15 de desembre de 2008

Profecias autocumplidas o el Mensajero de las malas noticias

Suelen quejarse los periodistas, a veces no sin razón, de que se quiera matar el mensajero cuando trae malas noticias. Pero ¿qué ocurre cuando, en efecto, las malas noticias generan malas noticias? El caso paradigmático es una crisis económica como la que estamos viviendo; las malas noticias no generan la crisi -esta generalmente es previa, si más no en estado latente- pero no hay duda de que tienen un efecto multiplicador que puede ser devastador. A estas noticias se las puede calificar con propiedad de profecías utocumplidas.

Màrius Carol escribe hoy lunes en La Vanguardia un artículo -La prensa ante la crisis- en cuyo trasfondo asoma este controvertido asunto. Ejemplifica la polémica con el caso del periodista británico Robert Preston, encargado de las noticias financieras en la BBC, cuyos análisis prospectivos han causado tal impacto en la opinión pública que un comité de la Cámara de los Comunes se plantea "examinar el papel de los medios de comunicación en la estabilidad financiera".

El asunto no es baladí. Mientras por un lado los mismos presidentes Zapatero y Montilla, conscientes de los efectos negativos que un estado de opinión pesimista de la ciudadanía puede tener en la economía real (por utilizar el pleonasmo de moda), animan sin complejos a que "quien pueda consuma", la oposición y la prensa afín no pierden ocasión de incidir, con indisimulado sarcasmo unos, con impostada objetividad otros, en las contradicciones que tales mensajes llevan implícitos o en los aspectos más morbosos que la actualidad inevitablemente genera. Un buen ejemplo de esa falsa objetividad puede encontrarse en nuestra TV-3, que talmente parece tomada por una oposición oportunista. Se me hace difícil interpretar de otra manera las tendenciosas y retóricas preguntas que, día sí, día también, plantea a la audiencia el inefable Cuní (a más de un euro y medio el sms: hay que ser panoli) o la insistencia machacona de con la que Xavi Coral nos recuerda cada mediodía que "el paro ha alcanzado la cota más alta desde tal fecha" o la cantidad de familias que "no llegan a final de mes".

Volviendo al artículo de Màrius Carol, compara este la oportunidad, o no, de informar de la crisis económica, con la polémica que hubo en su momento acerca de la relevancia que debía darse a las informaciones sobre los actos terroristas y las andanzas de sus protagonistas, y termina con estas palabras, que no sé si calificar de ingenuas o voluntaristas: "Cuando pase todo, el público pondrá a cada periódico en su sitio, y los que hayan actuado con el máximo rigor serán primados en ventas y en credibilidad por los lectores". Dejando de lado lo del terrorismo y su dimensión político-mediática (que requeriría otro comentario del blog) no puedo evitar la íntima convicción de que ni el propio autor del artículo sea capaz de creer, ni en sueños, que exista una correlación entre el rigor de los medios y la difusión o audiencia de los mismos.

En la utilización dramática de la crisis por parte de los medios, no sabría decir qué es más indecente: si que lo hagan de forma morbosa con fines comerciales o que lo hagan de forma tendenciosa con fines políticos.

15 de novembre de 2008

Los fines y los medios

En un dramático Editorial titulado 'La hora del automóvil', decía ayer día 20, La Vanguardia:
"EL sector del automóvil, como industria de cabecera en España, de la que dependen millares de empresas y centenares de miles de empleos, necesita una intensa ayuda pública, limitada en el tiempo, para hacer frente a la recesión, para frenar la actual sangría de puestos de trabajo que afecta a toda la economía y para sentar las bases de su imprescindible reconversión tecnológica.
Así lo entienden grandes países industriales como Estados Unidos y Alemania. Y así debe entenderlo el Gobierno, ya que el sector del automóvil es el primer motor industrial del país."
Y después de extenderse en diversas consideraciones sobre el fallido Plan Vive y demás medidas a tomar termina, en tono más dramático si cabe:

"Todos los grandes países desarrollados defienden su industria del automóvil, ya que es un pilar de toda economía por su capacidad de creación de puestos de trabajo. Hemos dicho, y lo volvemos a repetir, que asegurar el futuro de este sector en España es una auténtica cuestión de Estado."
El día antes El Periódico había editorializado sobre el mismo tema: 'Rescatar al sector del automóvil'. en parecidos términos. También sabemos por diversos medios que el President Montilla viajará al Japón para hablar con los máximos dirigentes de Nissan con vistas a parar o mitigar el expediente de empleo de la fábrica de Barcelona. Por no hablar de la amenaza de quiebra de los tres gigantes del sector, con base en Detroit a cuyo rescate parece que deberá acudir el Gobierno Federal de los EE.UU.

La incidencia del sector en la economía mundial es de tal magnitud que nadie osaría poner reparos a la necesidad de que los gobiernos acudan al rescate de las empresas automovilísticas. No sólo se trata de los puestos de trabajo directos: la industria auxiliar de componentes, los distribuidores, la de los transformados metálicos, las de plásticos y materiales sintéticos, la siderometalúrgica, etc., etc. Y sin embargo, ¿nos hemos parado a pensar en el fin y los medios? ¿Sería una catástrofe en si misma que disminuyera el volumen de automóviles que llegan al mercado? El sentido común nos dice que no; para nadie suele ser un gran trastorno alargar, pongamos un año, la vida útil del automóvil o incluso, si me apuran, prescindir parcialmente del uso del mismo.

La pregunta, entonces, surge inaplazable: ¿fabricamos (y compramos) automóviles, porque son un medio de desplazamiento o por los puestos de trabajo que genera su industria? Está claro que, si el abastecimiento del mercado de automóviles, al ritmo acostumbrado, no es una necesidad perentoria, la razón principal y urgente por la que se fabrican automóviles es por los puestos de trabajo que requiere su fabricación y toda la industria subsidiaria. Por lo tanto, ¿no están los fines y los medios trastocados? Seguramente alguien estará tentado de decir que nos encontramos en circunstancias excepcionales ante las que pierden vigencia los planteamientos que serían lógicos en circunstancias normales. No es el caso; veamos que escribía Galbraith en 1996, sin ninguna crisis a la vista:

"En la economía moderna es un hecho algo extravagante que la producción sea ahora más necesaria por el empleo que proporciona que por los bienes y servicios de que abastece"
En parecidos términos se expresa Ramon Folch en 1998, tampoco bajo circunstancias económicas excepcionales (negritas mías):
"A juzgar por las reiteradas manifestaciones de la mayoría de los administradores y políticos del viejo orden, el crecimiento es el principal objetivo de la actividad económica. De modo que andamos con el único objeto de seguir andando? Decepcionante."
La metáfora no es nueva: vamos en una bicicleta, no sabemos hacia donde, pero no podemos dejar de pedalear porque si lo hacemos, nos caemos. Y cual es la receta: hay que ser más competitivos, hay que trabajar más y jubilarse más tarde. Es decir, hay que pedalear más, y más deprisa, no para ir a ningún sitio, sino con el único fin de mantener el equilibrio.

7 de novembre de 2008

El día después: empezando de nuevo


¿Han oído hablar de la revista Dissent ? O, mejor dicho, ¿han oído hablar de la izquierda americana? Bueno, pues haberla, "hayla", si más no en el plano intelectual -no sé si también en el político- y esta revista es uno de sus canales de expresión. El artículo que incluyo está escrito en un tono distinto de cualquiera que puedan leer habitualmente en el mundo anglosajón, e incluso, diría yo, muy poco común fuera de él con excepciones, quizá, del estilo de Le Monde Diplomatique. Me ha parecido tan singular que me he tomado el atrevimiento de traducirlo al castellano. (Con todo, recomiendo a quien pueda que lo lea en versión original; he hecho lo que he podido pero no me hago responsable de los estropicios que haya podido causar a las ideas del autor).

De entrada me ha llamado fuertemente la atención la idea que el autor expone en el primer párrafo: no es lo mismo una candidatura carismática que un movimiento social. Y la prueba del algodón de la diferencia: una candidatura carismática no habría sobrevivido a una derrota. La otra idea que me ha impactado es la de que, como a Roosevelt -otro centrista- la recesión le empujara a ser "un presidente más radical de lo que en realidad quiere ser". No es difícil rastrear las raíces dialéctico-marxistas que subyacen a esta idea: "no es la conciencia de los hombres la que determina la realidad social, sino la realidad social la que determina su consciencia" (Karl Marx). Por si quedara alguna duda , en fin, sobre el sólido izquierdismo de Walzer, termina el artículo apelando a la movilización popular e intelectual sin cuya ayuda, nos dice, Obama no podrá ganar las difíciles batallas a las que deberá enfrentarse.

El día después: empezando de nuevo
Michael Walzer (online) - Noviembre 5, 2008

Ahora necesitamos saber qué clase de presidente será. Siguiendo los escrutinios con mi mujer, mi hija menor y mis nietos en un apartamento de Greenwich Village, suspiré con alivio cuando quedó claro que Obama había ganado. Por las grandes esperanzas despertadas por su candidatura y por la sensación de desolación y desmoralización que hubieran seguido a su derrota. A pesar de que el estilo de organización comunitaria de la campaña pueda haber sugerido a mucha gente que estábamos asistiendo al nacimiento de un movimiento social, sospecho que lo que en realidad hemos visto es algo muy distinto: una candidatura carismática cuyo carisma no habría sobrevivido una derrota electoral. ¿Como digerirá la victoria?

Cuando Obama empiece a gobernar el carisma no será suficiente; necesitará el apoyo de las bases electorales movilizadas y organizadas. Podemos por tanto ver el desarrollo de movimientos políticos, como vimos en la década de 1930 y 60, no durante sino después de la campaña electoral. Obama necesitará la movilización política más allá del aparato: en la lucha por un sistema de salud pública, por un sistema fiscal más igualitario (o para ser realistas, menos regresivo), y para nuevas políticas en energía, educación, inmigración y comercio internacional. Uno de los primeros tests de su presidencia será su disposición y habilidad para estimular un movimiento político que no dependa del carisma de un hombre, sino que esté basado en un programa coherente para el cambio social.

Será, pienso (y espero), un presidente más radical de lo que en realidad quiere ser. Él ha partido, sagazmente, desde el centro; ha hecho un buen discurso contra el amargo partidismo de los políticos de Washington en estos últimos ocho años; aspira a unir una nación dividida racialmente. Pero la creciente recesión, le empujará (como empujó a Roosevelt, otro centrista) a adoptar políticas que encontrarán la oposición feroz de la derecha.

