No lo había hecho nunca. Desde el 15 de junio de 1977 no había faltado una sola vez a la convocatoria a las urnas, fuera esta municipal, autonómica, general o de referendo. Siempre había votado y siempre lo había hecho por una de las opciones en liza. Pero esta vez, conforme se acercaba el día, el desasosiego era mayor. Ninguna de las opciones, por uno u otro motivo, me satisfacía. ¿Qué hacer? La abstención no era una opción. No, por lo menos, para quién ha vivido una parte significativa de su vida en dictadura y considera el sistema de representación parlamentaria como un logro irrenunciable. Finalmente decidí depositar el sobre vacío. Y no fue menor el vacío que sentí en mi interior al salir del colegio electoral. Cabizbajo, casi avergonzado -al contrario que en otras ocasiones, en que iba buscando con la mirada la complicidad de conocidos y saludados- deseaba no cruzarme con nadie del vecindario.
No resulta fácil explicarse el voto en blanco. Ya sé que no hay que explicarlo a nadie -es una decisión personal- hablo de explicárselo uno mismo. De hecho, ni que sea por una cuestión simplemente aritmética, es mucho más difícil que explicarse el voto por una opción determinada: en este último caso sólo hay que explicarse el porqué de una opción; en el otro hay que explicarse el porqué del rechazo a todas y cada una de ellas.
Pero hay algo más. Votar en blanco es, para mí y por encima de cualquier otra consideración, el reconocimiento de un cierto fracaso personal. No nos engañemos: en un régimen democrático asentado, como el que disfrutamos, no se puede, sin tomarse antes una buena dosis de cinismo o de alienación, echar la culpa al sistema, a los partidos, a la política o, simplemente, decir que está uno desengañado. El sistema dista mucho de ser perfecto, pero concurren las garantías mínimas, aún con leyes de partidos políticos y otros vicios (como la recientemente comentada ausencia de una ley electoral decente), para que cualquier ciudadano pueda comprometerse con una opción política o participar activamente en su cambio o mejora según sus particulares exigencias éticas.
Cuando uno, ya en el otoño de su vida como es mi caso, se descubre sólo en el andén, después de, por mil excusas distintas, no haberse decidido a tomar ningún tren, no valen excusas; no le queda más que reconocer su fracaso personal. No se me entienda mal: no le estoy diciendo a nadie que asuma esto como un fracaso personal, estoy diciendo que para mí, después de mi particular experiencia vital, lo es.
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8 de juny del 2009
24 d’abril del 2008
¿Para qué sirve un blog?
En uno de los chistes que contaba el malogrado Eugenio, con su personal e intransferible estilo, un escritor novel se encuentra con un amigo, que le saluda cordialmente: "¡He comprado tu libro!". A lo que responde el escritor en tono bajo y vacilante: "Ah... ¿fuiste tu? ".
El otro día me pasó algo bastante parecido con respecto a este blog (la realidad imita, a veces, la ficción). La anécdota me llevó a rumiar -una vez más- la pregunta que encabeza esta entrada. Mis primeros escarceos en Internet, hará diez o doce años, fueron a través de los grupos de news. La conexión, mediante modem a la línea telefónica, era muy austera: se limitaba a enviar y recibir mensajes que luego uno procesaba tranquilamente off-line. Luego descubrí las listas de distribución, que es una variante algo más personalizada de lo mismo: la gente escribe y opina mediante mensajes que son distribuidos a todos los miembros suscritos a la lista. Finalmente el acceso generalizado a la banda ancha popularizó los foros y un sin fin de formas más de comunicarse, entre ellas el blog.
A mí, personalmente, el formato me resulta incómodo. En el foro el debate fluye de forma multilateral, sin urgencias, hasta que el tema se agota, o languidece por sí mismo; el blog es más encorsetado, las etapas afloran y se queman al ritmo que marca el anfitrión, para quedar luego sepultadas por el calendario, quizá sin fechas, como quería Josep Pla. Por contra, el blog permite explayarse sin más límites que los que uno mismo se imponga; en un foro hubiera sido imposible, por ejemplo, volcar la larga serie de reflexiones personales que, sobre el libro de López Burniol, he puesto aquí.
