22 de febrer de 2009

La Tercera Cultura y sus sucedáneos (y II)

Les decía ayer que mi propósito al traer aquí el tema de la Tercera Cultura y su versión española, era, aparte de rememorar sus orígenes, ampliar los escuetos comentarios que dejé en el blog de Mujer Pez. Lo haré retomando la réplica que me dirigía Eduardo:
"Si se asume que los hechos y los valores habitan en reinos o magisterios separados, como Gould y cia, no hay ningún modo de resolver racionalmente el conflicto de los valores. Simplemente hay distintos valores compitiendo entre sí.

Otros rechazamos esa separación y asumimos un horizonte de racionalidad compartido entre lo que suele llamarse "ética" y el resto de la ciencia. Tercera cultura, lo llaman, y exige también un cambio de mentalidad."
Dejando de lado la críptica vacuidad que encierran frases como "asumimos un horizonte de racionalidad compartido" o lugares comunes como exigir "un cambio de mentalidad", lo que nos viene a decir Eduardo en este breve texto es: 1) que la ética puede deducirse (racionalmente) a partir de la ciencia, y 2) que en esto consiste la Tercera Cultura. Niego ambos asertos. El primero es poco menos que una cuestión de fe (cosa que negarán con vehemencia sus defensores, pues es como mentar la soga en casa del ahorcado) pero es que en nada más, que una difusa fe en "un horizonte de racionalidad", se puede apoyar tal aserto. No hay ninguna evidencia -mas bien todo lo contrario- de que el mundo obedezca a un propósito o proyecto, o que esconda una ética susceptible de ser sacada a la luz por la ciencia. Como sabe cualquiera persona medianamente educada se han escrito cientos de tratados sobre los fundamentos de la ética; sería ilusorio tratar siquiera de esbozar aquí los fundamentos de las principales corrientes. Sólo para cerrar el tema, permítanme una mínima cita de una persona que me merece particular respeto y admiración en ese campo; la filósofa y catedrática de ética Victoria Camps:
"La ética, en definitiva, no puede apoyarse en nada, es una creencia, una convicción que tiene como únicas raíces la memoria ética de la humanidad." ("La imaginación ética", Ed. Ariel Barcelona, 1991)
El segundo aserto es el que es propiamente objeto de estos comentarios. Como ya dije ayer, la Tercera Cultura es nada más -pero tampoco nada menos- que un debate. Un debate abierto entre científicos, y entre estos y la sociedad, sobre la ciencia y, en particular, sobre los aspectos más novedosos o desafiantes de la misma. Contrariamente a lo que entiende Eduardo (y quienes comparten sus puntos de vista) la tercera cultura no solamente no es un proyecto compartido -en busca de la ética o de cualquier otro valor- sino todo lo contrario. Es, por definición, debate, confrontación. Por decirlo en palabras del propio Bruckman:
"No hay canon o lista oficial de ideas aceptables. La fuerza de la tercera cultura estriba precisamente en que admite desacuerdos acerca de las ideas que merecen tomarse en serio"
Insisto porque es crucial: la tercera cultura no es un proyecto, ni un movimiento (ni una "misión" redentora, como irónicamente comenta Sirwood a la anterior entrada) es un debate abierto en el que ni siquiera hay acuerdo sobre las ideas que merecen tomarse en serio. Déjenme ilustrarlo con algunas polémicas que son algo más que desacuerdos:

Stephen Jay Gould y Richard Dawkins estuvieron enfrentados durante años (practicamente hasta la muerte del primero) en una, a veces agria, polémica sobre si la selección procedía por saltos o de forma gradual o sobre los agentes de la misma: "La aproximación de Richard -dice Gould- podría llamarse hiperdarwinismo (...) ya no son los organismos los que luchan, sino los propios genes. En la visión del mundo de Richard los únicos agentes activos son los genes. Se equivoca". Nicholas Humphrey opina que "el debate que mantienen Dawkins y Gould está en parte trasnochado y deberían dejarlo ya".

Por su parte Lynn Margulis, que tuvo (y tiene todavía) que librar duras batallas para que la comunidad científica aceptara sus teorías sobre la simbiosis, tampoco se lleva muy bien con los darwinistas radicales como Dawkins o Maynard Smith (ya fallecido): "Mucha de la biología que sabe Maynard Smith, ingeniero de formación, es de segunda mano. Apenas trata con seres vivos". Y no tiene mucha mejor opinión de Eldredge, Gould "y sus muchos colegas (que) tienden a demostrar una increíble ignorancia acerca del verdadero meollo de la evolución".

No son menores los desacuerdos entre los expertos en neurobiología y psicología. Daniel Dennett, filósofo, experto en neurología, inteligencia artificial y psicología, entre otras materias, opina de Nicholas Hamphrey, psicólogo, investigador en el campo de la neurología: "Dan es un purista que puede ser tozudo hasta la exageración. Sus raíces se hunden en el positivismo lógico y el conductismo, que básicamente prescriben de qué se puede hablar y de qué no..."

