14 de març de 2008

Juan-José López Burniol (y VII) El síndrome Companys o el tigre de papel

En la entrada anterior intenté explicar como los acontecimientos superaron a Companys hasta llevarle a liderar una acción revolucionaria en la cual no creía (o de cuyo éxito, por lo menos, no estaba en absoluto convencido). "A veure si ara també direu que no soc catalanista", diría una vez dado el paso decisivo. Pues bien, Burniol acuña el "síndrome Companys" para referirse a la actitud del los líderes del PSC, y de Pascual Maragall en particular, de acabar siendo más papistas que el Papa, en cuanto a catalanismo se refiere, en el proceso de debate y aprobación del proyecto de Estatuto. Salvando todas las distancias habidas y por haber entre la tragedia de la Generalitat de Companys y la -digamos- tragicomedia del tripartito de Maragall, veo yo un paralelismo entre ambos presidentes en lo que hace a su convicción federalista y a como esta fue arrollada por los acontecimientos hasta llevarles a un -no sé si interiorizado, pero si por lo menos manifestado- radicalismo nacionalista del cual no partían.

Lo que viene a decir Burniol, a la hora de analizar el papel de los socialistas catalanes en todo aquel proceso, es lo siguiente:

  • La iniciativa estatutaria fue una apuesta personal de Maragall. Jamás el PSC la hubiera promovido.
  • El PSC se vió embarcado en una guerra que no era la suya y "se puso delante de la procesión" (síndrome Companys).
  • Maragall fue radicalizando, a lo largo de la tramitación estatutaria su posición ideológica, cada vez más próximo a las posiciones nacionalistas. Entre las causas, seguramente diversas, el "síndrome companys".
  • Zapatero, atrapado por su promesa de respetar lo que saliera del Parlament, "cerró -por la espalda y con buena dosis de nocturnidad- un pacto precipitado y oportunista" con Mas por dos veces: primero cuando la discusión se atascó en Catalunya y luego, ya en Madrid, "con Maragall como convidado de piedra".
  • La cúpula del PSC -una vez más el síndrome Companys- plantó cara a Zapatero y renovó el tripartito. Ahora Zapatero ya sabe que ni el PSC es el PSN, ni Montilla es Puras.
Y la conclusión que saca de todo ello es que el hecho de que el PSC, con o sin grupo parlamentario propio, decidiese liderar una nueva versión del Gobierno tripartito, "supone un acto tal de autonomía, que pone de relieve la consolidación de un sistema catalán de partidos separado casi enteramente del sistema español".

El Tigre de papel
En el primero de esta serie de capítulos me hacía yo una salvedad en condicional: "si las partes no van de farol..." pues bien, Burniol con otras palabras se hace la misma salvedad: "los nacionalismos no pararán hasta alcanzar su meta (...) -la independencia plena de sus respectivas patrias- o disolverse en la inanidad, lo que también puede pasar, pues quizá no pasen de ser un tigre de papel".

Mi opinión personal es que, efectivamente, se trata de un tigre de papel. No hay en Cataluña un verdadero y mayoritario clamor por la independencia. Sí hay, no obstante, un sentido de pueblo con personalidad propia y diferenciada y, por encima de todo, un amor propio y una susceptibilidad a flor de piel -seguramente más que justificada- ante menosprecios o injusticias. Dos hechos han venido a corroborar en las recientes elecciones lo que digo: de un lado, la vuelta de ERC a su verdadera dimensión ilustra la escasa magnitud del independentismo; de otro, la contundente respuesta al PP recuerda, por si alguien lo había olvidado, que con Cataluña no se juega. (A los más viejos y con más memoria les recordaría el asunto Galinsoga).

¿Piensa realmente Burniol que se trata de una jugada de farol o, como el lo llama, de un tigre de papel?. Burniol no rehuye la disyuntiva, pero astutamente la pone en el tejado de los independentistas: si es un tigre de verdad, que muestre sus garras, y si no, que deje de dar espantadas. Dicho de otra manera, desde su punto de vista de español -del que explícitamente se reclama- no entra, ni le importa, si van de farol, o no, pero en cualquier caso le resulta inadmisible el chantaje permanente. Ahora bien, de la misma manera que no le parece admisible esta reivindicación permanente de los nacionalismos periféricos, tampoco le parece de recibo la falta de altura de miras de los partidos estatales al dar largas al problema y no acometerlo con visión de Estado. De ahí, entre otras cosas, la poca estima en que tiene a Zapatero y Aznar. Y, me atrevería a apostar a día de hoy, a un Rajoy en quién tenía depositadas unas esperanzas, en mi opinión, del todo infundadas. Pongo aquí punto final a esta serie de entradas.