Hay otra diferencia, que me gustaría ilustrar con un ejemplo entrañable (y no digo entrañable como una figura retórica): el que fuera mi maestro de matemáticas en el bachiller solía animarnos encarecidamente a que hiciéramos chuletas, cuanto más perfeccionadas e ingeniosas mejor. Ante la mirada incrédula de algunos, les aclaraba: "no os preocupéis, ya me encargaré yo de que no las saquéis en el examen, pero vosotros hacedlas, que es la mejor manera de que se os quede algo de lo que aquí os explico". Todavía otro ejemplo: todo aquel que se haya visto en el trance de tener que explicar algo, se ha dado cuenta de que uno no entiende realmente una materia hasta que ha sido capaz de explicarla. Es decir, que aunque nadie, o casi, me lea, este es el mejor ejercicio que se me ocurre para discurrir sobre un tema. Cierto que para eso no hace falta publicar lo escrito, pero el hacerlo añade un plus de autoexigencia.
"Se olvida usted de la vanidad" -dirá alguien con sorna. No, no me olvido. ¿Qué otra cosa, que el anhelo de aquellos míticos 15 minutos de gloria warholianos, puede estar detrás de tantos millones de escritores frustrados?; ¿vanidad... o quizá demanda de cariño?. Dicen que dijo Gabriel García Márquez: "yo escribo para que me quieran más mis amigos"; si quién es multimillonario de afectos todavía pide más, ¿que no harán los pobres por unas migajas?.
¿Es esta toda la explicación al boom de los blogs?. No lo creo. Sería una exageración decir que hay tantas explicaciones como blogs, pero no hay duda de que cada uno tiene la suya. ¿Qué tienen en común blogs que son leídos por miles de personas, con otros que no lee prácticamente nadie?, ¿o los más específicos con los absolutamente generalistas?, ¿los políticos con los filosóficos?. Aparte del formato, poca cosa más. Pero ¿por qué el fenómeno ha tenido una tal explosión que incluso los periódicos y revistas más prestigiosos del mundo han (¿forzado?, ¿inducido?) a sus columnistas a mantener un blog en paralelo con los artículos publicados en papel?. Y otros aún, como por ejemplo Lluís Foix, (pionero, por cierto del periodismo digital) mantienen un segundo blog genuinamente personal e independiente. Los aficionados al esoterismo cientifista nos hablarán quizá de una red neuronal, casi mística, de la que todos, sin ser conscientes, formaríamos parte y, en fin, seguro que hay algunos cientos de interpretaciones más. Pero, en el fondo del fondo, yo, sigo sin saber muy bien para qué sirve un blog.
El otro día me pasó algo bastante parecido con respecto a este blog (la realidad imita, a veces, la ficción). La anécdota me llevó a rumiar -una vez más- la pregunta que encabeza esta entrada. Mis primeros escarceos en Internet, hará diez o doce años, fueron a través de los grupos de news. La conexión, mediante modem a la línea telefónica, era muy austera: se limitaba a enviar y recibir mensajes que luego uno procesaba tranquilamente off-line. Luego descubrí las listas de distribución, que es una variante algo más personalizada de lo mismo: la gente escribe y opina mediante mensajes que son distribuidos a todos los miembros suscritos a la lista. Finalmente el acceso generalizado a la banda ancha popularizó los foros y un sin fin de formas más de comunicarse, entre ellas el blog.
A mí, personalmente, el formato me resulta incómodo. En el foro el debate fluye de forma multilateral, sin urgencias, hasta que el tema se agota, o languidece por sí mismo; el blog es más encorsetado, las etapas afloran y se queman al ritmo que marca el anfitrión, para quedar luego sepultadas por el calendario, quizá sin fechas, como quería Josep Pla. Por contra, el blog permite explayarse sin más límites que los que uno mismo se imponga; en un foro hubiera sido imposible, por ejemplo, volcar la larga serie de reflexiones personales que, sobre el libro de López Burniol, he puesto aquí.
Hay otra diferencia, que me gustaría ilustrar con un ejemplo entrañable (y no digo entrañable como una figura retórica): el que fuera mi maestro de matemáticas en el bachiller solía animarnos encarecidamente a que hiciéramos chuletas, cuanto más perfeccionadas e ingeniosas mejor. Ante la mirada incrédula de algunos, les aclaraba: "no os preocupéis, ya me encargaré yo de que no las saquéis en el examen, pero vosotros hacedlas, que es la mejor manera de que se os quede algo de lo que aquí os explico". Todavía otro ejemplo: todo aquel que se haya visto en el trance de tener que explicar algo, se ha dado cuenta de que uno no entiende realmente una materia hasta que ha sido capaz de explicarla. Es decir, que aunque nadie, o casi, me lea, este es el mejor ejercicio que se me ocurre para discurrir sobre un tema. Cierto que para eso no hace falta publicar lo escrito, pero el hacerlo añade un plus de autoexigencia.