En fin, no quiero cansarles con más citas. Sólo quería ilustrar la tremenda distancia que hay entre la Tercera Cultura que se inventó Bruckman -si es un buen o mal invento es otra cuestión- y el despiste que exhiben quienes quieren ser sus socios en España.

21 de febrer de 2009

La Tercera Cultura y sus sucedáneos (I)

Hará ya más de 12 años compré un libro de esos que uno devora casi de una tirada: "La tercera Cultura", de John Brockman. En realidad Brockman se limita a hacer la introducción y la coordinación de textos -que no es poco- porque de hecho el libro es en sí un debate entre los científicos y filósofos de la ciencia más destacados del momento con proyección en el campo de la divulgación científica. Me bastó un vistazo a la cubierta para anhelar sumergirme en su lectura: Paul Davies, Richard Dawkins, Stepfen Jay Gould, Steven Pinker, Lynn Margulis, Francisco Varela... y muchos más. Estaban todos (digamos, mejor, casi todos) los científicos que uno a uno había leído, sobre todo en la colección Metatemas de Tusquets. (Ya saben, esos libros de tapas plateadas: "Libros para pensar la ciencia", según reza el lema de la colección dirigida por Jorge Wagensberg).

El objeto del libro no es, no obstante -como tampoco lo es de la Fundación EDGE, de la que The Third Culture es parte integrante y fundamental- hacer una simple recopilación o antología de textos de esos científicos e intelectuales, sino promover, como decía, el debate entre los mismos y entre ellos y la sociedad. El antecedente, ya un poco remoto, de ese debate surge con un famoso artículo de C.P. Snow, en 1959: The Two Cultures. Con aquel título Snow aludía a los intelectuales de letras y los de ciencias, y se sorprendía, no ya de que fueran dos mundos incomunicados entre sí, sino, lo que era peor, de que los primeros se hubieran apropiado del término "intelectual". De hecho no hemos progresado mucho desde que Snow escribiera el artículo a mediados del siglo pasado, a juzgar por la arrogancia de algunos "intelectuales" de letras que, no sólo son verdaderos analfabetos en ciencias ("anuméricos", se les ha llamado) sino que además se vanaglorian de ello. Es por esa razón que Bruckman se desentiende un poco de la idea inicial de Snow, de promover la comunicación entre las dos culturas, y se centra en la comunicación directa entre los científicos y la sociedad, haciendo el by-pass, por decirlo así, a los humanistas que voluntariamente se han recluido en su mundo.

¿Y por qué, se preguntarán, les cuento yo ahora esto, al cabo de doce años?. El tema ha surgido porque en España ha florecido, al calor del circo político, un remedo -un apéndice, quiere ser- de La tercera Cultura a la española. "Cultura 3.0", lo han bautizado, en consonancia con la moda de los tiempos. Y una de las promotoras es Mujer Pez, cuyo blog visito -generalmente para discrepar, qué se le va a hacer- con cierta frecuencia. La última vez a propósito de esta entrada bajo la que he dejado un par de comentarios que me gustaría desarrollar un poco más aquí. Pero, como me ocurre con frecuencia, la introducción del tema se ha alargado más de la cuenta y no quiero que esta entrada al blog se convierta en un tocho indigerible, así que entraré en materia en una segunda parte que les prometo acometer de inmediato.

Antes sólo una acotación. ¿Por qué digo "al calor del circo político" al hablar de la fundación de esta pretendida sucursal de la Tercera Cultura?. Quién esté un poco al tanto del mentado circo sólo tiene que echar un vistazo al "quienes somos" de la tal asociación. Si no están al corriente, ya se lo digo yo: básicamente gente de la órbita de UPyD (más conocido como "el partido de Rosa Díez"). Y ¿cual es la ocupación de estos ciudadanos tan preocupados por la ciencia?: periodistas, escritores, ensayistas, politólogos, catedráticos de Políticas y de Económicas, abajofirmantes compulsivos (que ya nos son familiares en este blog) y... sí, finalmente, dos personas relacionadas con el ámbito científico: un director de un museo de la ciencia y un subdirector de la revista Muy Interesante. Como contraste vean Who are the Third Culture Intellectuals y como los define Brockman:
The work and ideas of the intellectuals featured at this site give meaning to the term "third culture": physicists, evolutionary biologists, philosophers, biologists, computer scientists, psychologists, social, behavioral, and anthropological scientists, and science journalists.
Sobran comentarios. Pero dejémonos de comadreos y entremos en materia. A ello no aplicaremos en la siguiente entrada.

15 de febrer de 2009

Propaganda institucional: una indecencia

Acabo de subir del quiosco y escribo en caliente. Ya se que no es recomendable, pero últimamente ando un poco atareado (y no muy motivado) de manera que si no es así no lo hago.

