de rebelarse contras la tiranía del lenguaraz. Solo en casos excepcionales, y apartados ya de la política activa -cuando pueden permitírselo por tener una carrera civil, como es el caso de profesor Vallès- pueden los (ex)políticos opinar con cierta independencia. No voy a erigirme en defensor de los políticos, de los que he sido crítico en muchas ocasiones, pero me parece injusta la impunidad con la que periodistas -que manejan el medio- crucifican a los políticos, con razón o sin ella, y con la mirada puesta sólo en los índices de audiencia.

He puesto la foto de Carod con la corona de espinas, en el momento de ser fotografiado por Maragall, porque me parece paradigmática del caso. Esa imagen, que a mí me pareció simpática porque les humanizaba y les mostraba con un sentido del humor y de la ironía nada desdeñables en un país enfermo de transcendentalismo, fue utilizada de forma encarnizada y oportunista contra ambos. Pues bien, ahora, de nuevo, una anécdota absolutamente menor -la invocación a la Virgen de Montserrat por parte del conseller Baltasar en favor de la lluvia, desde su reconocido agnosticismo- ha sido utilizada por docenas de medios escritos y audiovisuales para, desde la ironía, hasta la burla, pasando por la crítica y hasta la ternura, cebarse sobre el buen hombre. Entiéndaseme bien, no estoy exculpando a Baltasar de una serie de errores políticamente garrafales: empezando por admitir que se aparcó el tema del trasvase desde el Segre por estar en campaña electoral, continuando por el intento de disfrazar el nombre con eufemismos y acabando por negar lo que primero había afirmado. Pero, como en el caso de Maragall y Carod, me parece que quienes utilizan la anécdota -para mí, simpática, soy así de raro- para hacer escarnio del político, están actuando de forma carroñera.

14 de març del 2008

Juan-José López Burniol (y VII) El síndrome Companys o el tigre de papel

En la entrada anterior intenté explicar como los acontecimientos superaron a Companys hasta llevarle a liderar una acción revolucionaria en la cual no creía (o de cuyo éxito, por lo menos, no estaba en absoluto convencido). "A veure si ara també direu que no soc catalanista", diría una vez dado el paso decisivo. Pues bien, Burniol acuña el "síndrome Companys" para referirse a la actitud del los líderes del PSC, y de Pascual Maragall en particular, de acabar siendo más papistas que el Papa, en cuanto a catalanismo se refiere, en el proceso de debate y aprobación del proyecto de Estatuto. Salvando todas las distancias habidas y por haber entre la tragedia de la Generalitat de Companys y la -digamos- tragicomedia del tripartito de Maragall, veo yo un paralelismo entre ambos presidentes en lo que hace a su convicción federalista y a como esta fue arrollada por los acontecimientos hasta llevarles a un -no sé si interiorizado, pero si por lo menos manifestado- radicalismo nacionalista del cual no partían.

Lo que viene a decir Burniol, a la hora de analizar el papel de los socialistas catalanes en todo aquel proceso, es lo siguiente:

  • La iniciativa estatutaria fue una apuesta personal de Maragall. Jamás el PSC la hubiera promovido.
  • El PSC se vió embarcado en una guerra que no era la suya y "se puso delante de la procesión" (síndrome Companys).
  • Maragall fue radicalizando, a lo largo de la tramitación estatutaria su posición ideológica, cada vez más próximo a las posiciones nacionalistas. Entre las causas, seguramente diversas, el "síndrome companys".
  • Zapatero, atrapado por su promesa de respetar lo que saliera del Parlament, "cerró -por la espalda y con buena dosis de nocturnidad- un pacto precipitado y oportunista" con Mas por dos veces: primero cuando la discusión se atascó en Catalunya y luego, ya en Madrid, "con Maragall como convidado de piedra".
  • La cúpula del PSC -una vez más el síndrome Companys- plantó cara a Zapatero y renovó el tripartito. Ahora Zapatero ya sabe que ni el PSC es el PSN, ni Montilla es Puras.
Y la conclusión que saca de todo ello es que el hecho de que el PSC, con o sin grupo parlamentario propio, decidiese liderar una nueva versión del Gobierno tripartito, "supone un acto tal de autonomía, que pone de relieve la consolidación de un sistema catalán de partidos separado casi enteramente del sistema español".

El Tigre de papel
En el primero de esta serie de capítulos me hacía yo una salvedad en condicional: "si las partes no van de farol..." pues bien, Burniol con otras palabras se hace la misma salvedad: "los nacionalismos no pararán hasta alcanzar su meta (...) -la independencia plena de sus respectivas patrias- o disolverse en la inanidad, lo que también puede pasar, pues quizá no pasen de ser un tigre de papel".