"Se olvida usted de la vanidad" -dirá alguien con sorna. No, no me olvido. ¿Qué otra cosa, que el anhelo de aquellos míticos 15 minutos de gloria warholianos, puede estar detrás de tantos millones de escritores frustrados?; ¿vanidad... o quizá demanda de cariño?. Dicen que dijo Gabriel García Márquez: "yo escribo para que me quieran más mis amigos"; si quién es multimillonario de afectos todavía pide más, ¿que no harán los pobres por unas migajas?.
¿Es esta toda la explicación al boom de los blogs?. No lo creo. Sería una exageración decir que hay tantas explicaciones como blogs, pero no hay duda de que cada uno tiene la suya. ¿Qué tienen en común blogs que son leídos por miles de personas, con otros que no lee prácticamente nadie?, ¿o los más específicos con los absolutamente generalistas?, ¿los políticos con los filosóficos?. Aparte del formato, poca cosa más. Pero ¿por qué el fenómeno ha tenido una tal explosión que incluso los periódicos y revistas más prestigiosos del mundo han (¿forzado?, ¿inducido?) a sus columnistas a mantener un blog en paralelo con los artículos publicados en papel?. Y otros aún, como por ejemplo Lluís Foix, (pionero, por cierto del periodismo digital) mantienen un segundo blog genuinamente personal e independiente. Los aficionados al esoterismo cientifista nos hablarán quizá de una red neuronal, casi mística, de la que todos, sin ser conscientes, formaríamos parte y, en fin, seguro que hay algunos cientos de interpretaciones más. Pero, en el fondo del fondo, yo, sigo sin saber muy bien para qué sirve un blog.
25 de febrer del 2008
El diario gratuitoo Shakespeare in town (Pausa)
No suelo coger los diarios gratuitos. No tengo ninguna prevención en contra, pero son muchos años de comprar el periódico y, ya se sabe, somos animales de costumbres. Además, para qué negarlo, me molesta el acoso, incluso cuando de diarios se trata. Normalmente al salir de casa compro el diario y me lo pongo bajo el brazo un poco a guisa de escudo protector. Cuando me ofrecen un diario gratuito esbozo una sonrisa de disculpa acompañada de un ligero movimiento mostrando el escudo a modo de implícito "no gracias". Pero hoy he salido zumbando, sin tiempo de dar el pequeño rodeo por el kiosco, y al encarar las escaleras el metro, a pecho descubierto, me he encontrado con el "ADN" literalmente en las narices. Tras unas centésimas de segundo de duda he optado por cogerlo. Todo ha sido llegar al andén, entrar en el vagón y, sin apenas libertad de movimiento, echar un vistazo a la contraportada. Ahí, a un lado, pugnando por salir a la luz entre anuncios estaba esta pequeña pero muy digna columna:
Lucía EtxebarriaShakespeare in town
Después de haber visto la maravillosa versión de Rey Lear dirigida por Gerardo Vera que actualmente se representa en Madrid, me he dado cuenta de que no hay nada como Shakespeare para ponerle la nota culta a las noches de licencia y descarrío. Un ejemplo: Entra usted en el Bar de Mala Nota y se da de narices con su Malvado Ex acompañado de su no menos Deleznable Pareja. Actual. No se deje arredrar por esta triste visión y, parafraseando a Lear, exclame usted, convencida: "Los seres perversos parecen hermosos al lado de otros más perversos. No ser lo peor también tiene mérito".Acto seguido avance con dignidad bar adentro y cuando se tope con un Hermoso Joven al que considere digno de sus favores, cite usted a Goneril y espétele "Si no temes hacerte un favor a ti mismo, pronto conocerás el deseo de una mujer". Si él fuese un hombre que sabe lo que le conviene, puede responderle citando a Edgar: "Yo soy hijo de la naturaleza, y sólo a la naturaleza me debo". Salgan ustedes pues del bar dispuestos a gozar de mutuos favores. Como suele suceder en noches semejantes, se encontrarán congelados de frío, plantados en la esquina, esperando a ese taxi que nunca llega. Pero no todo está perdido. Recuerde usted al valeroso Edgar, apriete convencida la mano de su acompañante y declame en alta voz: "Mientras aún puedas decir que lo peor ha llegado, es que aún no ha llegado lo peor".