Es domingo, y con el correspondiente ejemplar del diario (en este caso, El Periódico) viene un libro, de espesor y peso respetable, con el título en portada de "barcelona, capital econòmica", y en el pié: Ajuntament de Barcelona. Papel cuché tamaño A4, 173 páginas con profuso alarde fotográfico, etc. No me importa, ni viene muy al caso, quién o quienes han sufragado, y en qué proporción, el gasto. Seguramente los responsables del ayuntamiento nos argumentarían que el libro no sólo no les ha supuesto un gran dispendio sino que, a lo mejor, incluso han hecho negocio con el mismo (lo dudo). No, no es ese el tema. Es, por encima de todo, un problema de ética, de seriedad, de decencia. Las instituciones no pueden -no deberían- estar al servicio de los partidos que las gobiernan, y esto es, exactamente, lo que está sucediendo. La propaganda institucional es una descarada propaganda al servicio de los partidos. Es una malversación de caudales públicos, por más que formalmente no se pueda calificar como tal.

Desde luego el problema no es nuevo ni se circunscribe, obviamente, al Ajuntament de Barcelona; sin salir del ámbito de Cataluña, desde que tengo memoria democrática, todas las instituciones, pero sobre todo la Generalitat de Catalunya y el Ajuntament, han venido martilleándonos, con todos los medios a su alcance. Desde la "Catalunya cara neta" y "La feina ben feta" o el "Som 6 milions" hasta el "en la sopa punt.cat". Y, por supuesto, el "Gobierno de España" no se queda atrás, faltaría más. En un país que sería el hazme reír de Europa -si la irritación no ahogara la risa- en cuanto a señalización de carreteras, lo único que destaca y queda clarísimo en una obra pública es el letrero que anuncia la institución promueve la obra. Las medidas y tipos de letra del rótulo -estas sí, no las que señalizan la obra y la ruta alternativa- son incluso objeto de minuciosa reglamentación en el Decreto Ley correspondiente.

Uno tendría la tentación de añadir que, estando como estamos en el epicentro de la crisis, ese gasto en la llamada eufemísticamente "publicidad institucional", es más indecente si cabe. Digo sólo "tentación" porque ya no sabemos qué es gasto superfluo, o corriente -que, nos dicen, hay que restringir- y qué es inversión, o inyección de dinero público -que, nos dicen, hay que promover- ¿A quién se lo preguntamos?: ¿A las instituciones...? ¿A los partidos...? ¿A los medios de comunicación que reciben el preciado maná...? ¿A las agencias de publicidad, imprentas o editores que malviven de ello...? ¡País!

3 de febrer de 2009

Tengo una pregunta para usted, señor Zapatero

Hoy martes 3, cuando escribo este comentario, Iñaki Gabilondo le pedía al presidente del Gobierno señor Rodriguez Zapatero, en el comentario editorial con el que suele abrir su informativo de la noche, "dar un enérgico golpe de timón y cambiar el rumbo. Con otra tripulación, desde luego. Cuando el calendario electoral se lo permita, ni un día después".

Creo que Gabilondo se equivoca. En los tiempos y en los modos. Ni la gravedad de la situación permite supeditaciones irresponsables a no sé qué calendarios electorales (que nunca se acaban) ni, sobre todo, puede (y menos, desde la seriedad y la gravedad con la que nos interpela Gabilondo) obviarse que el señor Zapatero es el máximo responsable de ese gobierno y que, quiérase o no, forma parte de ese lastre que Gabilondo le pide soltar.

Con un poco más de memoria por mi parte -o con la paciencia de hacer una somera incursión por las hemerotecas del último año- podría documentar con ejemplos elocuentes la falta de solvencia intelectual y política que el Presidente del Gobierno ha exhibido desde que la crisis empezó a asomar el rostro. Pero no hace falta, está en la mente de todo el mundo. Desde negar obstinadamente la sóla mención de la palabra crisis -como si de un exorcismo se tratara- pasando por menospreciar la opinión de las instituciones y medios de comunicación internacionales más serios, hasta esperpentos del calibre de "hemos sobrepasado a Italia y vamos a por Francia", que "los pronósticos referentes a España nunca se cumplen" o la más sutil, pero no por ello menos insolvente, insinuación de que el liderazgo de Obama se encargará de sacarnos de un lío cuya magnitud nos sobrepasa.

Así, si yo hubiera tenido la oportunidad de hacerle una pregunta al Presidente, mi pregunta hubiera sido algo parecido a:

Yo no puedo, Sr. Presidente, juzgar sus intenciones ni poner en duda que nunca tuvo la voluntad de engañar al pueblo de España con respecto a la crisis que estamos sufriendo, pero los hechos han demostrado que fue el último en enterarse cuando tenía la obligación de -y los medios para- ser el primero. Pero no sólo no se enteró, sino que, desde que lo sabe, no ha sido capaz de explicar y demostrar al país que tiene un plan, y las ideas claras, para guiarnos en la dificilísima singladura que nos espera. Desde luego no se me escapa que no parece haber entre los políticos en activo -ni dentro ni fuera del PSOE- nadie con el carisma y la capacidad de liderazgo que la situación requiere, pero situaciones excepcionales requieren soluciones excepcionales. Señor Presidente, ¿se ha planteado la posibilidad de hacer el supremo sacrificio de patriotismo que para un líder político significa el quitarse de en medio, prestando el último y gran servicio de convocar a las fuerzas políticas y sociales del país a un gran pacto?. En un país con cuarenta millones de habitantes ese líder tiene que estar en algún sitio; sólo hay que ampliar el ámbito de búsqueda.