3 de març de 2008

Juan-José López Burniol (VI) El síndrome Companys (1)

Lluís Companys fue (no sé si exactamente por este orden) abogado, periodista, sindicalista, republicano, federalista y revolucionario. Pero no fue separatista y no sé si tan siquiera nacionalista. Admirador en su juventud del ya anciano y venerable Pi i Margall, su ideal era la república federal, y su vida estuvo dedicada sobre todo a la acción sindical y política. Estuvo detenido 13 veces, y, paradógicamente, estar entre rejas le salvó seguramente de correr la misma suerte que sus compañeros y amigos Layret y Seguí: caer bajo las balas de los sicarios de Martinez Anido y Arlegui. Sin embargo su vida quedó marcada -además de por su asesinato político- por dos hechos trascendentales y controvertidos: la proclamación de la república el 14 de abril de 1931 y la proclamación del Estat Català dentro de la República Federal Española el 6 de octubre de 1934.

La República... y sus flecos
En la proclamación de la república Companys se adelanta a Macià y, tras tomar el Ayuntamiento de Barcelona sin apenas oposición del alcalde en funciones Matínez Domingo, sale al balcón y proclama:

"Poble de Barcelona! Els homes triomfants a les eleccions acabem de pendre possesió de l'Ajuntament i proclamem la República, que es el règim que havíem promès al poble"

Al poco, alertado de lo que sucede, Macià entra también en el Ayuntamiento y tras un breve cambio de impresiones con Companys sale al balcón y hace la siguiente proclama:

"En nom del poble de Catalunya proclamo l'Estat Català, que amb tota cordialitat procurarem integrar a la Federació de les Repúbliques Ibériques".

Para dirigirse a continuación al Palau de la Generalitat y hacer, desde él mismo, una proclama de tinte similar pero más solemne y más enfática, si cabe, en lo que se refiere a la autonomía respecto de lo que España pudiera eventualmente decidir. Todavía hubo una tercera proclama, al parecer inspirada por Carrasco i Formiguera, en la que se menciona "... d'acord amb el President de la República Española Don Niceto Alcalá Zamora...". Finalmente se desplazaron a toda prisa a Barcelona tres ministros del Gobierno de España para, según cuenta Gabriel Jackson, "recordar al exaltado y anciano Macià que la nueva Constitución todavía no había sido redactada" logrando que diera su aprobación a someter el proyecto de estatuto a las Cortes. Y sigue diciendo Jackson: "Para lograr este acuerdo temporal, los ministros de Madrid contaron en buena medida con los buenos oficios de Luís Companys... [que] era un autonomista más que un separatista".

A veure si ara també direu que no soc catalanista
El segundo, y más controvertido episodio -y el que da lugar a este capítulo de mi revisión del libro de López Burniol- tuvo lugar durante los llamados "hechos del 6 de octubre" de 1934. A raíz de la entrada de la CEDA en el gobierno de Madrid se desencadenó la revolución de octubre. Pero la tal revolución tuvo un vuelo gallináceo -sólo arrancó en Asturias, donde fue objeto de una salvaje represión por parte del ejército- y pilló a contra pié a la Generalitat de Companys. Este, envuelto entre la tormenta de los anarquistas de la FAI, los revolucionarios rabassaires y los independentistas con tintes fascistoides de Estat Català, y "atrapado por su propia violencia retórica- según dice Raymond Carr- creyó que o bien tenía que emplear la fuerza contra estos extremistas o bien tenía que dirigir el movimiento él mismo". Parece que optó por lo segundo. Retomando a Gabriel Jackson: "El día 6 de octubre a las 7,30h de la tarde una enorme multitud llenaba la plaça de Sant Jaume... Los nacionalistas exaltados esperaban la proclamación de la plena independencia de Cataluña. Los liberales aguardaban una declaración de resistencia al fascismo de Madrid. Dencàs planeaba por su cuenta la proclamación del Estat Català. Companys, en medio de tantos fuegos cruzados tomó el micrófono de manos de Dencàs y proclamó l'Estat Català de la República Federal Espanyola". Acto seguido, ya off the record -como diríamos hoy- se le atribuye la frase que cita Burniol: "Ja està fet. Ja veurem com acabarà. A veure si ara també direu que no soc catalanista".

Y el caso es que acabó mal, pero eso ya no forma parte de nuestra historia. De este episodio histórico extrae López Burniol lo que él llama, a mi parecer con acierto, el "síndrome Lluís Companys". En la próxima entrada, porque esta ya se alarga en demasía, veremos el porqué.