Sólo dos estaciones hasta la estación de enlace; en el vestíbulo hay un pequeño kiosco empotrado en la pared donde he comprado mi diario habitual. Con él bajo el brazo, y sintiéndome un poco más protegido, he continuado mi trayecto no sin antes, al pasar por una papelera, dejar con todo cuidado, por si alguien quiere cogerlo, el diario gratuito.
PS: No me olvido de Companys, Vila, pero he querido darme -y daros- un respiro.
PS: No me olvido de Companys, Vila, pero he querido darme -y daros- un respiro.
14 de juliol del 2006
El diario, Oriente Medio y Edgar Morin

Hará unos cuarenta años que tengo el hábito de comprar cada día el periódico. Desde joven se convirtíó en una manía, a veces casi una obsesión, que con el recuerdo me resulta hasta cómica: insólitos peregrinajes, sobre todo en desplazamientos o vacaciones, en busca de un quiosco de prensa con un afán cercano al síndrome de abstinencia, que devenía en angustia cuando el destartalado quiosco de playa sólo tenía revistas de pasatiempos y tabloides alemanes o ingleses. Sólo salir de casa sin haberme afeitado me produce una sensación semejante de desnudez.
Cuando las emisoras de radio conectaban obligatoriamente dos veces al día con el Diario hablado de RNE (el "parte", como era conocido por los entonces mayores) y la mejor televisión de España era la TVE, según celebrada ocurrencia del malogrado El Perich, algún periódico, y alguna que otra revista de poca circulación, eran el refugio donde poder leer entre líneas -o creyendo leer al menos- posturas levemente discordantes con el pensamiento oficial.
Cuando de vez en cuando, cada vez con mayor perspectiva, uno vuelve la vista atrás, se da cuenta del tremendo surco que los años han dejado en la vida. En la propia vida en primer lugar, pero también en la vida de la sociedad. Qué lejanos se ven los tiempos, desde la llamada, no sin razón, era de la comunicación, en la que el periódico era nexo imprescindible con el mundo exterior de cualquier persona que quisiera considerarse no ya mínimamente culta, sino meramente perteneciente al cuerpo social. No recuerdo a qué personaje de principios del pasado siglo se atribuía una ocurrente respuesta a la polémica que por aquel entonces se producía, acerca de si la radio llegaría a sustituir los periódicos: "de ninguna manera, con una radio no se puede envolver el bocadillo".
Los bocadillos se envuelven hoy con papel de plata, y los diarios no sólo no han desaparecido, sino que incluso los regalan en la boca del metro y hasta en los propios quioscos. El valor del periódico, como el de los espacios televisivos o los partidos de fútbol, ya no está en la que fuera su razón de ser, sino en la publicidad que pueden alojar.
Pero con los años, aquella manía compulsiva de comprar el periódica se me ha quedado como una costumbre no por más reposada menos necesaria. Hay días que apenas lo hojeo; mi inveterado impulso tiene que competir en tiempo e interés con la televisión y con Internet, cuando no con la apatía o el agobio de saberme impotente para asimilar una infinitésima parte de información que se genera a cada minuto.
Hoy, una vez más, he empezado a hojearlo con desgana, y ha sido la contemplación de la portada lo que me ha llevado a estas elucubraciones: "Israel cerca Líbano y ataca ya los barrios del sur de Beirut". Seguramente leí titulares muy parecidos en mis primeros años de lector de la prensa. Tan lejos en el tiempo y tan cerca en la inmutable miseria de la condición humana. Meditando sobre este cruel e inacabable conflicto me he sonreído para mis adentros pensando en todos esos opinadores, tanto profesionales como amateurs (sobre todo estos últimos, que ha hecho aflorar Internet) que tienen tan claras las ideas y los matices que diferencian, por ejemplo, el terrorismo del acto de guerra, o la agresión de la legítima defensa. Con esa desgana he ido pasando las hojas, del horrible atentado al tren en Bombay a las tribulaciones de Bush en la Vieja Europa, o de los seriales de la Moncloa con Rajoy a la comedia de enredos de la convocatoria de elecciones en Cataluña. Pasando por las páginas de sociedad, sucesos, economía... ¿realmente vale la pena gastarse un euro diario para esto?. Estúpida pregunta, donde las haya, después de cuarenta años.