Mi opinión personal es que, efectivamente, se trata de un tigre de papel. No hay en Cataluña un verdadero y mayoritario clamor por la independencia. Sí hay, no obstante, un sentido de pueblo con personalidad propia y diferenciada y, por encima de todo, un amor propio y una susceptibilidad a flor de piel -seguramente más que justificada- ante menosprecios o injusticias. Dos hechos han venido a corroborar en las recientes elecciones lo que digo: de un lado, la vuelta de ERC a su verdadera dimensión ilustra la escasa magnitud del independentismo; de otro, la contundente respuesta al PP recuerda, por si alguien lo había olvidado, que con Cataluña no se juega. (A los más viejos y con más memoria les recordaría el asunto Galinsoga).

¿Piensa realmente Burniol que se trata de una jugada de farol o, como el lo llama, de un tigre de papel?. Burniol no rehuye la disyuntiva, pero astutamente la pone en el tejado de los independentistas: si es un tigre de verdad, que muestre sus garras, y si no, que deje de dar espantadas. Dicho de otra manera, desde su punto de vista de español -del que explícitamente se reclama- no entra, ni le importa, si van de farol, o no, pero en cualquier caso le resulta inadmisible el chantaje permanente. Ahora bien, de la misma manera que no le parece admisible esta reivindicación permanente de los nacionalismos periféricos, tampoco le parece de recibo la falta de altura de miras de los partidos estatales al dar largas al problema y no acometerlo con visión de Estado. De ahí, entre otras cosas, la poca estima en que tiene a Zapatero y Aznar. Y, me atrevería a apostar a día de hoy, a un Rajoy en quién tenía depositadas unas esperanzas, en mi opinión, del todo infundadas. Pongo aquí punto final a esta serie de entradas.

3 de març del 2008

Juan-José López Burniol (VI) El síndrome Companys (1)

Lluís Companys fue (no sé si exactamente por este orden) abogado, periodista, sindicalista, republicano, federalista y revolucionario. Pero no fue separatista y no sé si tan siquiera nacionalista. Admirador en su juventud del ya anciano y venerable Pi i Margall, su ideal era la república federal, y su vida estuvo dedicada sobre todo a la acción sindical y política. Estuvo detenido 13 veces, y, paradógicamente, estar entre rejas le salvó seguramente de correr la misma suerte que sus compañeros y amigos Layret y Seguí: caer bajo las balas de los sicarios de Martinez Anido y Arlegui. Sin embargo su vida quedó marcada -además de por su asesinato político- por dos hechos trascendentales y controvertidos: la proclamación de la república el 14 de abril de 1931 y la proclamación del Estat Català dentro de la República Federal Española el 6 de octubre de 1934.

La República... y sus flecos
En la proclamación de la república Companys se adelanta a Macià y, tras tomar el Ayuntamiento de Barcelona sin apenas oposición del alcalde en funciones Matínez Domingo, sale al balcón y proclama:

"Poble de Barcelona! Els homes triomfants a les eleccions acabem de pendre possesió de l'Ajuntament i proclamem la República, que es el règim que havíem promès al poble"

Al poco, alertado de lo que sucede, Macià entra también en el Ayuntamiento y tras un breve cambio de impresiones con Companys sale al balcón y hace la siguiente proclama:

"En nom del poble de Catalunya proclamo l'Estat Català, que amb tota cordialitat procurarem integrar a la Federació de les Repúbliques Ibériques".

Para dirigirse a continuación al Palau de la Generalitat y hacer, desde él mismo, una proclama de tinte similar pero más solemne y más enfática, si cabe, en lo que se refiere a la autonomía respecto de lo que España pudiera eventualmente decidir. Todavía hubo una tercera proclama, al parecer inspirada por Carrasco i Formiguera, en la que se menciona "... d'acord amb el President de la República Española Don Niceto Alcalá Zamora...". Finalmente se desplazaron a toda prisa a Barcelona tres ministros del Gobierno de España para, según cuenta Gabriel Jackson, "recordar al exaltado y anciano Macià que la nueva Constitución todavía no había sido redactada" logrando que diera su aprobación a someter el proyecto de estatuto a las Cortes. Y sigue diciendo Jackson: "Para lograr este acuerdo temporal, los ministros de Madrid contaron en buena medida con los buenos oficios de Luís Companys... [que] era un autonomista más que un separatista".

A veure si ara també direu que no soc catalanista
El segundo, y más controvertido episodio -y el que da lugar a este capítulo de mi revisión del libro de López Burniol- tuvo lugar durante los llamados "hechos del 6 de octubre" de 1934. A raíz de la entrada de la CEDA en el gobierno de Madrid se desencadenó la revolución de octubre. Pero la tal revolución tuvo un vuelo gallináceo -sólo arrancó en Asturias, donde fue objeto de una salvaje represión por parte del ejército- y pilló a contra pié a la Generalitat de Companys. Este, envuelto entre la tormenta de los anarquistas de la FAI, los revolucionarios rabassaires y los independentistas con tintes fascistoides de Estat Català, y "atrapado por su propia violencia retórica- según dice Raymond Carr- creyó que o bien tenía que emplear la fuerza contra estos extremistas o bien tenía que dirigir el movimiento él mismo". Parece que optó por lo segundo. Retomando a Gabriel Jackson: "El día 6 de octubre a las 7,30h de la tarde una enorme multitud llenaba la plaça de Sant Jaume... Los nacionalistas exaltados esperaban la proclamación de la plena independencia de Cataluña. Los liberales aguardaban una declaración de resistencia al fascismo de Madrid. Dencàs planeaba por su cuenta la proclamación del Estat Català. Companys, en medio de tantos fuegos cruzados tomó el micrófono de manos de Dencàs y proclamó l'Estat Català de la República Federal Espanyola". Acto seguido, ya off the record -como diríamos hoy- se le atribuye la frase que cita Burniol: "Ja està fet. Ja veurem com acabarà. A veure si ara també direu que no soc catalanista".