Incluso su propuesta de atención sanitaria encontrará fiera oposición, a pesar del hecho de que queda muy por debajo de un sistema de cobertura universal -recuérdese la batalla perdida por la propuesta de los Clinton, diseñada para llegar a un compromiso con las compañías aseguradoras (pero estas no estaban por la labor). Quizá los debates de política se desarrollarán en un plano más elevado con el Presidente Obama de lo que lo han sido con el Presidente Bush, pero no nos veremos libres de partidismos.

Habrá batallas difíciles, que Obama tendrá que librar y ganar, y en esas batallas necesitaremos la ayuda de los ciudadanos comprometidos. Un partido Demócrata revitalizado sería una gran ayuda; como lo serían unos sindicatos fuertes, capaces una vez más de organizar grandes cantidades de trabajadores; como lo sería un renovado movimiento por los derechos civiles y, a pesar (o por causa de) la derrota de Hillary, un revitalizado feminismo. Y aquí, en Dissent, tenemos también un papel qué jugar. En estos momentos potencialmente “transformadores”, los grupos vigorosos de la izquierda, con espíritu alto y nuevas ideas, pueden marcar la diferencia. La victoria de Obama es extremadamente importante, pero hay una oportunidad que no podemos dejar escapar.

Michael Walzer es co-editor de Dissent

15 d’octubre de 2008

John Kenneth Galbraith (y 3)La Euforia Financiera

Alguien decía el otro día que si los economistas fueran supersticiosos deberían suprimir octubre del calendario: el 29 de octubre de 1929 sucedió el gran Crac, el 19 de octubre de 1987 se produjo el hundimiento de las bolsas y este octubre de 2008 ha sido testigo de la peor semana para las bolsas mundiales desde aquel martes negro del 29. Pero a cambio, octubre, tal día 15 como hoy, hace 100 años, nos obsequió con el nacimiento de Galbraith, que ha sido el hombre que más ha hecho para explicar a una vasta audiencia el cómo y el porqué de aquellos octubres. Vaya mi pequeño homenaje y mi agradecimiento por los buenos ratos que me ha hecho pasar con la lectura de sus libros.

Poco más podría hacer en este pequeño espacio, que sugerir la lectura del libro cuya portada se ilustra a la derecha (1) y que estos días está siendo citado en muchos medios. Dice en él Galbraith, a modo de anécdota, que el mismo día del hundimiento de octubre de 1987 le llamaron más de 40 periodistas y comentaristas de televisión de todo el mundo para pedirle unas palabras (apenas un año antes había sido duramente criticado por un artículo en el que alertaba sobre la inminencia del hundimiento). Si hubiera vivido unos pocos años más este mes de octubre habrían sido cientos los periodistas que hubieran ido tras sus palabras. Pero nada se ha perdido, esas palabras perduran en sus libros (verba volant scripta manent). Veamos algunas de ellas.

La característica recurrente del episodio especulador es "la creencia de que hay algo nuevo en el mundo". En el siglo XVII fue la llegada de los tulipanes a Europa, más adelante fueron las supuestas maravillas de la compañía por acciones (en el XVIII la "Compañía de las Indias", la "Burbuja de los Mares del Sur") el boom inmobiliario de la década de los "felices veinte" en Florida, el Crac del 29 y, más recientemente, tras la liberación de la economía de la pesada mano del gobierno (era Reagan), el redescubrimiento del apalancamiento y el milagro de los bonos de alto riesgo o "bonos basura". El párrafo siguiente merece ser destacado porque resume la esencia de la cuestión (negritas mías):
"Toda innovación financiera subsiguiente ha implicado una creación similar de deuda garantizada por unos bienes más limitados, con meras modificaciones en cuanto al propósito inicial. Todas las crisis, en efecto, han implicado una deuda que, de una manera o de otra, se ha vuelto peligrosamente desproporcionada con respecto a los medios de pago subyacentes".
Pero hay aun otra característica recurrente en los episodios especulativos y que ni siquiera se circunscribe al mundo financiero, sino que ha alcanzado al mundo de la llamada economía real: la disociación entre la propiedad y los gestores. Dicho más claramente: quienes toman las decisiones, quienes arriesgan, no son los accionistas, ni siquiera los consejos de administración, sino los directivos que, en muchas ocasiones, secuestran la voluntad de los verdaderos propietarios de las compañías. La consecuencia cae por su propio peso: esos directivos -que se asignan a sí mismos sueldos fabulosos y se protegen mediante contratos blindados- no defienden los intereses de la compañía, sino los suyos propios. (Que no tienen porque coincidir y de hecho muchas veces no coinciden).

Es decir, el caso que se ilustra en el hilarante vídeo que tenemos aquí al lado, del vendedor de hipotecas al que le importa un bledo que el tomador de la hipoteca pueda o no devolverla porque él va a comisión, tiene un correlato en el directivo al que le importa un pimiento la suerte del accionista o del obrero porque sus intereses van por otro lado. Lo del obrero ya lo sabíamos, pero es ilustrativo y útil saber también lo del propietario de la empresa, ese al que despectivamente llamamos burgués y que es víctima también del especulador. Porque -ojo- resulta que paradójicamente ese burgués acabamos siendo nosotros mismos -la Mayoría Satisfecha- a través de nuestros planes de pensión, nuestros ahorros y nuestras hipotecas. Ríanse a gusto con el vídeo, merece la pena, pero no se lo tomen a broma porque, si bien caricaturizado, refleja muy fielmente el "Fraude Inocente"(2) que denunció Galbraith a lo largo de su fecunda vida.

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1) "Breve historia de la euforia Financiera" Ed. Ariel, 1991
2) "La economía del fraude inocente" Ed. Crítica, 2004

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P.S.: La Real Academia de las Ciencias sueca anunció el pasado lunes la concesión del Nobel de Economía al estadounidense Paul Krugman. Es interesante ver donde convergen y donde divergen estos dos grandes comunicadores de la economía; me propongo hacerlo en una próxima entrada al blog.

12 d’octubre de 2008

Miedo escénico

Hace tres días, leyendo que el BCE ofrecía a los bancos todo el dinero que necesitaran y que aun así el Euribor seguía subiendo porque -según reza la letanía que todo el mundo repite, empezando por el gobernador del Banco de España- "el problema es que hay una crisis de confianza" y que por tanto "los bancos no se prestan los unos a los otros" (solo falta que lo repitan los loros de la Rambla) escribí a vuela pluma, y en mi lenguaje de lego, una carta a La Vanguardia preguntando (y preguntándome) que, si el problema son los bancos, por qué no se les puentea. Así se publicó la carta el sábado en La Vanguardia:


Liquidez bancaria
He leído que "el Banco Central Europeo pondrá a disposición de los bancos toda la liquidez que necesiten a un interés fijo del 3,75%", pero que, a pesar de ello, "el Euribor sube al 5,5% y que el gobernador del Banco de España advierte que el indicador hipotecario no bajará hasta que vuelva la confianza a los mercados" (9/ X/ 2008). Seguro que mis preguntas provocarán sonrisas condescendientes; aun así se lo agradeceré a quien me las pueda contestar. Si el Banco Central presta a los bancos todo el dinero que haga falta y estos no bajan el Euribor, ¿por qué los bancos centrales no prestan directamente a los tomadores de hipotecas y créditos? ¿No estamos en emergencia? ¿No es de aplicación (¡todavía!) lo de "a grandes males, grandes remedios"?

Si los bancos no quieren cumplir con su cometido, que los bancos centrales les hagan el by-pass y hagan directamente de bancos comerciales. ¿Que eso sería como nacionalizarlos? Pues muy bien, ¿y qué? ¿Nos vamos a hundir todos porque los gobiernos tienen miedo escénico?
Antoni Mont - Barcelona
Como decía estas preguntas me surgieron espontáneamente y tal cual las plasmé, consciente de que mi planteamiento simplista era más una queja -un desahogo al estilo de "piove! governo ladro"- que una reflexión razonada. Por eso me provocó una sensación agridulce leer el mismo día en el Finacial Times (de vez en cuando me aventuro por la red en pos de los oráculos) un artículo del economista Paul De Grauwe en el que desarrolla y argumenta de forma técnica y formal lo que yo apenas insinuaba de forma intuitiva, pero utilizando incluso la misma expresión: "to bypass the banking system". Digo agridulce en el sentido de que da cierto alivio saber que uno no va tan desencaminado, aunque es triste consuelo que ello solo sirva para reafirmarse en la opinión de que los gobiernos no están a la altura de lo que de ellos cabría esperar. A pesar del inconveniente de estar en inglés, lo copio íntegro porque el FT restringe el acceso a los pocos días. Para quien no quiera calentarse los cascos, ahí va un pequeño resumen.

El título es suficientemente expresivo: "La propiedad total y temporal del estado es la única solución".

Empieza repitiendo lo ya sabido: "Este modelo [el actual]... solo funciona si los bancos confían los unos en los otros. La confianza se ha evaporado y, como consecuencia, el modelo falla", para llegar en seguida a la conclusión de que "solo hay un camino, los gobiernos de los grandes estados deben controlar la propiedad de los bancos (o por lo menos de los principales) . Una vez los bancos en las manos del Estado este puede forzar que se presten entre ellos y que presten al público".

Las intervenciones de los gobiernos capitalizando los bancos solo atiende a los síntomas, no a la raíz del problema. En estas condiciones, ha sido como echar el dinero a un agujero negro. Es por ello que considera que "La reciente decisión de la Reserva Federal americana de by-pasar el sistema bancario y prestar directamente al sector no bancario, comprando papel comercial, es un paso en la dirección correcta. Ello permite a las compañías obtener dinero en efectivo tomando créditos a largo plazo; un servicio que los bancos no han querido prestar".

Pero la acción de la Fed es insuficiente porque no tiene el poder de forzar a los bancos a prestar dinero. Sólo el Gobierno puede hacerlo transformando temporalmente los bancos privados en bancos públicos. "Llámese a ello si se quiere -dice como temiendo nombrar la bicha- nacionalización temporal".