Por fin he llegado a la contraportada. Entrevista a Edgar Morín. Polifacético filósofo y pensador francés de 85 años que mantiene una vitalidad y un interés por la vida envidiables. A la pregunta de si tiene partido responde:
Cuando de vez en cuando, cada vez con mayor perspectiva, uno vuelve la vista atrás, se da cuenta del tremendo surco que los años han dejado en la vida. En la propia vida en primer lugar, pero también en la vida de la sociedad. Qué lejanos se ven los tiempos, desde la llamada, no sin razón, era de la comunicación, en la que el periódico era nexo imprescindible con el mundo exterior de cualquier persona que quisiera considerarse no ya mínimamente culta, sino meramente perteneciente al cuerpo social. No recuerdo a qué personaje de principios del pasado siglo se atribuía una ocurrente respuesta a la polémica que por aquel entonces se producía, acerca de si la radio llegaría a sustituir los periódicos: "de ninguna manera, con una radio no se puede envolver el bocadillo".
Los bocadillos se envuelven hoy con papel de plata, y los diarios no sólo no han desaparecido, sino que incluso los regalan en la boca del metro y hasta en los propios quioscos. El valor del periódico, como el de los espacios televisivos o los partidos de fútbol, ya no está en la que fuera su razón de ser, sino en la publicidad que pueden alojar.
Pero con los años, aquella manía compulsiva de comprar el periódica se me ha quedado como una costumbre no por más reposada menos necesaria. Hay días que apenas lo hojeo; mi inveterado impulso tiene que competir en tiempo e interés con la televisión y con Internet, cuando no con la apatía o el agobio de saberme impotente para asimilar una infinitésima parte de información que se genera a cada minuto.
Hoy, una vez más, he empezado a hojearlo con desgana, y ha sido la contemplación de la portada lo que me ha llevado a estas elucubraciones: "Israel cerca Líbano y ataca ya los barrios del sur de Beirut". Seguramente leí titulares muy parecidos en mis primeros años de lector de la prensa. Tan lejos en el tiempo y tan cerca en la inmutable miseria de la condición humana. Meditando sobre este cruel e inacabable conflicto me he sonreído para mis adentros pensando en todos esos opinadores, tanto profesionales como amateurs (sobre todo estos últimos, que ha hecho aflorar Internet) que tienen tan claras las ideas y los matices que diferencian, por ejemplo, el terrorismo del acto de guerra, o la agresión de la legítima defensa. Con esa desgana he ido pasando las hojas, del horrible atentado al tren en Bombay a las tribulaciones de Bush en la Vieja Europa, o de los seriales de la Moncloa con Rajoy a la comedia de enredos de la convocatoria de elecciones en Cataluña. Pasando por las páginas de sociedad, sucesos, economía... ¿realmente vale la pena gastarse un euro diario para esto?. Estúpida pregunta, donde las haya, después de cuarenta años.
Por fin he llegado a la contraportada. Entrevista a Edgar Morín. Polifacético filósofo y pensador francés de 85 años que mantiene una vitalidad y un interés por la vida envidiables. A la pregunta de si tiene partido responde:
"Yo sigo siendo de izquierdas. Las derechas tienden a pensar que el desgraciado, el pobre o el criminal es el único culpable de su condición, mientras que las izquierdas nos sentimos pobres, criminales o explotados con ellos. Esas dos emociones te llevan a ser de derechas o de izquierdas."
Efectivamente, después de un siglo XX convulso, que vió nacer y morir los grandes movimientos supuestamente liberadores de la humanidad, después de la retórica del fin de la historia y del fin de las ideologías, esto es lo que nos queda al final del día: la izquierda asume la miseria de la condición humana en su conjunto, la derecha acoge a los elegidos y condena a los desheredados, culpándoles por su negligencia. Hoy ha valido la pena el euro
2 de març del 2006
Intermezzo (III)
25 de febrer del 2006
El sentido de la vida (II)

Uno de los libros que he tenido ocasión de leer durante mi obligado descanso se titula "El sentido de la vida", de Julian Baggini, cuyo subtítulo reza "Y las respuestas de la filosofía". Columnista en varios periódicos y editor de la revista The Philosopher's Magazine, Baggini parece animado por la vocación de poner la filosofía al alcance de un público amplio sin caer en la vulgarización de la misma, y yo diría que lo consigue.