Y el caso es que acabó mal, pero eso ya no forma parte de nuestra historia. De este episodio histórico extrae López Burniol lo que él llama, a mi parecer con acierto, el "síndrome Lluís Companys". En la próxima entrada, porque esta ya se alarga en demasía, veremos el porqué.

17 de febrer del 2008

Juan-José López Burniol (V) La dura realidad

Tenía para comentar dos recortes de El Periódico con las respectivas respuestas de Rajoy y Zapatero a una pregunta de López Burniol -¿El encaje de Catalunya en España se resolvería mejor con un Estado federal clásico, y por tanto simétrico, o mediante un modelo confederal, sea este asimétrico o bilateral?- que se incluye en el contexto de sendas entrevistas a ambos personajes. Pero el propio Burniol se me adelanta hoy, en su columna del domingo, exponiendo los pensamientos que le suscita la primera de esas respuestas, la de Rajoy. Y a la vista del éxito, incluso dudo de que se moleste en comentar la segunda, la de Zapatero.

Las respuestas no pueden ser más previsibles; ventiladas como de puro trámite, diría yo. Rajoy: "Las cosas son mucho más sencillas que todo eso. España está definida en la Constitución como la suma de las nacionalidades y regiones que la componen. Y es exactamente eso, y no ninguna otra cosa". Por su parte, Zapatero: "El debate territorial requiere menos discusiones conceptuales y más claridad en la posición que cada cual defiende. La Constitución ha optado por un modelo de organización del Estado que no responde a una idea confederal: no está, pues, en el horizonte". ¿Alguien podría sorprenderse ante este tipo de respuestas?. No sé si a Burniol le han sorprendido, pero cuanto menos le han dolido; si más no la de Rajoy, que ha motivado su antedicha reacción. Al decir de Burniol ya un amigo le había advertido: "te engañas, no hay federalistas en España" capaces de reconocer que Cataluña "es una realidad histórica que ha preservado su identidad y tiene una voluntad decidida de proyectarla al futuro". "Así las cosas -termina diciendo Burniol- reconozco humildemente que Ortega tenía razón: la relación entre España y Catalunya solo podrá desenvolverse (...) en términos de estricta conllevancia". Para ser exactos -la precisión no me parece ociosa- en su famoso discurso en Las Cortes (tal como recoge el propio Burniol en su libro) Ortega no habla de la relación entre España y Cataluña, sino del problema catalán. Problema que "no se puede resolver, sólo se puede conllevar".

Y me pregunto yo: ¿tanta fuerza tiene la apresurada respuesta de Rajoy como para que Burniol, de un plumazo, se replantee toda la doctrina cuidadosamente elaborada en su libro, y salte 74 años atrás en el tiempo?. ¿Qué esperaba Burniol de "su amigo de derechas", o del hombre de "la sonrisa sin destinatario". ¿Qué taumatúrgico efecto esperaba que su pregunta operase en los dos estadistas que hoy se disputan liderar el destino inmediato de España?. En el improbabilísimo caso de que Burniol leyera estas líneas, sería yo quien le diría ahora, no ho deixi. Al margen, y más allá, de líderes y liderillos al albur de circunstanciales elecciones, los ciudadanos de Cataluña, y de España, esperamos algo más de nuestros intelectuales. Este libro, aunque tal como he dicho en anteriores comentarios, no comparto alguna de sus premisas ni, en consecuencia, algunas de sus conclusiones, constituye un esfuerzo notable y valiosísimo para el planteamiento de una relación entre España y Cataluña (y otras naciones) sin caer necesariamente en el fatalismo de la conllevancia mutua ni, mucho menos, a vernos mutuamente como una especie de castigo divino. Y bueno, puestos a dar saltos atrás en el tiempo, prefiero al republicano Azaña antes que al historicista Ortega.

PS: Tal como amenacé, quería dedicar un comentario al síndrome Companys -figura acuñada por Burniol, con una gran carga significativa, para referirse al giro soberanista de Maragall y, a su rebufo, el PSC, durante la tramitación de la reforma del Estatut- pero el hilo de la actualidad me fuerza a posponer ese comentario en beneficio de la reacción de Burniol a las respuestas de los líderes políticos. A pesar de que soy consciente de que dedicar tantas entradas consecutivas al mismo tema aburre a las ovejas, pienso que el libro, como digo arriba, más allá de su contenido estricto, que no es poco, constituye una hoja de ruta muy apropiada para examinar, y quizá superar, el problema catalán, que me apasiona tanto como al propio Burniol.