Temporary full state ownership is only solution
The essence of what banks do in normal times is to borrow short and lend long. In doing so, they transform short-term assets into long ones, thereby creating credit and liquidity. Put differently, by borrowing short and lending long, banks become less liquid, thereby making it possible for the non-banking sector to become more liquid; that is, have assets that are shorter than their liabilities. This is essential for the non-banking sector to run smoothly.
This credit transformation model performed by banks only works if there is confidence in the banks and, more importantly, if banks trust each other. This confidence has now evaporated and, as a result, the model fails. The generalised distrust within the banking system has led to a situation where banks do not want to lend any more. That means that they continue to borrow short but lend equally short; that is, acquire the most liquid assets.
The result is a massive destruction of credit and liquidity in the economy. The non-banking sector cannot borrow long so as to acquire liquid assets that they need to run their business, because banks do not lend long anymore. This risks bringing the economy to a standstill. A depression is looming.
It is important to realise that this liquidity crisis is the result of a co-ordination failure: bank A does not want to lend to bank B, not necessarily because it fears insolvency of bank B but because it fears other banks will not lend to bank B, thereby creating insolvency of bank B out of the blue. Thus bank lending comes to a standstill because banks expect bank lending to come to a standstill.
How to get out of this bad equilibrium? There is only one way. The governments of the big countries (US, UK, the eurozone, possibly Japan) must take over their banking systems (or at least the significant banks). Governments are the only institutions that can solve the co-ordination failure at the heart of the liquidity crisis. They can do this because once the banks are in the hands of the state, they can be ordered to trust each other and to lend to each other. The faster governments take these steps, the better.
Government interventions have consisted of recapitalising banks. These have not worked. The main reason is that they have been triggered by bank failures as they pop up and, as a result, have only dealt with the symptoms. The liquidity crisis is pulling down asset prices in an indiscriminate way, thereby transforming the liquidity crisis into solvency problems of individual banks. The governments, then, are forced to step in and to recapitalise the bank only to find out later that when the liquidity crisis strikes again, the capital has evaporated. The governments throw fresh capital into a black hole, where it disappears quickly.
Central bank liquidity provision, although necessary, has also failed to address the co-ordination failure and has only made it easier for banks to dispose of long assets to acquire short ones (cash). Thus central banks’ liquidity provisions do not stop the massive destruction of credit and liquidity that is going on in the economy.
The recent decision of the US Federal Reserve to bypass the banking system and to lend directly to the non-banking sector by buying commercial paper is a step in the right direction. It allows companies to obtain cash by borrowing long; a service banks do not want to provide anymore. The step taken by the Fed is insufficient, however. The Fed cannot take over all bank lending operations. Only the government can do this by temporarily transforming private banks into public ones. It can then order the management of these state banks to lend to each other.
Such a transformation (call it a temporary nationalisation) will make it possible to jump start the interbank market and allow the normal flow of credit to be activated. Nationalising the banking system is not the only intervention necessary. There is today a general distrust of private debt. This will force the government to substitute private debt for public debt. The Paulson plan does just that. More Paulson plans will be necessary to put a floor on the price of private debt and to prevent a meltdown.
The temporary nationalisation of the banking system and the substitution of private debt by public debt will allow us to reach a new equilibrium. When this happens, a fundamental reform of the banking system will be necessary in order to remain in this benign equilibrium. When this is achieved the governments will be able to privatise the banking system again.

2 d’octubre de 2008

John Kenneth Galbraith (2)

Si los menos afortunados votaran...

Un grupo de actores y actrices de Hollywood han lanzado un video animando a la gente a no votar. (Salvo que les importe su futuro y el de su país):


"Don't vote...no just kidding, you defintiely should..."

"No votes... no estamos bromeando... definitivamente no deberías votar... Excepto si te preocupa la educación de tus hijos. No votes... excepto si te importa la atención sanitaria... No votes... excepto si te preocupa la seguridad social... tu futuro... el futuro de tu país... el futuro del mundo. No votes salvo que te importe el calentamiento global. ¿A quién le preocupa todo esto?, ¿a quién le preocupa la guerra? A mí no, ¿te preocupa a tí?. Entonces... ¿por qué votar?"





La autoría intelectual de esta campaña podría seguramente rastrearse hasta las palabras que escribió Galbraith muchos años antes:

"Las cosas cambiarían mucho si los menos afortunados y los pobres recurriesen a las urnas con confianza para remediar sus males. Hay democracia, pero no en pequeña medida es la democracia de los afortunados"(1).
La democracia, sólo puede ser genuina, si es incluyente. La antigua dialéctica política -nos dice Galbraith- se establecía entre patronos y obreros, entre capital y trabajo. En el sistema económico y político contemporáneo la división es entre ricos y pobres. La diferencia realmente significativa es que "en el pasado los afortunados económica y socialmente eran una pequeña minoría que dominaba y gobernaba. Hoy representa una mayoría, pero no de todos los ciudadanos, sino de los que realmente votan: la Mayoría Satisfecha. Gobiernan bajo el cómodo abrigo de la democracia, pero es una democracia en la que no participan los menos afortunados.

La mayoría satisfecha considera que el Estado es una carga, pero sólo en aquello que va destinado a los pobres: la ayuda social a la vivienda, la enseñanza pública, la sanidad pública, etcétera. No lo considera en cambio una carga cuando se emplea en gasto militar y armamento, en servicios médicos y pensiones para profesionales de la administración o corporaciones paraestatales, en el sostén de rentas agrarias, garantías financieras para los depositantes de bancos o rescate de instituciones financieras en quiebra. Los votos de los pobres son necesarios para conseguir los servicios públicos que ellos mismos necesitan. (Galbraith habla específicamente de América, pero salvo matices su filosofía es perfectamente trasladable a Europa).

Un fraude nada inocente


"No hay mayor fraude que el uso del mismo término "trabajo" para designar lo que para unos es monótono, doloroso y socialmente degradante y para otros placentero, socialmente prestigioso y económicamente provechoso"(2).

Galbraith divide la sociedad en dos grandes clases: los profesionales satisfechos y la subclase. La subclase, los pobres, son necesarios en nuestra economía para hacer los trabajos que los más afortunados no hacen y que les resultaría manifiestamente desagradable e incluso doloroso hacerlos. Esa subclase procede casi siempre de los inmigrantes, los negros y los marginados en general. Para muchos de ellos conseguir ese trabajo, aunque sea degradante y mal pagado, no es del todo inaceptable porque significa la única esperanza de promocionar a una situación mejor. Es lo que se ha dado en llamar el "ascensor social".

Pero la condición sine qua non para que el ascensor social funcione es que no deje de haber crecimiento económico. ¿Qué ocurre cuando, como ahora, el sistema entra en crisis y no sólo no hay crecimiento sino que hay amenaza de recesión?. ¿Pondremos en marcha el ascensor de bajada?. No otra cosa es pretender que los inmigrantes vuelvan a su lugar de origen y los marginados al arroyo. No hay que ser muy agudo para entender que la cosa no es tan sencilla: sin una mínima red de protección social, la subclase, privada de cualquier posibilidad de sustento, caerá en la desesperación. De ahí a los desórdenes sociales no hay ni medio paso.

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1) "Una sociedad mejor". Ed. Crítica 1996
2) "La cultura de la satisfacción". Ed. Ariel 1992

1 d’octubre de 2008

John Kenneth Galbraith (1)


El día 15 de este mes de octubre se cumplen los cien años del nacimiento de Galbraith. Cerca estuvo de cumplirlos en vida, pues murió el 29 de abril de 2006. Con todo, lo remarcable no es tanto su longevidad como la lucidez y plena forma intelectual que mantuvo hasta el último momento. Menos de dos años antes, a los 96, había publicado su último libro, considerado como una especie de testamento intelectual: "La economía del fraude inocente".

Galbraith, que el Washington Post, en su obituario, califica como un hombre del Renacimiento, fue profesor universitario, político, diplomático, funcionario del Gobierno y escritor; asesoró y escribió discursos para los presidentes Roosvelt, Kennedy y Johnson y escribió desde tratados académicos hasta novelas de éxito. Pero lo que le hizo popular para millones de lectores de todo el mundo fue su incansable labor de divulgación de la economía: su historia, sus entresijos y, para disgusto de sus engreídos colegas, su desmitificación. Por poner un símil un poco desenfadado, podríamos decir que fue a la Economía lo que Carl Sagan a la Ciencia o, en un ejemplo más próximo, Rodriguez de la Fuente a la Naturaleza. También fue controvertido, sobre todo entre sus pares: dice el New York Times, también en el obituario, que Mr. Galbraith was admired, envied and sometimes scorned for his eloquence and wit and his ability to make complicated, dry issues understandable to any educated reader. (Fue admirado, envidiado, y algunas veces desdeñado, por su elocuencia e ironía y su por su habilidad para hacer comprensibles, a cualquier lector instruido, los temas más áridos y complejos). Aunque la verdad es que no hizo grandes esfuerzos para ganarse la simpatía de sus críticos: la modestia, seguramente con fundamento, no era su mayor virtud ;-)

Ocioso es decir que no pretendo resumir a Galbraith. Hay docenas de libros y miles de artículos glosando su vida y su obra. Basta teclear su nombre en Google para que nos aparezcan 5.380.000 enlaces (una manera de empezar puede ser ir al primero de ellos, Wikipedia -mejor en inglés- y de ahí, hasta que nos cansemos). Sólo, a modo de ínfimo homenaje, quiero evocar con un par de pinceladas sendas temas en él recurrentes: la exposición, a veces mordaz, siempre ingeniosa, de los episodios de euforia financiera producto, entre otros factores, de la "cortedad de la memoria en materia financiera", junto con la "engañosa asociación de inteligencia y dinero", y su infatigable defensa de los pobres y menos favorecidos en un doble escenario: en el seno de los países más desarrollados y en el contexto mundial.

Espero que este aniversario sea motivo -y pretexto- para la conmemoración del personaje, y la revisión de su obra (no sé si también aquí, pero seguro en América) porque la casualidad ha querido que coincida con la tempestad financiera y económica más importante desde el crac de 1929 que, como decía, constituyó uno de los temas a los que dedicó el estudio durante más tiempo y de de forma más recurrente en sus obras. Es además significativo que estos dos temas que he mencionado, la especulación financiera y la suerte de los menos favorecidos, tienen su punto de encuentro en momentos de crisis financiera como el que estamos viviendo: mientras los responsables (mejor diríamos "irresponsables") del desaguisado se aseguran paracaídas millonarios y retiros dorados, la clase más desfavorecida es la primera en sufrir las consecuencias de la crisis. Dedicaré una entrada a cada uno de estos dos temas en breve.

