11 de setembre de 2008

Suicidio asistido

Con frecuencia nos quejamos -generalmente con toda la razón- de los abusos del lenguaje por parte de los políticos, que disfrazan los hechos con eufemismos o medias verdades. Pero resulta chocante, y hasta divertido, que por una vez que un ministro, atreviéndose a llamar a las cosas por su nombre, anuncia una ley para regular el suicidio asistido, algunos opinadores y comentaristas, como si llevaran puesto el piloto automático, reaccionan exactamente igual: denunciando la "perversión del lenguaje", el cambio del "sentido de las palabras", o cosas similares.

Justamente el término suicidio asistido (que con frecuencia se ha disfrazado de "eutanasia" u otros eufemismos) no puede ser más claro y preciso: se trata de ayudar al suicidio a alguien que, por encontrarse físicamente impedido, por carecer de los medios, de los conocimientos precisos, lo que sea, no puede realizar el acto de suicidarse sin ayuda. Es frecuente que los que se oponen de forma visceral, y poco meditada, a cualquier tipo de legalización de la eutanasia o del suicidio asistido (insisto, visceral, no razonadamente) arguyan, de forma despectiva, que quien "realmente"quiere suicidarse puede hacerlo sin necesidad de ayuda. No es así; el caso paradigmático es el del que está impedido y postrado en cama (Ramón Sampedro), pero no es el único ni mucho menos.

Pensemos un poco en las circunstancias que pueden llevarnos a esa situación. El caso típico es el del enfermo incurable (cancer, por ejemplo) que entra en fase terminal y que, de forma progresiva, va perdiendo la autonomía y va aumentando su sufrimiento físico y psíquico. ¡Por supuesto que antes de entrar en esta fase quizá pudo suicidarse!, pero ¿seremos tan incalificablemente brutos que le diremos: "haberlo hecho cuando podías"?. Uno puede perfectamente amar la vida, y desear apurarla hasta el último momento, pero llega un momento en el que el balance entre el beneficio de seguir vivo y el perjuicio de estar sufriendo es absolutamente desfavorable. En ese momento caben dos alternativas: seguir sufriendo y haciendo sufrir a los familiares y allegados, a veces hasta límites realmente inhumanos e indecentes o terminar de la forma más indolora posible. Que llegados a este punto el procedimiento sea el suicidio asistido -es decir, desencadenado uno mismo la acción de poner fin a su vida- o bien la eutanasia -muerte inducida por el personal sanitario- es hasta cierto punto lo de menos. En último término es una cuestión meramente técnica que depende de las circunstancias de cada caso. Es obvio, por poner un ejemplo, que si, por efectos de la sedación, o de la propia enfermedad, se ha llegado a la pérdida de conciencia o coma, no tiene caso hablar de suicidio; en este supuesto -seguramente el más frecuente- el paciente puede haber dejado constancia, mediante el llamado "testamento vital" o de cualquier otra forma fehaciente, de su voluntad inequívoca de que, en tales circunstancias, le sea provocada la muerte.

3 comentaris:

  1. Brian, ya sabe Vd que en este tema discrepo, posiblemente más en el uso o abuso semántico,es decir en la forma que en el fondo. Las consultas psiquiátricas están llenas de personas que quieren morirse, algunos acaban suicidándose para no sufrir más esas enfermedades, la mayoría no se atreven pero lo desean cada día.Los enfermos terminales, incapacitados o con grandes sufrimientos físicos, serian otro gran apartado a tratar, pero no creo que se puedan poner todos los casos en el mismo saco, habría que establecer unos criterios muy precisos, tanto en términos médicos como jurídicos.

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  2. Bueno, pues no discrepamos tanto. Por lo menos en el caso de los enfermos impedidos que, en pleno uso de sus facultades mentales, dejaron expresada su voluntad sin coacción ni asomo de enajenación mental, cuando estuvieron en condiciones de hacerlo. ¡Claro! que esto debe regularse médica y jurídicamente.

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  3. Me pone los pelos de punta ese afán de la gente por la vida, o la muerte, de los demás.
    Yo no he hecho testamento vital, no me he puesto a ello, y ahora que lo pienso no debo dejar esas cosas pendientes, pero sin hacerlo, cualquiera que me haya conocido y querido sabría que hacer en un caso así.
    ¿Por qué tiene que decidir tal asunto un extraño? O lo que es peor...obligarme a mal vivir para no hacer cometer un delito a quien me quiera.

    Me da miedo todo.

    Beso.

    M.

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