11 de febrer del 2008

Juan-José López Burniol (IV) Pueblos y ciudadanos

Mi anterior comentario ("Palo a la burra blanca, palo a la burra negra") fue una digresión en torno a la consideración que a Burniol le merecen los principales actores de la política española de los últimos 10 o 12 años. Triste consideración, ciertamente, que en líneas generales no puedo dejar de compartir -y que era pertinente hacerla porque, para bien o para mal, esos actores han sido determinantes en la historia que nos ocupa- pero que nos apartó del hilo de la reflexión. Reflexión que ahora quisiera recuperar donde la dejé en el comentario II: los ciudadanos versus los pueblos.

A pesar de que Burniol se apoya básicamente, en lo que al contexto histórico se refiere, en un historiador tan poco entusiasta del relato identitario como Santos Juliá, nuestro hombre construye su tesis dando un protagonismo, a mi entender excesivo, a los pueblos como entes interlocutorios, por encima de los ciudadanos e incluso de los territorios donde se asientan. Más que interrogarse acerca de lo que digan o interese a los ciudadanos -de Cataluña o de España- parece interrogarse acerca de lo que decida Cataluña o interese a España: "España tiene derecho a saber si Cataluña quiere marcharse o no" (pag. 203) porque, en según qué condiciones, "para España es preferible una Cataluña independiente..." (pag. 209). Y ello seguramente es así porque "las pulsiones profundas por las que se mueven las personas, y por ende los pueblos, son perennes" (pag. 148).

A veces las simplificaciones, los modelos, ayudan a plantear problemas que no pueden abordarse en toda su complejidad. Algo así estaría detrás de la lógica de los referéndum de autodeterminación: puesto que no podemos atender los deseos de millones de voluntades expresadas individualmente, hacemos una sencilla consulta y hacemos lo que decida la mayoría. Desgraciadamente las soluciones simples raramente resuelven problemas complejos, y este me temo que es uno de esos casos. Hace ya casi un siglo, a impulso del presidente de los EE.UU. Woodrow Wilson, se creyó encontrar la panacea al problema de los nacionalismos bajo el "principio de nacionalidad" consistente en hacer coincidir las fronteras de los estados-nación con las fronteras de la nacionalidad y la lengua; principio que, de una u otra forma habían teorizado decenios antes Mazzini y otros ("cada nación un estado y sólo un estado para cada nación"). Pero como nos dice Eric Hobsbawm, en "Naciones y nacionalismo"(Ed. Crítica, 1991) "La consecuencia lógica de crear un continente pulcramente dividido en estados territoriales coherentes (...) fue la expulsión en masa o el exterminio de las minorías". Precisamente ayer me vino a la mente todo este debate, y el libro de Burniol, al leer en El Periódico la noticia sobre la próxima independencia de Kosovo. Este fragmento me emocionó:
Pegado a Kosovo Polje está Bresje, donde nació Dobrivoje Grujic, de 45 años. En el pueblo no hay un alma por la calle. De alguna casa, pocas, cuelga un letrero: Prodajem (vendo). "El 70% de los vecinos se han ido marchando, porque esto es un gueto. Sin embargo, yo no quiero irme. No tengo a nadie en Serbia. Yo nací aquí, y mis padres, y mis abuelos. No he matado ni robado a nadie", dice Grujic con los ojos inundados.
Su esposa, Slagjana, de 40 años, lo besa. "Estamos pagando las locuras de Milosevic".
Si en 1920 fue imposible hacer coincidir las fronteras con las naciones, las etnias y las lenguas, ¿cuanto más no lo será hoy, en el siglo XXI, cuando las corrientes migratorias están actuando como un colosal e inmenso turmix que no cesa de mezclar gentes, lenguas y territorios?.

31 de gener del 2008

Juan-José López Burniol (III) Palo a la burra blanca, palo a la burra negra

Burniol es especialmente crítico con dos personajes: José Luís Rodríguez Zapatero y José María Aznar.

La sonrisa sin destinatario
Burniol ve en Zapatero al principal responsable del desaguisado (la reforma del Estatuto). Dice que asumió la presidencia "cuando todavía no estaba en sazón" e ironiza sobre su laicismo de expresión primaria, su antiamericanismo adolescente o su sonrisa sin destinatario. Pero cuando se muestra realmente duro y dolido con el Presidente es a la hora de evaluar su papel en el antedicho desaguisado. Lo ve como a un jugador de ajedrez que no ve más allá de la próxima jugada, que se guía por el cortoplacismo y el regate en corto, como se pone de manifiesto en sus acuerdos con Mas, almas gemelas, los llama, y la vacuidad de sus análisis: "Zapatero casi nunca fue más allá de ese problema: si Cataluña es o no una nación" (cuestión, esta, secundaria para Burniol). Y resume el método de Zapatero con estas palabras: el debate por encima de las ideas y la crítica por encima de la lógica". Reproches que hace extensivos a su Gobierno, que, en su opinión, ha fallado en lo principal: el proceso de paz y las reformas estatutarias. Es algo más indulgente con el PSC, que se vio arrastrado por la corriente e hizo lo que pudo, o con Maragall "buena gente, no conoce el rencor" pero que cae víctima del síndrome Companys (hablaré de ello otro día) y de los claroscuros de su propio personaje: "sabe ver lejos (...) pero tiene cierta tendencia a no rematar los temas".