11 de setembre de 2008

Suicidio asistido

Con frecuencia nos quejamos -generalmente con toda la razón- de los abusos del lenguaje por parte de los políticos, que disfrazan los hechos con eufemismos o medias verdades. Pero resulta chocante, y hasta divertido, que por una vez que un ministro, atreviéndose a llamar a las cosas por su nombre, anuncia una ley para regular el suicidio asistido, algunos opinadores y comentaristas, como si llevaran puesto el piloto automático, reaccionan exactamente igual: denunciando la "perversión del lenguaje", el cambio del "sentido de las palabras", o cosas similares.

Justamente el término suicidio asistido (que con frecuencia se ha disfrazado de "eutanasia" u otros eufemismos) no puede ser más claro y preciso: se trata de ayudar al suicidio a alguien que, por encontrarse físicamente impedido, por carecer de los medios, de los conocimientos precisos, lo que sea, no puede realizar el acto de suicidarse sin ayuda. Es frecuente que los que se oponen de forma visceral, y poco meditada, a cualquier tipo de legalización de la eutanasia o del suicidio asistido (insisto, visceral, no razonadamente) arguyan, de forma despectiva, que quien "realmente"quiere suicidarse puede hacerlo sin necesidad de ayuda. No es así; el caso paradigmático es el del que está impedido y postrado en cama (Ramón Sampedro), pero no es el único ni mucho menos.

Pensemos un poco en las circunstancias que pueden llevarnos a esa situación. El caso típico es el del enfermo incurable (cancer, por ejemplo) que entra en fase terminal y que, de forma progresiva, va perdiendo la autonomía y va aumentando su sufrimiento físico y psíquico. ¡Por supuesto que antes de entrar en esta fase quizá pudo suicidarse!, pero ¿seremos tan incalificablemente brutos que le diremos: "haberlo hecho cuando podías"?. Uno puede perfectamente amar la vida, y desear apurarla hasta el último momento, pero llega un momento en el que el balance entre el beneficio de seguir vivo y el perjuicio de estar sufriendo es absolutamente desfavorable. En ese momento caben dos alternativas: seguir sufriendo y haciendo sufrir a los familiares y allegados, a veces hasta límites realmente inhumanos e indecentes o terminar de la forma más indolora posible. Que llegados a este punto el procedimiento sea el suicidio asistido -es decir, desencadenado uno mismo la acción de poner fin a su vida- o bien la eutanasia -muerte inducida por el personal sanitario- es hasta cierto punto lo de menos. En último término es una cuestión meramente técnica que depende de las circunstancias de cada caso. Es obvio, por poner un ejemplo, que si, por efectos de la sedación, o de la propia enfermedad, se ha llegado a la pérdida de conciencia o coma, no tiene caso hablar de suicidio; en este supuesto -seguramente el más frecuente- el paciente puede haber dejado constancia, mediante el llamado "testamento vital" o de cualquier otra forma fehaciente, de su voluntad inequívoca de que, en tales circunstancias, le sea provocada la muerte.

4 de setembre de 2008

Decepcionante Savater

Por un momento albergué la esperanza de que el último artículo de Fernando Savater, que titula "Balance" (a propósito de su "Manifiesto por la Lengua Común"), pudiera aportar algún elemento de concordia. La esperanza se insinúa cuando dice que le parece "una obligación de cortesía intentar finalmente hacer balance y responder a quienes se han molestado en hacer objeciones inteligibles a esa propuesta ", pero empieza a desvanecerse apenas tres líneas después cuando afirma que no piensa ponerse "a cuatro patas, como se requeriría para responder a otros". Desgraciadamente esa actitud arrogante y perdonavidas no es sólo una pésima introducción, es toda una declaración de intenciones.

¿Cuales son, entonces, las objeciones que Savater considera dignas de su atención?. Pues parecen resumirse apenas en una: el hecho, reconocido, de que en las comunidades bilingües el uso de la lengua castellana ya es preeminente y que los niños conocen perfectamente el castellano aunque estudien en la lengua cooficial correspondiente. A esa (¿objeción?) viene a responder Savater que, naturalmente que así es, y así debe ser, pero que esto no es suficiente. Y a partir de ahí remacha una vez más, si cabe con más contundencia, lo ya expuesto y reiterado en el Manifiesto. Ese es todo el "balance". Bueno, eso y la pataleta que comentaré más adelante.
Por supuesto no es mi intención volver sobre el argumentario; se ha dicho ya todo lo que se podía decir por parte de quienes tienen autoridad para hacerlo. Lo que me interesaba aquí era el "balance" que prometía el título del artículo, y la decepción no puede ser mayor. Savater, al igual que han hecho algunos de sus correligionarios, se parapeta detrás de la supuesta indigencia intelectual de sus críticos para ningunearlos sin ni siquiera nombrarlos. Ni una mención, no ya a los de la trinchera contraria, sino a gentes que, con vocación de diálogo, como Puigverd, Victoria Camps, Branchadell, Sanchez-Cuenca, etc. aportaron su honesta reflexión al debate.

Particularmente hiriente me ha parecido el párrafo con el que despacha a los "profesionales de la filosofía política". Con ese despectivo término parece querer zaherir al sociólogo Ignacio Sanchez-Cuenca ( véase su contribución al debate en este artículo) pero de hecho alcanza de lleno a Victoria Camps y Anna Estany -estas sí, catedráticas de Filosofía- que firmaron conjuntamente un razonado artículo (bastante amable con Savater, por cierto). A Savater la opinión que sostienen las filósofas, de que el problema "no se arregla con cambios en la Constitución -¡Dios nos libre de intentarlo!-, sino con sentido común", le parecen "insólitos consejos para venir de profesionales de la filosofía política". No explica (?!) donde radica lo insólito o lo extravagante, ni el porqué de tan expeditivo juicio.

Pero finalmente, en el último párrafo, Savater se torna más trasparente: "Porque el busilis de la cuestión no es el bilingüismo, desde luego, sino el biestatismo (...) Se trata, en efecto, de una cuestión política, como con rara clarividencia [otra vez el perdonavidas] han señalado algunos de nuestros críticos". ¡Acabáramos!, se trata sobre todo, y por encima de todo -el "busilis" de la cuestión- de una cuestión política. Bueno, por lo menos esto debería aliviar al denostado presidente de la Real Academia de la Lengua, don Víctor García de la Concha que, con buen criterio, se negó a implicar a la RAE en esa cuestión política.
Y esta es mi decepción: donde tenía la esperanza (admito que leve, pero esperanza al fin) de encontrar la prudencia escéptica del filósofo, me encuentro con la arrogancia intransigente del político. Una pena.

30 d’agost de 2008

Los "seres queridos"

La expresión se extendió cual mantra desde las primeras y deslavazadas crónicas de urgencia. A un redactor cualquiera le pareció la más apropiada para la ocasión y ninguno de los que le siguieron se atrevió a usar ninguna otra menos piadosa. Seguramente el término "familiares" no les pareció suficientemente dramático dada la magnitud de la tragedia. Se dirá que de todas las tropelías perpetradas por los medios (sobre todo audiovisuales) a raíz del accidente de aviación, esta es la menor. Cierto. Y cierto también que más de un redactor serio (y algún qué otro profesional de la indignación impostada) se han ocupado del tema. Con ingredientes tales como el periodo vacacional (con sus suplentes y sus becarios ávidos de aprovechar la huidiza oportunidad), la excepcionalidad de la noticia y la necesidad de rellenar cada vez más horas, de cada vez más parrillas, la bazofia del resultado era inevitable.

Si tomo esta anécdota mínima como pretexto de esta entrada, es porque ejemplifica el subjetivismo de los relatores/fabricantes de la noticia. Y el hecho de que este subjetivismo se deslice de forma sutil no me parece ningún atenuante, sino todo lo contrario: precisamente porque lo sutil es susceptible de pasar desapercibido. Y esto es lo peor del caso: que nos parezca la cosa más normal del mundo. El relator de la noticia no tiene ningún derecho a inmiscuirse en los sentimientos de los involuntarios protagonistas del acontecimiento; si las víctimas eran seres más o menos queridos por sus familiares o allegados es algo que pertenece a la esfera personal de cada uno de ellos, y que al reportero no debe importarle ni formar parte de la fantasía de su relato; su deber profesional es atenerse a los hechos y relatarlos con la mayor fidelidad y profesionalidad posibles. Nada más.

3 d’agost de 2008

Notas para españoles

Comenta López Burniol, en su columna de El Periódico de hoy domingo día 3, la impresión que en sendos colegas suyos de Andalucía produjo su libro "España desde una esquina". De forma cortés pero directa ambos vienen a coincidir en que el tema no les interesa. Uno de ellos expresa su desaprobación en forma metafórica: "no te pierdas en este mar sin orillas y navega por otras aguas"; frase que me ha recordado aquella otra, seguramente apócrifa, que se atribuía al Caudillo: "haga como yo, no se meta en política". Al leerlo he recordado algo que me llamó la atención cuando leí el libro: el subtítulo, "Notas para españoles", que, según el propio Burniol aclara, se refiere a los destinatarios del libro. Me lo ha recordado porque, si la opinión de sus antiguos colegas es representativa de un segmento importante de España -y yo me temo que sí lo es- su prédica habrá sido en el desierto. No del todo, ciertamente: Rajoy en una ocasión blandió uno de sus artículos en el Congreso, pero barrunto que no era ese el fin para el que Burniol tejió sus argumentos.

Recientemente, con ocasión de la publicación de las balanzas fiscales, se han oído repetidamente en medios catalanes expresiones del estilo de: "ahora no se podrá decir decir que Cataluña no es solidaria" y cosas similares. Naturalmente, cuando las quejas contra Cataluña no sólo no han amainado sino que -en base a lo que desde España se considera una actitud contumaz- han arreciado, el desconcierto y la irritación han cundido a partes iguales. Cataluña es, para España, una piedra en el zapato, un incordio, un estorbo. Hay un hartazgo de Cataluña. Da igual cual sea la magnitud del déficit o del superávit -¿a quién le importa?- Cataluña no deja de presentar problemas mientras Euskadi (terrorismo y manías del lehendakari aparte) se maneja bien con España; siempre lo ha hecho. Por lo tanto está claro, es Cataluña y no Euskadi la piedra en el zapato. A nadie desde Euskadi se le ocurriría querer arreglar España -el problema no va con ellos- y a nadie desde España se le ocurrirá pedir solidaridad a Euskadi. Así les va bien a unos y a otros.

29 de juliol de 2008

Corrección política, la batalla final

Esta mañana, oyendo por la radio un anuncio de El Corte Inglés, he visto claro que los que nos oponemos a lo políticamente correcto tenemos la batalla perdida. En esta, la última versión del anuncio, dice la locutora, con su inconfundible tono y timbre: "...y si no está satisfecha o satisfecho, le devolvemos el dinero".