Inevitablemente la primera cuestión pone en relación sentido y fin: ¿es necesario que la vida tenga un fin trascendente para tener sentido?. Hasta hace poco más de un siglo, cuando la existencia de un Creador era consideraba evidente en sí misma por la gran mayoría de la gente, la respuesta a esa pregunta parecía necesariamente afirmativa. Tan era así, que los mismos filósofos que tuvieron la osadía de enfrentarse a idea de la muerte de Dios encontraron en el pecado la penitencia: la vida, para existencialistas y nihilistas, resultó absurda y sin sentido hasta el punto de plantarse el suicidio como la opción más coherente (y en más de un caso esa coherencia se llevó hasta sus últimas consecuencias). Pero afortunadamente hemos pasado ya este sarampión y hoy somos capaces de diferenciar el fin (trascendente) del sentido. Es decir, un fin preasignado por un ser trascendente podría, quizá, dar sentido a la vida, pero nada nos autoriza a negar ese sentido por el hecho de que no concurra tal circunstancia. En palabras de Baggini, "si podemos dar un objetivo y sentido a la vida, no hay ninguna razón obvia por la que debamos considerar que este tipo de sentido es inferior al dado por un creador". No sólo no hay ninguna razón, sino que está por demostrar cual pudiera ser ese hipotético fin para el cual habríamos sido creados. Baggini -cuyo punto de arranque es lo que él llama una búsqueda racional y laica- se hace una serie de consideraciones a partir de las interpretaciones de la supuesta voluntad de Dios tales como que estamos aquí para cumplir su voluntad y adorarle (en este supuesto nuestra vida tendría un objetivo para el ser que nos ha creado, pero no para nosotros) o para crecer y multiplicarnos, y dominar la tierra y sus criaturas (no tenemos ni idea de por qué la tierra y sus criaturas necesitan ser dominadas ni de cómo el hacerlo puede dar sentido a nuestra vida). Pero no es mi intención, ni cabe aquí extenderme, en los argumentos de Baggini, sino sobrevolar su aproximación al sentido de la vida.
Una vez sentado que se trata de una búsqueda racional y laica, y descartado que la aproximación religiosa sea, no ya la única, sino ni siquiera la más racional, Baggini recorre en una serie de posibles respuestas al sentido de la vida y para cada una de ellas esboza una o varias tesis y sus correspondientes antítesis. Por ejemplo, ¿marcarse una meta puede dar sentido a la vida?; quizá sí, pero corremos el riesgo de quedarnos sin ese sentido una vez conseguida la meta o frustrarnos irremediablemente si la meta resulta inalcanzable. ¿Conseguir el éxito puede dar sentido a una vida?; también es posible, pero esto condena a la inmensa mayoría de la humanidad a una vida sin sentido. ¿Ayudar a los demás puede darnos ese sentido?; puede, pero ayudar a los otros es un medio para sacarles de un apuro o darles mejor calidad de vida, no un fin para dar sentido a nuestra vida. También, en fin, contribuir a la prosperidad de la comunidad, la nación, la humanidad o la misma especie pueden ser objetivos de una vida con sentido, pero sin perder de vista que lo que es valioso de la humanidad no se encuentra en ese nivel, que no deja de ser una abstracción, sino en de sus miembros individuales.
Quizá uno de lo momentos en que uno se siente proclive a enfrentar este tipo de preguntas es cuando tiene la percepción de que la vida tiene fecha de caducidad, como los yogures, y que esta fecha puede no estar muy lejana o, cuanto menos, no aplazada sine die. La pregunta que surge ya no es tanto si la vida tiene o no sentido, sino como debiera aprovecharse ese tiempo que se muestra avaro. ¿Debería uno modificar su actitud o sus prioridades ante tal eventualidad?; ¿cae uno en la cuenta de que ha estado dejando de hacer cosas importantes mientras el tiempo no apremiaba, y que ahora debe acometer a toda prisa?. ¿Tiene sentido continuar dedicando tiempo a descifrar los intríngulis de una determinada herramienta informática, que se abordó como un hobby, terminar alguno de los libros de novela, historia o ensayo que se quedaron con un punto entre sus páginas que ya empieza a amarillear, o seguir planificando ese viaje de vacaciones que quizá no llegue nunca?. ¿Qué es lo que realmente vale la pena hacer, ahora que sabemos que ya no haremos muchas cosas que creímos posibles?.