El fundamentalista neoliberal y su tropa
No sale mejor librado Aznar - en mi opinión (y apostaría a que Burniol la comparte) el personaje más funesto de la historia reciente de España- que, cuando alcanzó la mayoría absoluta en el 2.000 "se quitó la careta para mostrar su auténtica faz: la de un doctrinario del fundamentalismo neoliberal que saltándose el tardofranquismo entroncó con lo más ajado de la derecha española...", para añadir que al 'aznarismo' supone una involución de más de 40 años. El PP no aparece mucho en escena, pero, en la carta a la que me refiero más abajo, le dedica un párrafo contundente del que entresaco: "Empantanado en una denuncia sin sentido de las circunstancias que provocaron su derrota electoral, enrocado en una defensa absurda de la intangibilidad constitucional, enfangado en un anticatanismo de brocha gorda(...) y con una tendencia abusiva a desplazar a la calle el debate político , la verdad es que no ha dado la respuesta justa que merecía la política errática del Gobierno...".

El amigo de derechas
Pero he aquí que, curiosa e inexplicablemente, salva de sus críticas -justificadas todas ellas- al hombre que durante cuatro años ha liderado a esa pandilla de irresponsables. Me refiero, claro está, a Mariano Rajoy. La "Carta a un amigo de derechas", que mencioné en (I), viene a ser un resumen, personalizado para el líder de la oposición, de las ideas y conclusiones que, bajo distintos ángulos, ha expuesto a lo largo del libro y artículos de prensa. No digo que se sitúe en una posición equidistante: da a cada uno lo suyo y lo da con tino; pero de esa carta a un amigo de derechas se destila la idea -que en absoluto puedo compartir- de que Rajoy, en todo ese desaguisado (ahora no me refiero al Estatuto, sino a toda la legislatura) ha sido una especie de espectador de excepción o, como pretende la leyenda urbana instalada en algunas tertulias, un rehén del "ala dura del PP". Si -con razón- se critica a los fariseos bienpensantes de Cataluña, que no dicen en público lo mismo que en privado, con más razón habrá de criticarse a quién, teniendo la responsabilidad de liderar la alternativa de Gobierno, ha hecho del chiste del gallego en la escalera, guía y norte de conducta.

29 de gener del 2008

Juan-José López Burniol (II) Una dimensión trágica


Lo primero a constatar es que el libro (ver entrada anterior al blog), cuya lectura todavía no he concluido, me ha sorprendido. Estaba convencido de que lo esencial del mismo estaba contenido en los artículos que le había leído y, particularmente, en el avance editorial y artículos que cito en esa entrada, y que el libro no sería sino un desarrollo en detalle de los mismos. La sorpresa viene, en primer lugar, porque incorpora materiales y puntos de vista que no esperaba, pero, sobretodo, porque -en contra de lo que yo era capaz de imaginar- revela a un Burniol para mí desconocido. Por partes.

Respecto del contenido, una de las partes para mí más interesantes es aquella (o aquellas, porque salpica varios capítulos del libro) en que analiza y desmenuza, con precisión de cirujano, los puntos clave del Estatuto, en lo que atañe al objeto de su estudio: la afirmación de Cataluña como entidad al margen de España. Afirmación que, según nos ayuda a descubrir Burniol, subyace más allá de las palabras, por una parte, pero también en el fondo del significado de las mismas, por otra. Digo que ha sido muy interesante y muy ilustrativo para mí, porque debo admitir, con absoluta honestidad, que hasta haber leído este libro no he sabido, ni he tenido conciencia, de a qué dí mi voto afirmativo en aquel referéndum del 18 de mayo de 2006. No estoy diciendo que no hubiera en su momento elementos de juicio para que, quién quisiera esforzarse en ello, pudiese hacerse una idea cabal de qué se ponía a refrendo; sólo digo que yo -es mi culpa- no lo hice.

Pero como decía, hay mucho más, y hoy, en este momento, me interesa el tema específico por el que me interrogaba en mi anterior entrada en el blog: las consecuencias del hipotético referéndum de autodeterminación que, para abreviar, llamaré escenario Burniol. Y aquí es donde se me aparece el Juan-José López Burniol desconocido. Andaba yo por la mitad del libro pero la impaciencia me ha podido, y, cómo los malos lectores de novelas de intriga, no he podido vencer la tentación de leer el final. El Propio Burniol no parece saber muy bien en que momento poner fin a sus reflexiones: después de una larga coda y de una síntesis, el final de verdad llega en forma de una carta abierta a... ¿puedo decirlo?: Mariano Rajoy. (No lo menciona por su nombre -curioso- pero lo identifica de forma inequívoca).