Hasta ayer mismo, animado de un optimismo quizá irracional, creí que la razón (valga el contrasentido) podía ganar esta batalla. Lo de los vascos y vascas de Ibarretxe me parecía una extravagancia más del lehendakari; a la miembra del Gobierno Bibiana Aido, dicho sea con todo el respeto, no termino de tomármela en serio; Lidia Falcón y sus radicales seguidoras -que por otra parte de correctas tampoco presumen- la daba ya por amortizada, y más bien me sorprende cuando reaparece firmando un artículo de opinión; pero !ah amigos! (¡y amigas!) lo del Corte Inglés son palabras mayores que de ninguna manera me atrevería a tomarme a chirigota. Si El Corte Inglés toma partido por algo, sabe lo que hace. Hemos perdido la batalla. Y quizá la guerra.

Y Bueno, aunque sea verano, y una regla no escrita, pero férrea como pocas, obliga a relajarse en todos los sentidos, no quiero pasar por alto un artículo de Victoria Camps, que me ha parecido importante, sobre el tan traído y llevado "Manifiesto". Puesto que ya he dicho lo que pensaba sobre el mismo en El Pombo, e incluso lo he copiado por si alguien no sabe o no quiere asomarse a El País, simplemente lo dejo enlazado aquí: Identidad y realidad

11 de juliol de 2008

Algo habremos hecho mal...

Ayer día 10, en su edición nacional, El País publicaba un artículo de Félix de Azúa titulado: "¡Socorro!". No voy a descubrir al personaje (con su vieja obsesión por el Titanic) ni a desmenuzar el libelo; ahí está (en abierto) para quien quiera leerlo. Lo que me interesa, porque no es ninguna broma, es el fenómeno. Apenas 24h después de su publicación 700 lectores de la web de El País habían valorado el artículo con 4 estrellas y media sobre cinco. Es decir, consideran que el artículo es entre "muy interesante" e "imprescindible". Ya se que el instrumento dista de ser objetivo, pero para mí es indicativo del estado de la cuestión, que es el siguiente: una masa importante de ciudadanos se levantan cada día ávidos de firmar un manifiesto u otorgar cinco estrellas a un artículo que refleje con contundencia su estado de cabreo hacia los nacionalismos disgregadores e insolidarios. Masa que es a su vez punta de lanza de una mayoría, no por silenciosa menos significativa. Dicho sin embudos: España le tiene ganas a Cataluña. (Dejémonos de filigranas sobre si hay que decir España y Cataluña o "los ciudadanos de").

Ante este fenómeno, a lo primero que se aplica cualquiera con un poco de sensibilidad es a preguntarse por las causas (que es tanto como decir por los culpables). Y lo más socorrido, claro está, es el enemigo exterior: los nostálgicos del franquismo, El Mundo, La Cope, los neo-jacobinos, etcétera. Lo segundo, los elementos: lo mal que nos comprenden y lo mal que nos explicamos desde tiempos históricos. Ahí suelen aparecer desde Ortega y Azaña hasta el vaso de agua clara de Julián Marías (el padre de Javier). Finalmente, y si mucho nos apuran, miramos (muy discretamente) alrededor y nos decimos que hombre..., que sí..., que quizá alguna responsabilidad tienen nuestros nacionalistas radicales. Esos chicos, que dirían los vascos. Pero de chicos poco: hay mucho alopécico y mucho barrigudo cincuentón haciendo el caldo gordo a los insensatos que queman banderas y boicotean las obras de la MAT, y muchos más que miran para otro lado.

Digámoslo claro: hay demasiada condescendencia -o miedo, o connivencia, o todo ello junto- para con los excesos del nacionalismo de casa. Hace algunos meses dediqué una extensa serie de entradas de este blog a comentar un reciente libro de Juanjo López Burniol en el que analiza la deriva que ha tomado la relación Cataluña-España en los últimos años. Burniol es un declarado amigo de Cataluña. Llegó a implicarse con entusiasmo en un proyecto federalista y progresista en el que creía de buena fe. Hoy -no hace falta que lo explicite, basta con leerle y oírle- se está distanciando cada vez más y, aunque lo hace con elegancia, apenas puede disimular su desengaño. Sería poco trascendente si no fuera sintomático: estamos perdiendo amigos, al mismo ritmo que hacemos enemigos, y nos lo estamos ganando a pulso.

Ese atajo de abajofimantes -hacia los que difícilmente me va a ganar nadie en menosprecio, por su escasa categoría intelectual y ética (por mucha vaca sagrada que haya entre ellos)- tiene razón en una cosa: la Cataluña sensata y progresista está acogotada por miedo a contradecir a los nacionalistas y a ser acusada de botifler. Estamos una vez más, y ahora de forma masiva y colectiva, bajo el síndrome Companys: "a veure si ara també direu que no soc prou catalanista". Parafraseando al alcalde Ruíz Gallardón ,es hora de preguntarnos qué hemos hecho mal, puesto que alguna responsabilidad debemos de tener en el desaguisado.

26 de juny de 2008

La troupe de "Los-Abajo-Firmantes" ataca de nuevo

Hace poco supimos por los medios de comunicación que las universidades catalanas exigirán el nivel "C" de catalán a todos los profesores. Ignoro los detalles acerca de la ley que propugna tal medida, pero no me gusta la pinta que tiene; no puede ser más que empobrecedora para la universidad catalana, ya de por sí no demasiado boyante ni sobrada de recursos y excelencia. He oído esgrimir como argumento que el hecho de exigir a un profesor el conocimiento del catalán no implica -en virtud de la libertad de cátedra- que deba dictar su asignatura en tal lengua; más absurdo si cabe: se ponen trabas al ingreso de, quizá, valiosos profesores, a sabiendas de que la medida no tendrá incidencia en la presencia del catalán en la universidad y sí puede, en cambio, hacerlo antipático a una parte de los enseñantes.

Otro sí. Ayer, miércoles 25, Omnium Cultural convocó un acto "unitario" en defensa (preventiva) del Estatut de Catalunya frente a hipotéticos recortes del mismo por parte del TC. Lo de "unitario" parecería una broma o un sarcasmo si no fuera algo peor: el sello de fábrica de todos los "unitaristas"; la unidad hay que forjarla en torno a lo ellos propugnan.

Pero el espacio no nos lo achican solo por ese lado, claro que no. Ahí están los-abajo-firmantes de siempre para recordarnos que la patente de la Una Grande y Libre la tienen ellos. Naturalmente no con estas palabras, faltaría más, los tiempos han cambiado, nos hemos lavado la cara y el patrioterismo de toro de Osborne y pandereta ya no se estila. No, por lo menos en boca de filósofos y escritores profesionales; eso se deja para el brazo armado del PP y la Conferencia Episcopal. El españolismo intelectual se reviste con ropajes más nobles: Hobsbawm, Habermas y otros. (Ignatieff(*) cayó en desgracia cuando votó a favor de denominar el Quebec como nación). Particularmente rentable para el nacionalismo español resultó ser el discurso que el prestigioso filósofo alemán Jürgen Habermas tejió frente al fantasma del nacionalismo alemán: el patriotismo constitucional. Al nacionalismo español, de izquierdas primero, de derechas inmediatamente después, le faltó tiempo para apropiárselo. Por supuesto, convenientemente simplificado y desnaturalizado.

La idea central es sencilla: hay un sentimiento natural de pertenencia en torno al pueblo o nación nacida, pero la legitimidad democrática nace del pacto constitucional en torno a la nación querida. Que la idea central sea sencilla no significa que lo sea su anális, que escapa por completo a mis posibilidades y a este espacio. Sí lo hace con maestría Miguel Herrero de Miñón en su libro "El valor de la Constitución". Baste, solo un apunte: Habermas no niega la nación nacida, a la que le otorga el importante papel de la integración social, lo que dice es que la nación de ciudadanos debe tener prioridad frente a la nación originalmente étnica.

Un corolario que deriva de esa idea "sencilla" es que los derechos (entre ellos los lingüísticos) no son de los territorios, ni tampoco de los colectivos, sino de los individuos. No me pregunten como (los profesionales son ellos, no yo) pero de esas ideas aparentemente asépticas se infiere la preeminencia de los derechos de los individuos de naciones con estado sobre la de los individuos de naciones sin estado. En definitiva, entre el toro y el burro nos quieren unificar, cada uno a su manera. Parafraseando a Madame Roland podríamos decir: 'unidad, cuantos atropellos se cometen en tu nombre'.

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*) Ejercicio para arqueólogos ociosos: discurso de Arcadi Espada sobre Ignatieff antes y después de octubre de 2006.

16 de juny de 2008

Los políticos como cabeza de turco

Con más frecuencia de la esperable me sorprendo a mí mismo defendiendo causas por las que siento escasa o nula simpatía.

Según leo el pasado sábado en la prensa, la nueva directora de Televisió de Catalunya, Mónica Terribas, se propone reducir la presencia de políticos en TV3 para que los contenidos de la misma sean "más equilibrados". Es difícil no poner en relación esta noticia con la que leíamos hace un par de meses según la cual el diputado del PSC, Joan Ferrán, reclamaba "una televisión más neutral, objetiva, plural, informativa y sin sesgo partidista", porque, decía, "hay que arrancar la costra nacionalista de las emisoras de la Generalitat". No voy a cometer la ingenuidad de creerme las buenas intenciones que supuestamente expresa Ferrán en el primer entrecomillado, pero creo que hay mucho de verdad en el segundo. López Burniol expresaba de forma muy gráfica el sesgo con el que, a su juicio, se había hecho el Estatut de Catalunya: "con la misma mentalidad con la que se facilita la información meteorológica en TV-3: de espaldas a España". Pero es que en el caso de los medios de la Generalitat, la cosa es más grave: no es que estén hechos de espaldas a España -lo cual no me parecería ningún cataclismo, habida cuenta del resto de canales y emisoras a que tenemos acceso- sino que están hechos de espaldas a más de la mitad de la propia población de Cataluña. Y quede claro que no me refiero a la lengua en esos medios, que es y debe seguir siendo el catalán, sino al sesgo ideológico.