Después de darle más de una y más de dos vueltas al asunto, he llegado a la conclusión de que no hay ninguna razón para cambiar las prioridades. No se me ocurre ninguna razón en virtud de la cual, la importancia relativa de las cosas, y nuestra actitud ante ellas y ante la vida, deba cambiar en función de las expectativas de vida. Lo que era digno de atención sigue siendolo, lo que procuraba entretenimiento y solaz lo sigue procurando, y los motivos para reflexionar ante la vida y su sentido me siguen pareciendo igual de vigentes.
Volviendo al libro de Baggini, nos encontramos al llegar a su término con algo que ya sospechábamos tras las primeras páginas de lectura: el sentido de la vida existe, pero depende de cada uno. "El principal argumento de este libro -nos dice Baggini en el último capítulo- es, por lo tanto, democrático e igualitario, en el sentido de que devuelve a cada uno de nosotros el poder y la responsabilidad de descubrir y en parte determinar el sentido por nosotros mismos".

Bien, aquí se acaba la película. Ahora, este es el sentido de la vida.
(Le entregan un sobre, ella lo abre y lee)
...Bueno, no es nada especial. Procurad ser agradables con la gente, evitad comer grasas, leed un buen libro de vez en cuando, dad algún paseo y procurad vivir juntos en paz y armonía con la gente de todos los credos y naciones.
MONTY PYTHON, El sentido de la vida.
19 de febrer del 2006
Los pasadizos del Clinic (I)

-Pero ¿qué haces, Pedro?; ¿cómo te has bajado?; ¿qué has hecho?; ¡eres un guarro!
-¡Me voy, quiero irme¡, quiero un taxi, me voy a mi casa.
-¡Dios!, se ha meado. Mira como ha puesto todo...
Deben ser las las tres de la madrugada. Pedro está desnudo y descalzo, sobre sus propios orines, ajeno al bamboleo de los tubos de suero y medicación que lleva prendidos del catéter yugular y con el orinal, vacío, en la mano derecha. A pesar de tener las barandillas subidas ha conseguido salirse por los pies de la camilla. Tendrá unos setenta y pocos años, pero se le ve todavía vigoroso y guerrero, con un protuberante abdomen que más parece tributario de la cerveza que síntoma patológico. Acepto la oferta de la enfermera de mudarme a otro box. Mientras, con la auxiliar, intentan apaciguarle y meterlo de nuevo en la cama. Pero el panorama no es mucho más halagüeño con Ramón, mi nuevo compañero. De una edad similar al anterior, sufre de sordera profunda y, privado del feedback auditivo, su habla es prácticamente ininteligible. Ramón también quiere fugarse. La enfermera está desquiciada -¡Dios, que ganas tengo de que sean las ocho!- le grita inútilmente a Ramón. Parece que finalmente le convencen para que se tome un Valium. Aprovechando un momento de calma consigo conciliar el sueño. Como reza el tópico, las cosas siempre pueden ir a peor, y eso me ocurrió aquella noche, la tercera que pasaba en una camilla de 'Urgencias'.
Había ingresado el lunes 6 de febrero al mediodía, y a última hora de la noche ya tenía un primer diagnóstico (obstrucción intestinal inespecífica) y la orden de ingreso, pero por falta de camas en la unidad de hematología debía de pasar esa noche en la camilla de un box. Me lo tomé con filosofía; el ambiente en la unidad de 'Observación' de la tercera planta era hasta cierto punto cálido y el personal amable y, un poco aturdido por la situación de inferioridad subjetiva, uno tiende a sobrevalorar y agradecer el menor gesto de amabilidad o simple corrección. (Quizá alguien con menos miramientos calificaría esto de síndrome de Estocolmo).