No cabe aquí, siquiera, un resumen de esa larga carta, en la que, entre otras cosas, reitera su teoría, ya expuesta, de las cuatro alternativas que se reducen a dos: estado federal simétrico o estados independientes. Lo que a mí me resulta -me duele en el alma decirlo- entre decepcionante e insólito, es el tratamiento que da a lo que él llama "objeciones que pueden hacerse a este planteamiento”. En concreto a la segunda de esas objeciones que, al decir del propio Burniol, es la única objeción seria (en esto estoy de acuerdo y por eso prescindo aquí de las otras), a saber: la situación en que quedarían los españoles residentes en los territorios escindidos. No me interesa tanto ahora mismo la solución que Burniol vislumbra para ese problema cómo lo que el enunciado del mismo implica. Veamos primero lo uno y luego lo otro. Empieza diciendo Burniol que “el problema se concreta exclusivamente --por razones obvias--(sic) al País Vasco y Navarra”. Al parecer las razones obvias lo son por (oposición a) “la normalidad y características de la sociedad catalana”. En cuanto al País Vasco y Navarra dice reconocer que “esta cuestión tiene allí una dimensión trágica” y que “admito también que no se me ocurre otra solución que la repatriación de aquellos que quisieran marcharse, con todas las ayudas necesarias...”. Esta solución me parece inimaginable, pero no es ahora mismo objeto de mi interés. Mi desazón tiene su origen en lo que el enunciado lleva implícito, que -según lo percibo- es lo siguiente:

  • Se divide a la ciudadanía (por cierto, ahora que caigo en ello: echo en falta esta palabra a lo largo del libro) entre españoles y catalanes (o vascos, gallegos, etc.). ¿En función de su voto en el hipotético referéndum, me pregunto...?
  • No se contempla la situación complementaria: los “catalanes” (según esa terminología) que quedarían atrapados en España caso de resultar rechazada en referéndum la segregación. Se me dirá que, a fin de cuentas, esta no es más que la situación actual. Discrepo absolutamente: después de una confrontación a cara de perro, como la que resultaría del escenario Burniol, habría inevitablemente vencedores y vencidos.
  • Como corolario de los dos puntos anteriores -pero también de lo que subyace en buena parte del libro- se identifica a las naciones potencialmente segregacionistas con sus fuerzas nacionalistas. Dicho de otra manera: en Cataluña sólo habría nacionalistas (catalanes) y españoles (no se sabe si nacionalistas, también, o no).
Esto último -los ciudadanos, nacionalistas y no nacionalistas; se sientan, o no, identificados con una u otra nacionalidad- requiere un poco más de desarrollo, porque de alguna manera subyace, sin abordarse, a lo largo del libro. Y no deja de ser curioso, porque es difícil creer que pueda haberse escapado a la mente ordenada y cartesiana de Juan-José López Burniol. Intentaré abordarlo en una próxima reflexión.

21 de gener del 2008

Juan-José López Burniol (I) Fin de trayecto personal



Dice El Periódico, en la presentación del avance editorial de España desde una esquina I, (y II) de Juan José López Burniol, que este es uno de los líderes de opinión más respetados de el país. Sin duda yo me siento plenamente identificado con esa descripción: Burniol es, quizá, la persona que, de forma más continuada en el tiempo, y a través de los medios, ha suscitado mi admiración y respeto como pensador de la identidad de Cataluña, o, dicho de modo más preciso, y parafraseando a Pierre Vilar, de Cataluña en la España contemporánea. Desde hace muchos años (con seguridad más de diez) le he seguido siempre que he tenido ocasión a través de La Vanguardia, El País, El Periódico, TV3... y ahora me dispongo a leer, cómo no, este último libro que espero tener pronto en mis manos. Ocasión habrá de comentar el libro, que no dudo ofrecerá material de sobras para la reflexión en profundidad de este complejo y apasionante tema que constituye su pasión (y la mía) de la relación o encaje -palabra esta última que parece estar en entredicho- de Cataluña en España. Pero con lo que ya nos ha dicho, sobre todo en los dos últimos años, hay elementos más que suficientes para hacer un primer balance de la situación. Mucho más, de hecho, de lo que puede dar de sí esta entrada al blog, a la que espero dar continuación.

Subrayo lo de los dos últimos años, de hecho algo más, porque hay un momento en el que se produce un punto de inflexión en las reflexiones públicas de Burniol. Ese momento es el la discusión y aprobación de la propuesta de reforma del Estatut de Catalunya por parte del Parlamento catalán que marcó su desmarque de la línea del President Maragall, a la cual se había mantenido fiel hasta ese momento y que quiso visualizar con su célebre artículo Fin de trayecto personal que terminaba con este lamento: "Sólo me resta añadir que, como resulta obvio, entendí mal la propuesta política efectuada en su día por el presidente de la Generalitat señor Maragall, bajo la rúbrica "España plural". Deposité en él mi confianza por error. La culpa sólo a mí es imputable" y que mereció la no menos célebre -por inusual- respuesta pública del ex presidente Pujol : A López Burniol: no plegui. en la que, desde el respeto y la consideración , pero también desde una reconocida discrepancia ideológica, intenta disuadirle de arrojar la toalla, a la vez que justifica la posición de quienes impulsaron la reforma del Estatut en al forma que rechaza Burniol. Y, en efecto, Burniol no tiró la toalla, más bien al contrario, desde entonces ha venido defendiendo con ahínco, ante quien ha querido escucharle, su visión de Cataluña y de España.