Decía al principio que me sorprendo a mí mismo defendiendo causas por las que siento escaso entusiasmo, porque soy bastante crítico respecto de los políticos y bastante escéptico respecto de sus virtudes y capacidades. El otro día, sin ir más lejos, dejaba un comentario en el blog de Lluís Foix en el que me lamentaba por la poca vocación que parecen sentir las mentes más preclaras de nuestro país por la cosa pública y me preguntaba por las causas que puedan subyacer a esta particular sequía. Pero al mismo tiempo reniego del reduccionismo comodón de traspasar la responsabilidad de todos los vicios de la sociedad a unos políticos que, a fin de cuentas, no son más que el reflejo de esa misma sociedad. Y particularmente, en este caso, me parece que hay una carga importante de hipocresía en la actitud pretendidamente purista de unos profesionales, con respecto a los políticos, cuando muchos de ellos, en buena medida, están donde están por su probada fidelidad a una determinada ideología política: el nacionalismo catalán.

25 de maig de 2008

El modelo insostenible

Hojeando "El Periódico" de hoy, domingo 25 de mayo, me he topado con un artículo de Josep Borrell, titulado "Pónganse a dieta", que incide en el mismo problema sobre el que trataba en mi última entrada: la (in)sostenibilidad del modelo occidental en relación a la crisis alimentaria.

Empieza Borrell su artículo diciendo que "de repente hemos redescubierto la importancia de la agricultura como sector estratégico de la economía globalizada". Se extiende a continuación en la exposición de los trazos fundamentales que definen el problema a nivel mundial -previsiones de crecimiento de la población mundial, cambio de la dieta alimentaria de China, crisis energética, económica y financiera, que se sobreponen a la alimentaria- para apuntar finalmente el dato crucial que viene a resumir el déficit de los diversos componentes: "para producir 100 gramos de vacuno hacen falta 25.000 litros de agua y una caloría de su carne necesita 17 calorías vegetales. Aunque otras carnes son menos exigentes (para el pollo y el cerdo la relación es de 4 a 1), parece evidente que 9.000 millones de personas [la población que Borrell estima para el año 2050] no pueden comer los 100 kilos de carne al año que consumimos en el mundo desarrollado". Pero, ¿cual donde está la raíz del problema?. Creo que ésta queda perfectamente definida en lo que es el nudo del artículo:
"Puede parecer que responsabilizamos de la escasez y de la carestía de los alimentos a los pobres de la tierra que apenas ahora pueden empezar a comer, no solo más, sino mejor.
Así ha ocurrido con la agria polémica entre EEUU y la India, que empezó cuando el presidente Bush citó como una de las causas del aumento de precios la prosperidad de la clase media india. La respuesta fue recordarle que los estadounidenses consumen de media un 50% más de calorías que los indios, que con lo que se gastan los norteamericanos en liposucciones para eliminar su exceso de grasa se podría alimentar al África subsahariana, y sugerirles que se pongan a dieta para acabar con el hambre en el mundo.
Y es cierto, los estadounidenses consumen 3.770 calorías al día, más que en ningún otro país, y los indios, 2.440. Son también los que consumen más carne de vacuno per cápita, la más costosa de producir en términos de agua y calorías. De manera que la responsabilidad del problema no se puede atribuir al último que ejerce su derecho a la alimentación, sino a los que llevan tiempo haciéndolo en exceso. Lo mismo puede decirse con respecto al cambio climático, que va a afectar dramáticamente a los países en desarrollo cuando el problema lo han creado los que protagonizaron la revolución industrial."
Dado que no es previsible que el estadounidense (donde dice el estadounidense -que es el estereotipo del malo de la película- podríamos poner "el occidental" sin perder nada por el camino) se ponga a régimen de forma espontánea y altruista, y que tampoco es previsible que el Asia (y el África y Sudamérica) emergentes renuncien a incorporar más lípidos a su dieta, solo nos queda una variable, de la que parece tabú hablar: la población mundial. ¿Qué tampoco es previsible que la gente se decida a dejar de reproducirse de manera espontánea y altruista?, muy cierto; la diferencia, en este caso, es que la ecología no pide permiso a las especies a la hora de ajustar su crecimiento al nicho ecológico.

Quizá a alguien le pueda parecer extemporáneo hablar de la especie humana como si de un animal irracional más se tratara . No quiero parecer frívolo al respecto. Tengo en gran estima la capacidad de raciocinio del hombre, que se me antoja como poco menos que un milagro de la naturaleza, pero he meditado mucho sobre el particular y he llegado a la conclusión de que, si bien, como digo, la capacidad intelectual del hombre ha evolucionado hasta niveles asombrosos, no parece que en su comportamiento grupal se refleje este fenomenal salto cualitativo respecto de las demás especies. Pero insisto en que no quiero parecer frívolo; este tema requiere una reflexión más sosegada.

29 d’abril de 2008

El biocumbustible y la crisis de los cereales

¿Qué les parece (si es que les parece algo) el asunto de la escasez de cereales?. ¿Consideran razonable que la UE insista en mantener el objetivo del 10% de biocombustibles para 2020?. ¿Creen que el aumento de los precios es solo fruto de la especulación, sin una base real de la disminución de los graneros?. ¿Puede producirse una oscilación desestabilizadora, de graves consecuencias, por mor de un acceso demasiado brusco de grandes masas de población de la India y la China, entre otros países, a niveles de consumo próximos a los occidentales?. ¿Los gobiernos occidentales deberían dejar de intervenir, con regulaciones, subvenciones y protecciones más o menos encubiertas, para que los costes reales se trasladen a la producción?.

Todas estas preguntas me las planteaba yo a bocajarro, y tal como las pensaba y las escribía, sin una idea muy precisa de los datos y las cifras pero con la sensación de que el tiempo para actuar se acaba. Hace algo más de un año escribía en este mismo blog una entrada titulada Candela... ¿hasta cuando? en la que recogía una palabras del economista Serge Latouche acerca del agotamiento de los recursos de la Tierra. Reproduzco de nuevo lo más significativo:

"--El planeta tiene 51.000 millones de hectáreas, de las que 12.000 millones son bioproductivas. De ellas dependemos todos los habitantes del planeta. El actual nivel de vida de los españoles: necesita 4,5 hectáreas por persona/año para sostenerse. Si todos los habitantes del planeta quisieran vivir como los españoles harían falta dos planetas y medio; para vivir como los franceses, 3 planetas; y para vivir como los estadounidenses 6 planetas."
Ignoro si las cifras y los ratios de Latouche son exactas, pero aun en el caso de que, sin serlo, expresen correctamente las tendencias, sería suficiente como para estar seriamente preocupados. Volviendo a la crisis de ahora mismo, POUL KRUGMAN, en un artículo del NY Times del pasado día 7, identifica tres factores desencadenates que considera imponderables:
  • La marcha de los chinos hacia el consumo de carne: se necesitan 700 calorías de pienso animal para producir 100 calorías de buey. Luego, los chinos se acercan al número de Ha/persona/año que nos advertía Latouche.
  • El precio del petróleo. Se pretende amortiguar mediante el biocombustible, pero ello sólo va en decremento de l stock de cereales, aumentando su escasez, incrementando su precio y, para colmo, sin que, de acuerdo con los científicos, suponga ningún alivio para las emisiones de CO2.
  • El clima adverso en áreas vitales de producción. Particularmente en Australia, segundo exportador de trigo, que ha sufrido una sequía épica.
A dichos factores imponderables añade otros de mala política:

  • La invasión del Irak, que debía abaratar el petróleo y lo encareció
  • La sequía de Australia puede deberse al cambio climático, en que -parece- algo tiene que ver la acción del hombre.
  • La conversión subsidiada de las cosechas en combustible se suponía debían mejorar la independencia del petróleo y limitar el efecto invernadero, pero ha sido un fracaso: de acuerdo con Time Magazine han disparado la crisis alimentaria y su rendimiento energético y de CO2 es ruinoso.
ROGER COHEN, también en un artículo del NY Times del pasado día 24, sin discrepar en el fondo de Krugman, tiene una visión más economicista. Considera que el factor principal reside en el accesos de cientos de millones de asiáticos a un régimen alimenticio de dos comidas al día en lugar de una y hábitos de consumo que tienden a asimilarse a los occidentales, y le da una importancia menor a la desviación de una parte de las cosechas al biocombustibles, que considera poco relevante en relación a la magnitud del problema. En resumen cree que el fiasco mayor tiene su origen en el proteccionismo del mundo desarrollado y sus subsidios al biocombustible, no en la idea del biocombustibles en sí, que le parece una buena idea.

24 d’abril de 2008

¿Para qué sirve un blog?

En uno de los chistes que contaba el malogrado Eugenio, con su personal e intransferible estilo, un escritor novel se encuentra con un amigo, que le saluda cordialmente: "¡He comprado tu libro!". A lo que responde el escritor en tono bajo y vacilante: "Ah... ¿fuiste tu? ".

El otro día me pasó algo bastante parecido con respecto a este blog (la realidad imita, a veces, la ficción). La anécdota me llevó a rumiar -una vez más- la pregunta que encabeza esta entrada. Mis primeros escarceos en Internet, hará diez o doce años, fueron a través de los grupos de news. La conexión, mediante modem a la línea telefónica, era muy austera: se limitaba a enviar y recibir mensajes que luego uno procesaba tranquilamente off-line. Luego descubrí las listas de distribución, que es una variante algo más personalizada de lo mismo: la gente escribe y opina mediante mensajes que son distribuidos a todos los miembros suscritos a la lista. Finalmente el acceso generalizado a la banda ancha popularizó los foros y un sin fin de formas más de comunicarse, entre ellas el blog.

A mí, personalmente, el formato me resulta incómodo. En el foro el debate fluye de forma multilateral, sin urgencias, hasta que el tema se agota, o languidece por sí mismo; el blog es más encorsetado, las etapas afloran y se queman al ritmo que marca el anfitrión, para quedar luego sepultadas por el calendario, quizá sin fechas, como quería Josep Pla. Por contra, el blog permite explayarse sin más límites que los que uno mismo se imponga; en un foro hubiera sido imposible, por ejemplo, volcar la larga serie de reflexiones personales que, sobre el libro de López Burniol, he puesto aquí.

Hay otra diferencia, que me gustaría ilustrar con un ejemplo entrañable (y no digo entrañable como una figura retórica): el que fuera mi maestro de matemáticas en el bachiller solía animarnos encarecidamente a que hiciéramos chuletas, cuanto más perfeccionadas e ingeniosas mejor. Ante la mirada incrédula de algunos, les aclaraba: "no os preocupéis, ya me encargaré yo de que no las saquéis en el examen, pero vosotros hacedlas, que es la mejor manera de que se os quede algo de lo que aquí os explico". Todavía otro ejemplo: todo aquel que se haya visto en el trance de tener que explicar algo, se ha dado cuenta de que uno no entiende realmente una materia hasta que ha sido capaz de explicarla. Es decir, que aunque nadie, o casi, me lea, este es el mejor ejercicio que se me ocurre para discurrir sobre un tema. Cierto que para eso no hace falta publicar lo escrito, pero el hacerlo añade un plus de autoexigencia.