Esa camilla fue mi concha y mi hogar durante tres días y tres noches; en ella me llevaban, a través de pasillos, rampas y ascensores, a las pruebas diagnósticas: radiografía, 'TAC', colonoscopia, más radiografías... Siempre con la botella de suero balanceándose sobre mi cabeza, en veloces travelings en cámara subjetiva por los largos -larguísimos- y fríos pasadizos del Clinic. En los interín, aparcado entre otras camillas y otros pacientes, largas y obsesivas contemplaciones del techo, de las lámparas fluorescentes, de los difusores de ventilación, o del rótulo informativo sobre la necesidad de avisar al radiólogo si una está embarazada. Largas esperas, a solas con los propios pensamientos. Con los propios y con los ajenos: cómo no recordar en estos momentos, en que uno se siente prisionero de su cuerpo, a los místicos que, como Santa Teresa, lo tienen por una cárcel:
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
O la invitación de Jorge Manrique a aceptar con alivio y serenidad la muerte:
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos.
Pero hoy no hablaremos de la vida y de la muerte. Quizá otro día. Avisados quedan los navegantes (si es que hay alguno de ellos que se aventure en este charco doméstico). En estas y otras meditaciones entretuve mi mente aquellos tres días y tres noches. A las dos de la madrugada de la tercera me despertó, no sin cierto sobresalto, un camillero:
-Antonio, vamos a llevarle a la sexta planta.
-¿Y esto?- acerté a decir medio dormido.
-No se preocupe, es lo mismo que aquí; una unidad de observación
-¿?
Otro viaje nocturno, por pasillos y ascensores, hasta encontrarme compartiendo el oscuro y lúgubre 'box' con Pedro. A la mañana siguiente, con la aurora volvió la esperanza. La mujer de Ramón (que otra vez quería irse) consiguió calmarle, y la doctora de guardia, que en esos tres días había sido mi cordón umbilical con el mundo exterior, me comunicó que por fin había una cama para mí: "de momento es la única buena noticia que puedo darle, Antonio". Gracias Eva -le dije- has sido muy amable conmigo y muy profesional. Y era cierto, el trato y la profesionalidad de casi todo el personal fue excelente. Lejos queda la leyenda negra de una sanidad pública viciada y funcionarial. (To be continued).
9 d’agost del 2005
La meva família

Aquesta es la meva família materna.
La noia de les mitges negres es la meva mare, l'Angelina, i la nena al seu costat, la meva tieta Paquita. A l'altre banda hi ha la meva avia Angelina i el meu avi Antoni. I el nen que aguanta la brida del cavall es el meu oncle Josep; Pepito es va dir sempre, de fet. I encara se'n diu, doncs es l'únic que es viu dels integrants de la foto. Val a dir, però, que amb prou feines i sense ser-ne gaire be conscient: el mal d'Alzheimer el consumeix lentament.
Devia ser un dia de festa, cap a l'any 1929 o 30, i devien haver anat a dinar a fora, a alguna masia o merendero prop de Barcelona, sortint de ben segur per la Carretera de Ribes, des del barri del Clot on vivien. L'ocasió devia ser prou assenyalada com per immortalitzar-la amb una foto solemne, on el cavall i el carro no podien deixar d'ocupar la posició preeminent que de fet tenien en l'economia de la família. Be es veu en el posat del meu oncle que la custodia del cavall no era cosa d'agafar-se-la a la lleugera.
Poc després el meu oncle va perdre una cama en un accident de tramvia, però sempre ha estat un home de gran presencia d'esperit i s'esforçava per tal de que ningú s'adonés que portava una cama ortopèdica. Molt pocs anys després va haver de menester tot aquella presencia d'ànim quan, tornant del matadero (llavors encara no en deien escorxador), un camió que baixava pel carrer de Balmes es va endur pel davant al meu avi, el cavall i el carro. El meu oncle, va haver de prendre el relleu del cap de família, oblidar-se dels seus somnis de fer-se monjo de Montserrat, i traginar cada dia, des de abans de trenc d'alba, bujoles plenes de tripes i menuts, i caps i peus de be. La meva avia es va posar de dol i mai mes se'l va treure. El meu oncle sempre va ser per a mi com un pare, i aquest es el meu petit homenatge, a ell i a aquella família exemplar que, malgrat que varen passar-les magres, mai ens van transmetre als que veníem darrera amargor ni desesperança. Tot el contrari, es van guardar per a ells les penes i ens van transmetre l'alegria i les ganes de viure sense rancúnies.
PS: Més amunt deia que el meu oncle encara era viu. Ja no, va morir el 2008.
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