Yendo al grano:
"La articulación de España en un Estado federal 'simétrico' o la autodeterminación de las comunidades que busquen la independencia son opciones que habría que afrontar aunque hoy parezca impensable".
Así encabeza uno de sus recientes artículos, Federalismo o autodeterminación, en El País (02/11/2007). Los razonamientos que le llevan a tal conclusión los desgrana en ese artículo (accesible en el enlace) así cómo en muchos otros, cuyas conclusiones intentaré citar muy sintéticamente:

  • El problema no resuelto del siglo XIX español fue articular un verdadero Estado nacional. Ese Estado unitario y centralista no llegó a cuajar y nunca será. Las alternativas que hay son pues:
  • Un Estado federal asimétrico, que no es posible de hecho, pues no hay Estado que aguante varias relaciones bilaterales (Cataluña ejerce un efecto mimético sobre el resto que impide de facto aquella asimetría).
  • Un Estado federal simétrico, del que el Estado autonómico es embrión y que no deja de ser un Estado unitario
  • Por último: diversos Estados independientes.
  • Es decir, descartando las opciones fracasadas y las que se rechazan por una u otras partes, nos queda la disyuntiva que se plantea al principio del artículo: Federalismo simétrico o división en Estados independientes. Ello comporta, obviamente la reforma de la Constitución, que en su actual redacción no admite tal posibilidad.

A partir de este planteamiento, tanto si se considera razonable y/o aceptable, como si no, se abren una infinidad de interrogantes. Algunos ya los ha planteado el propio Burniol; otros los planteará, con toda probabilidad, en el libro. Aquí, por razones de brevedad, quiero plantear sólo uno que ha venido inquietándome desde bastante antes de que Burniol empezara a enfocar sus reflexiones bajo este prisma. El interrogante que se me plantea es, llegado ese momento, al que según Burniol parecemos abocados si (este “si” es de mi propia cosecha) las partes no van de farol y realmente se dan todos los difíciles y graves pasos que deben conducirnos a ese momento histórico del decisivo referéndum. Si, insisto, llegamos a ese momento: ¿qué sucede, y cuales son las consecuencias, si se produce un resultado -en uno u otro sentido- por un margen escaso?. Escenario más que probable no sólo a la vista de todas las encuestas, sino del más puro sentido común. Peor aún: ¿qué sucede si, además, la participación es, como viene sucediendo, relativamente baja?. Por relativamente baja entiendo legalmente suficiente pero legítimamente escasa. Imaginemos una independencia de la Nación catalana con un 45% de la población contraria a dicha independencia. O viceversa: una vuelta al Estado unitario, después de haber levantado (falsas) expectativas, euforias y pasiones, con el 45% de la población catalana manifiesta y manifestadamente segregacionista. Se me hace muy difícil imaginármelo y me pregunto si Burniol ha sido capaz de ello. Estoy deseando saberlo: si lo ha imaginado y, en su caso, qué respuestas nos sugeriría.

2 de març del 2007

Locomotoras


Tertulia de la mañana en la emisora de más audiencia (y de referencia) de Cataluña. La discusión discurre en torno a la deficiente situación en que se encuentran las infraestructuras, particularmente en el área Metropolitana de Barcelona, e inevitablemente desemboca en el desastre sin paliativos de Renfe-Cercanías, cuyas averías encadenadas dejan, día sí y día también, a miles de damnificados en la estacada. La Vicepresidenta del Gobierno, en visita a la Generalitat, pidió públicas disculpas, pero el problema es de calado hondo y dista mucho de verse la luz al final del túnel. En un momento dado uno de los tertulianos repasa las excusas con las que el ente ferroviario torpemente intenta justificarse. Mientras las desgrana el tono de su indignación va in crescendo: «un día es una caída de tensión, otro las obras del “AVE”, otro un fallo del sistema informático, otro se cae la catenaría, otro el pantógrafo... ¡váyanse usted y el pantógrafo a la mierda!».

No es para menos. No hay palabras para describir el caos y la patente dejación de responsabilidades que transmite la red de ferrocarriles en el último medio año, por decir lo menos. Pero el tema, con ser grave, es sólo un síntoma. Uno de los muchos que cualquier ciudadano medianamente avisado puede percibir como murmullo de fondo en medios periodísticos y en analistas de política y economía. La red de autovías, el puerto, el aeropuerto, la conexión a Francia con ancho europeo, etc... La Cámaras de comercio, las patronales, gabinetes de estudios de entidades financieras, universidades, etc., no dejan de dar toques de atención sobre los síntomas de colapso y retroceso de la economía catalana por mor de la deficiencia en infraestructuras.