"Se olvida usted de la vanidad" -dirá alguien con sorna. No, no me olvido. ¿Qué otra cosa, que el anhelo de aquellos míticos 15 minutos de gloria warholianos, puede estar detrás de tantos millones de escritores frustrados?; ¿vanidad... o quizá demanda de cariño?. Dicen que dijo Gabriel García Márquez: "yo escribo para que me quieran más mis amigos"; si quién es multimillonario de afectos todavía pide más, ¿que no harán los pobres por unas migajas?.

¿Es esta toda la explicación al boom de los blogs?. No lo creo. Sería una exageración decir que hay tantas explicaciones como blogs, pero no hay duda de que cada uno tiene la suya. ¿Qué tienen en común blogs que son leídos por miles de personas, con otros que no lee prácticamente nadie?, ¿o los más específicos con los absolutamente generalistas?, ¿los políticos con los filosóficos?. Aparte del formato, poca cosa más. Pero ¿por qué el fenómeno ha tenido una tal explosión que incluso los periódicos y revistas más prestigiosos del mundo han (¿forzado?, ¿inducido?) a sus columnistas a mantener un blog en paralelo con los artículos publicados en papel?. Y otros aún, como por ejemplo Lluís Foix, (pionero, por cierto del periodismo digital) mantienen un segundo blog genuinamente personal e independiente. Los aficionados al esoterismo cientifista nos hablarán quizá de una red neuronal, casi mística, de la que todos, sin ser conscientes, formaríamos parte y, en fin, seguro que hay algunos cientos de interpretaciones más. Pero, en el fondo del fondo, yo, sigo sin saber muy bien para qué sirve un blog.

6 d’abril de 2008

El Vía Crucis de los políticos


Dice Josep Mª Vallés, en su reciente libro "Una agenda imperfecta: amb Maragall i el projecte de canvi", sobre la relación entre políticos y periodistas, que, a pesar de que hay una cierta desconfianza mutua, la proximidad entre unos y otros ha terminado por configurar una clase "politicomediática" como resultado de la una simbiosis surgida de la confluencia de intereses.

Estando de acuerdo con el retrato de Vallès, hay, a mi parecer, en esta simbiosis, un factor añadido de asimetría (que no hace, sino, el símil más realista puesto que las relaciones simbióticas nunca son simétricas): como ocurre en la clásica pareja de payasos de circo, Augusto, el payaso tonto, recibe todos los golpes, mientras Clown, el payaso listo, se atribuye todos los méritos. Así, veremos al tertuliano o líder de opinión, Clown, que pontifica sobre casi todo sin entender de casi nada, ridiculizar al político Augusto, por torpe, inepto o timorato (cuando no por deshonesto o cosas peores) mientras que el político se guardará muy mucho de rebelarse contras la tiranía del lenguaraz. Solo en casos excepcionales, y apartados ya de la política activa -cuando pueden permitírselo por tener una carrera civil, como es el caso de profesor Vallès- pueden los (ex)políticos opinar con cierta independencia. No voy a erigirme en defensor de los políticos, de los que he sido crítico en muchas ocasiones, pero me parece injusta la impunidad con la que periodistas -que manejan el medio- crucifican a los políticos, con razón o sin ella, y con la mirada puesta sólo en los índices de audiencia.

He puesto la foto de Carod con la corona de espinas, en el momento de ser fotografiado por Maragall, porque me parece paradigmática del caso. Esa imagen, que a mí me pareció simpática porque les humanizaba y les mostraba con un sentido del humor y de la ironía nada desdeñables en un país enfermo de transcendentalismo, fue utilizada de forma encarnizada y oportunista contra ambos. Pues bien, ahora, de nuevo, una anécdota absolutamente menor -la invocación a la Virgen de Montserrat por parte del conseller Baltasar en favor de la lluvia, desde su reconocido agnosticismo- ha sido utilizada por docenas de medios escritos y audiovisuales para, desde la ironía, hasta la burla, pasando por la crítica y hasta la ternura, cebarse sobre el buen hombre. Entiéndaseme bien, no estoy exculpando a Baltasar de una serie de errores políticamente garrafales: empezando por admitir que se aparcó el tema del trasvase desde el Segre por estar en campaña electoral, continuando por el intento de disfrazar el nombre con eufemismos y acabando por negar lo que primero había afirmado. Pero, como en el caso de Maragall y Carod, me parece que quienes utilizan la anécdota -para mí, simpática, soy así de raro- para hacer escarnio del político, están actuando de forma carroñera.

14 de març de 2008

Juan-José López Burniol (y VII) El síndrome Companys o el tigre de papel

En la entrada anterior intenté explicar como los acontecimientos superaron a Companys hasta llevarle a liderar una acción revolucionaria en la cual no creía (o de cuyo éxito, por lo menos, no estaba en absoluto convencido). "A veure si ara també direu que no soc catalanista", diría una vez dado el paso decisivo. Pues bien, Burniol acuña el "síndrome Companys" para referirse a la actitud del los líderes del PSC, y de Pascual Maragall en particular, de acabar siendo más papistas que el Papa, en cuanto a catalanismo se refiere, en el proceso de debate y aprobación del proyecto de Estatuto. Salvando todas las distancias habidas y por haber entre la tragedia de la Generalitat de Companys y la -digamos- tragicomedia del tripartito de Maragall, veo yo un paralelismo entre ambos presidentes en lo que hace a su convicción federalista y a como esta fue arrollada por los acontecimientos hasta llevarles a un -no sé si interiorizado, pero si por lo menos manifestado- radicalismo nacionalista del cual no partían.

Lo que viene a decir Burniol, a la hora de analizar el papel de los socialistas catalanes en todo aquel proceso, es lo siguiente:

  • La iniciativa estatutaria fue una apuesta personal de Maragall. Jamás el PSC la hubiera promovido.
  • El PSC se vió embarcado en una guerra que no era la suya y "se puso delante de la procesión" (síndrome Companys).
  • Maragall fue radicalizando, a lo largo de la tramitación estatutaria su posición ideológica, cada vez más próximo a las posiciones nacionalistas. Entre las causas, seguramente diversas, el "síndrome companys".
  • Zapatero, atrapado por su promesa de respetar lo que saliera del Parlament, "cerró -por la espalda y con buena dosis de nocturnidad- un pacto precipitado y oportunista" con Mas por dos veces: primero cuando la discusión se atascó en Catalunya y luego, ya en Madrid, "con Maragall como convidado de piedra".
  • La cúpula del PSC -una vez más el síndrome Companys- plantó cara a Zapatero y renovó el tripartito. Ahora Zapatero ya sabe que ni el PSC es el PSN, ni Montilla es Puras.
Y la conclusión que saca de todo ello es que el hecho de que el PSC, con o sin grupo parlamentario propio, decidiese liderar una nueva versión del Gobierno tripartito, "supone un acto tal de autonomía, que pone de relieve la consolidación de un sistema catalán de partidos separado casi enteramente del sistema español".

El Tigre de papel
En el primero de esta serie de capítulos me hacía yo una salvedad en condicional: "si las partes no van de farol..." pues bien, Burniol con otras palabras se hace la misma salvedad: "los nacionalismos no pararán hasta alcanzar su meta (...) -la independencia plena de sus respectivas patrias- o disolverse en la inanidad, lo que también puede pasar, pues quizá no pasen de ser un tigre de papel".

Mi opinión personal es que, efectivamente, se trata de un tigre de papel. No hay en Cataluña un verdadero y mayoritario clamor por la independencia. Sí hay, no obstante, un sentido de pueblo con personalidad propia y diferenciada y, por encima de todo, un amor propio y una susceptibilidad a flor de piel -seguramente más que justificada- ante menosprecios o injusticias. Dos hechos han venido a corroborar en las recientes elecciones lo que digo: de un lado, la vuelta de ERC a su verdadera dimensión ilustra la escasa magnitud del independentismo; de otro, la contundente respuesta al PP recuerda, por si alguien lo había olvidado, que con Cataluña no se juega. (A los más viejos y con más memoria les recordaría el asunto Galinsoga).

¿Piensa realmente Burniol que se trata de una jugada de farol o, como el lo llama, de un tigre de papel?. Burniol no rehuye la disyuntiva, pero astutamente la pone en el tejado de los independentistas: si es un tigre de verdad, que muestre sus garras, y si no, que deje de dar espantadas. Dicho de otra manera, desde su punto de vista de español -del que explícitamente se reclama- no entra, ni le importa, si van de farol, o no, pero en cualquier caso le resulta inadmisible el chantaje permanente. Ahora bien, de la misma manera que no le parece admisible esta reivindicación permanente de los nacionalismos periféricos, tampoco le parece de recibo la falta de altura de miras de los partidos estatales al dar largas al problema y no acometerlo con visión de Estado. De ahí, entre otras cosas, la poca estima en que tiene a Zapatero y Aznar. Y, me atrevería a apostar a día de hoy, a un Rajoy en quién tenía depositadas unas esperanzas, en mi opinión, del todo infundadas. Pongo aquí punto final a esta serie de entradas.

3 de març de 2008

Juan-José López Burniol (VI) El síndrome Companys (1)

Lluís Companys fue (no sé si exactamente por este orden) abogado, periodista, sindicalista, republicano, federalista y revolucionario. Pero no fue separatista y no sé si tan siquiera nacionalista. Admirador en su juventud del ya anciano y venerable Pi i Margall, su ideal era la república federal, y su vida estuvo dedicada sobre todo a la acción sindical y política. Estuvo detenido 13 veces, y, paradógicamente, estar entre rejas le salvó seguramente de correr la misma suerte que sus compañeros y amigos Layret y Seguí: caer bajo las balas de los sicarios de Martinez Anido y Arlegui. Sin embargo su vida quedó marcada -además de por su asesinato político- por dos hechos trascendentales y controvertidos: la proclamación de la república el 14 de abril de 1931 y la proclamación del Estat Català dentro de la República Federal Española el 6 de octubre de 1934.

La República... y sus flecos
En la proclamación de la república Companys se adelanta a Macià y, tras tomar el Ayuntamiento de Barcelona sin apenas oposición del alcalde en funciones Matínez Domingo, sale al balcón y proclama:

"Poble de Barcelona! Els homes triomfants a les eleccions acabem de pendre possesió de l'Ajuntament i proclamem la República, que es el règim que havíem promès al poble"

Al poco, alertado de lo que sucede, Macià entra también en el Ayuntamiento y tras un breve cambio de impresiones con Companys sale al balcón y hace la siguiente proclama:

"En nom del poble de Catalunya proclamo l'Estat Català, que amb tota cordialitat procurarem integrar a la Federació de les Repúbliques Ibériques".

Para dirigirse a continuación al Palau de la Generalitat y hacer, desde él mismo, una proclama de tinte similar pero más solemne y más enfática, si cabe, en lo que se refiere a la autonomía respecto de lo que España pudiera eventualmente decidir. Todavía hubo una tercera proclama, al parecer inspirada por Carrasco i Formiguera, en la que se menciona "... d'acord amb el President de la República Española Don Niceto Alcalá Zamora...". Finalmente se desplazaron a toda prisa a Barcelona tres ministros del Gobierno de España para, según cuenta Gabriel Jackson, "recordar al exaltado y anciano Macià que la nueva Constitución todavía no había sido redactada" logrando que diera su aprobación a someter el proyecto de estatuto a las Cortes. Y sigue diciendo Jackson: "Para lograr este acuerdo temporal, los ministros de Madrid contaron en buena medida con los buenos oficios de Luís Companys... [que] era un autonomista más que un separatista".

A veure si ara també direu que no soc catalanista
El segundo, y más controvertido episodio -y el que da lugar a este capítulo de mi revisión del libro de López Burniol- tuvo lugar durante los llamados "hechos del 6 de octubre" de 1934. A raíz de la entrada de la CEDA en el gobierno de Madrid se desencadenó la revolución de octubre. Pero la tal revolución tuvo un vuelo gallináceo -sólo arrancó en Asturias, donde fue objeto de una salvaje represión por parte del ejército- y pilló a contra pié a la Generalitat de Companys. Este, envuelto entre la tormenta de los anarquistas de la FAI, los revolucionarios rabassaires y los independentistas con tintes fascistoides de Estat Català, y "atrapado por su propia violencia retórica- según dice Raymond Carr- creyó que o bien tenía que emplear la fuerza contra estos extremistas o bien tenía que dirigir el movimiento él mismo". Parece que optó por lo segundo. Retomando a Gabriel Jackson: "El día 6 de octubre a las 7,30h de la tarde una enorme multitud llenaba la plaça de Sant Jaume... Los nacionalistas exaltados esperaban la proclamación de la plena independencia de Cataluña. Los liberales aguardaban una declaración de resistencia al fascismo de Madrid. Dencàs planeaba por su cuenta la proclamación del Estat Català. Companys, en medio de tantos fuegos cruzados tomó el micrófono de manos de Dencàs y proclamó l'Estat Català de la República Federal Espanyola". Acto seguido, ya off the record -como diríamos hoy- se le atribuye la frase que cita Burniol: "Ja està fet. Ja veurem com acabarà. A veure si ara també direu que no soc catalanista".

Y el caso es que acabó mal, pero eso ya no forma parte de nuestra historia. De este episodio histórico extrae López Burniol lo que él llama, a mi parecer con acierto, el "síndrome Lluís Companys". En la próxima entrada, porque esta ya se alarga en demasía, veremos el porqué.

25 de febrer de 2008

El diario gratuitoo Shakespeare in town (Pausa)

No suelo coger los diarios gratuitos. No tengo ninguna prevención en contra, pero son muchos años de comprar el periódico y, ya se sabe, somos animales de costumbres. Además, para qué negarlo, me molesta el acoso, incluso cuando de diarios se trata. Normalmente al salir de casa compro el diario y me lo pongo bajo el brazo un poco a guisa de escudo protector. Cuando me ofrecen un diario gratuito esbozo una sonrisa de disculpa acompañada de un ligero movimiento mostrando el escudo a modo de implícito "no gracias". Pero hoy he salido zumbando, sin tiempo de dar el pequeño rodeo por el kiosco, y al encarar las escaleras el metro, a pecho descubierto, me he encontrado con el "ADN" literalmente en las narices. Tras unas centésimas de segundo de duda he optado por cogerlo. Todo ha sido llegar al andén, entrar en el vagón y, sin apenas libertad de movimiento, echar un vistazo a la contraportada. Ahí, a un lado, pugnando por salir a la luz entre anuncios estaba esta pequeña pero muy digna columna:

Lucía Etxebarria

Shakespeare in town

Después de haber visto la maravillosa versión de Rey Lear dirigida por Gerardo Vera que actualmente se representa en Madrid, me he dado cuenta de que no hay nada como Shakespeare para ponerle la nota culta a las noches de licencia y descarrío. Un ejemplo: Entra usted en el Bar de Mala Nota y se da de narices con su Malvado Ex acompañado de su no menos Deleznable Pareja. Actual. No se deje arredrar por esta triste visión y, parafraseando a Lear, exclame usted, convencida: "Los seres perversos parecen hermosos al lado de otros más perversos. No ser lo peor también tiene mérito".Acto seguido avance con dignidad bar adentro y cuando se tope con un Hermoso Joven al que considere digno de sus favores, cite usted a Goneril y espétele "Si no temes hacerte un favor a ti mismo, pronto conocerás el deseo de una mujer". Si él fuese un hombre que sabe lo que le conviene, puede responderle citando a Edgar: "Yo soy hijo de la naturaleza, y sólo a la naturaleza me debo". Salgan ustedes pues del bar dispuestos a gozar de mutuos favores. Como suele suceder en noches semejantes, se encontrarán congelados de frío, plantados en la esquina, esperando a ese taxi que nunca llega. Pero no todo está perdido. Recuerde usted al valeroso Edgar, apriete convencida la mano de su acompañante y declame en alta voz: "Mientras aún puedas decir que lo peor ha llegado, es que aún no ha llegado lo peor".
Sólo dos estaciones hasta la estación de enlace; en el vestíbulo hay un pequeño kiosco empotrado en la pared donde he comprado mi diario habitual. Con él bajo el brazo, y sintiéndome un poco más protegido, he continuado mi trayecto no sin antes, al pasar por una papelera, dejar con todo cuidado, por si alguien quiere cogerlo, el diario gratuito.

PS: No me olvido de Companys, Vila, pero he querido darme -y daros- un respiro.

17 de febrer de 2008

Juan-José López Burniol (V) La dura realidad

Tenía para comentar dos recortes de El Periódico con las respectivas respuestas de Rajoy y Zapatero a una pregunta de López Burniol -¿El encaje de Catalunya en España se resolvería mejor con un Estado federal clásico, y por tanto simétrico, o mediante un modelo confederal, sea este asimétrico o bilateral?- que se incluye en el contexto de sendas entrevistas a ambos personajes. Pero el propio Burniol se me adelanta hoy, en su columna del domingo, exponiendo los pensamientos que le suscita la primera de esas respuestas, la de Rajoy. Y a la vista del éxito, incluso dudo de que se moleste en comentar la segunda, la de Zapatero.

Las respuestas no pueden ser más previsibles; ventiladas como de puro trámite, diría yo. Rajoy: "Las cosas son mucho más sencillas que todo eso. España está definida en la Constitución como la suma de las nacionalidades y regiones que la componen. Y es exactamente eso, y no ninguna otra cosa". Por su parte, Zapatero: "El debate territorial requiere menos discusiones conceptuales y más claridad en la posición que cada cual defiende. La Constitución ha optado por un modelo de organización del Estado que no responde a una idea confederal: no está, pues, en el horizonte". ¿Alguien podría sorprenderse ante este tipo de respuestas?. No sé si a Burniol le han sorprendido, pero cuanto menos le han dolido; si más no la de Rajoy, que ha motivado su antedicha reacción. Al decir de Burniol ya un amigo le había advertido: "te engañas, no hay federalistas en España" capaces de reconocer que Cataluña "es una realidad histórica que ha preservado su identidad y tiene una voluntad decidida de proyectarla al futuro". "Así las cosas -termina diciendo Burniol- reconozco humildemente que Ortega tenía razón: la relación entre España y Catalunya solo podrá desenvolverse (...) en términos de estricta conllevancia". Para ser exactos -la precisión no me parece ociosa- en su famoso discurso en Las Cortes (tal como recoge el propio Burniol en su libro) Ortega no habla de la relación entre España y Cataluña, sino del problema catalán. Problema que "no se puede resolver, sólo se puede conllevar".

Y me pregunto yo: ¿tanta fuerza tiene la apresurada respuesta de Rajoy como para que Burniol, de un plumazo, se replantee toda la doctrina cuidadosamente elaborada en su libro, y salte 74 años atrás en el tiempo?. ¿Qué esperaba Burniol de "su amigo de derechas", o del hombre de "la sonrisa sin destinatario". ¿Qué taumatúrgico efecto esperaba que su pregunta operase en los dos estadistas que hoy se disputan liderar el destino inmediato de España?. En el improbabilísimo caso de que Burniol leyera estas líneas, sería yo quien le diría ahora, no ho deixi. Al margen, y más allá, de líderes y liderillos al albur de circunstanciales elecciones, los ciudadanos de Cataluña, y de España, esperamos algo más de nuestros intelectuales. Este libro, aunque tal como he dicho en anteriores comentarios, no comparto alguna de sus premisas ni, en consecuencia, algunas de sus conclusiones, constituye un esfuerzo notable y valiosísimo para el planteamiento de una relación entre España y Cataluña (y otras naciones) sin caer necesariamente en el fatalismo de la conllevancia mutua ni, mucho menos, a vernos mutuamente como una especie de castigo divino. Y bueno, puestos a dar saltos atrás en el tiempo, prefiero al republicano Azaña antes que al historicista Ortega.

PS: Tal como amenacé, quería dedicar un comentario al síndrome Companys -figura acuñada por Burniol, con una gran carga significativa, para referirse al giro soberanista de Maragall y, a su rebufo, el PSC, durante la tramitación de la reforma del Estatut- pero el hilo de la actualidad me fuerza a posponer ese comentario en beneficio de la reacción de Burniol a las respuestas de los líderes políticos. A pesar de que soy consciente de que dedicar tantas entradas consecutivas al mismo tema aburre a las ovejas, pienso que el libro, como digo arriba, más allá de su contenido estricto, que no es poco, constituye una hoja de ruta muy apropiada para examinar, y quizá superar, el problema catalán, que me apasiona tanto como al propio Burniol.