En los últimos cien años Cataluña fue la locomotora económica de España. Hoy, sin que Cataluña haya dejado de ser un motor importante, la iniciativa y el principal potencial reside en Madrid. Mientras esta ha escalado al primer puesto de los indicadores económicos, aquella sigue un lento pero inquietante retroceso. En este contexto, el asfixiante déficit de infraestructuras antes referido unido a un clima político enrarecido, en el que la reforma del Estatuto de Autonomía ha actuado como detonante y pretexto, se configura un panorama que genera un fuerte nerviosismo en Cataluña y, por reacción, en el resto de España.

El punto de vista favorito de Cataluña (quizá más específicamente de Barcelona) es el de la comparación con Madrid. Se interpretan en términos de agravio comparativo las inversiones e iniciativas que desde la Administración del Estado, pero también desde empresas, entidades para-estatales y monopolios ex-estatales (lobbies tributarios de la herencia del PP) se realizan en Madrid en (supuesto) detrimento de Barcelona. En contraste, la percepción que tiene el resto de España de ese despegue de Madrid, o por lo menos -matiz importante- así creemos entenderlo desde Cataluña, no es de agravio, sino quizá hasta de orgullo compartido, puesto que se asume de forma natural que Madrid es, y ejerce, como capital política, cultural, comercial y económica, además de centro físico y neurálgico.

Hago una digresión para matizar el significado polisémico que la palabra “Madrid” tiene en Cataluña: 1) el conjunto de VIPs (alguien los cuantifica en unos 4.000) del alto funcionariado, la economía, las finanzas y la política. 2) el conjunto de funcionarios de la administración central que viven, o aspiran a vivir, en Madrid, y 3) el de los madrileños propiamente dichos. El contexto determina a qué madrid nos referimos.

Esta diferencia de punto de vista bajo el que es visto Madrid tiene su correspondiente reflejo en la forma como se recibe el mensaje de Cataluña cuando reclama un trato acorde a sus necesidades específicas o cuando manifiesta su impaciencia ante lo que considera un freno injustificado a su potencial de creación. Desde Cataluña se ve como un ataque del madrid 1 (con la complicidad o complacencia de los madrid 2 y 3) para debilitar a Barcelona, y de rebote a Cataluña, en beneficio de Madrid. Desde el resto de España, por contra, se vería como un re-equilibrio justo y necesario: no solamente hay que transferir renta de las regiones más a las menos ricas, sino que debe favorecerse una discriminación positiva que tienda a igualar rentas y desarrollo territorial. Esto al margen, o además, de reivindicaciones particulares en las que se mezcla, en un totum revolutum, reivindicación de lo propio con anti-catalanismo ancestral y visceral. (Valencia sería el paradigma en este caso).

Una vez más en este virtuoso esquema uniformador se admite con entusiasmo la excepción -querida por consustancial- de Madrid. La Francia uniforme e impersonal, orgullosa del grand París sería el modelo a imitar. En este punto se produce la confluencia de la derecha nacionalista con la izquierda jacobina. O dicho quizá de forma más directa: del nacionalismo con el jacobinismo.

El tema admite muchas derivadas, pero por hoy, y después de tan larga pausa, lo dejo aquí.
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Posdata: Con esta entrada para el blog medio editada leo un editorial de La Vanguardia de hoy (ya ayer) día 1 de Marzo. En el editorial el diario se dirige con cierta solemnidad al Presidente Zapatero con motivo de su visita a Barcelona y al aeropuerto. No lo he tomado en consideración para que no me interfiriera, pero compruebo, a posteriori, que mis inquietudes no se alejan mucho de las que expresa el diario. Puesto que no creo en premoniciones ni transmisión de pensamiento, atribuiré la coincidencia a algo mucho más prosaico: que la percepción mía tiene algún fundamento o si más no, que no es tan extravagante.

Pego algunas líneas del editorial:

Barcelona, que en 1992 contribuyó de una manera muy importante a fijar en el mundo la imagen de una España moderna, dinámica y ambiciosa, no quiere especializarse como la Disneylandia de todos los adolescentes europeos con ganas de juerga.
(...)
Evidentemente el futuro de Barcelona, y, por consiguiente, el de Catalunya, reside en el esfuerzo y el talento de sus gentes. Barcelona y Catalunya serán lo que, en el fondo, deseen ser. Pero deben tener los instrumentos adecuados para ello. Deben tener la libertad de ser. Por ello, Barcelona no puede plegarse resignadamente a según qué designios aeroportuarios. En la actual Europa comunitaria, sólo en Rumania y España los aeropuertos son gestionados por organismos estatales centralizados. Los intereses de la compañía Iberia, antiguo monopolio público, al cual el Estado ha ofrecido el usufructo de la gigantesca terminal T4 en Madrid, son legítimos, pero no constituyen un dogma de fe. No vamos a descubrir el Mediterráneo: las compañías privatizadas han heredado de los antiguos monopolios estatales una gran capacidad de lobby en Madrid. Su influencia en los pasillos del poder sigue siendo muy alta.