8 de juny de 2009

Votar en blanco: confesión de un fracaso personal

No lo había hecho nunca. Desde el 15 de junio de 1977 no había faltado una sola vez a la convocatoria a las urnas, fuera esta municipal, autonómica, general o de referendo. Siempre había votado y siempre lo había hecho por una de las opciones en liza. Pero esta vez, conforme se acercaba el día, el desasosiego era mayor. Ninguna de las opciones, por uno u otro motivo, me satisfacía. ¿Qué hacer? La abstención no era una opción. No, por lo menos, para quién ha vivido una parte significativa de su vida en dictadura y considera el sistema de representación parlamentaria como un logro irrenunciable. Finalmente decidí depositar el sobre vacío. Y no fue menor el vacío que sentí en mi interior al salir del colegio electoral. Cabizbajo, casi avergonzado -al contrario que en otras ocasiones, en que iba buscando con la mirada la complicidad de conocidos y saludados- deseaba no cruzarme con nadie del vecindario.

No resulta fácil explicarse el voto en blanco. Ya sé que no hay que explicarlo a nadie -es una decisión personal- hablo de explicárselo uno mismo. De hecho, ni que sea por una cuestión simplemente aritmética, es mucho más difícil que explicarse el voto por una opción determinada: en este último caso sólo hay que explicarse el porqué de una opción; en el otro hay que explicarse el porqué del rechazo a todas y cada una de ellas.

Pero hay algo más. Votar en blanco es, para mí y por encima de cualquier otra consideración, el reconocimiento de un cierto fracaso personal. No nos engañemos: en un régimen democrático asentado, como el que disfrutamos, no se puede, sin tomarse antes una buena dosis de cinismo o de alienación, echar la culpa al sistema, a los partidos, a la política o, simplemente, decir que está uno desengañado. El sistema dista mucho de ser perfecto, pero concurren las garantías mínimas, aún con leyes de partidos políticos y otros vicios (como la recientemente comentada ausencia de una ley electoral decente), para que cualquier ciudadano pueda comprometerse con una opción política o participar activamente en su cambio o mejora según sus particulares exigencias éticas.

Cuando uno, ya en el otoño de su vida como es mi caso, se descubre sólo en el andén, después de, por mil excusas distintas, no haberse decidido a tomar ningún tren, no valen excusas; no le queda más que reconocer su fracaso personal. No se me entienda mal: no le estoy diciendo a nadie que asuma esto como un fracaso personal, estoy diciendo que para mí, después de mi particular experiencia vital, lo es.

6 comentaris:

  1. Idéntica reflexión me hice yo cuando, después de haber votado socialista durante todas y cada una de las elecciones, para lo que fueran, decidí que, hecho el balance de en lo que me representaban y en lo que me traicionaban, dejaría de votarles sistemáticamente. Y así lo hago ahora: soy dueño de mi voto. Y no me dejo coartar por la demagogia, como las últimas campañas del PSC, ni me siento un "neoderechista", por más que así me quieran encasillar los votantes "fieles" -y de eso es de lo que he huido: ¡de la neoiglesias en que se han convertido todos los partidos sin excepción-; pero uno que es proletario irredimible -salvo un golpe del azar- sabe que la propiedad del voto es una sensación que acaba complaciéndote. E incluso puedes soñar con que, en esos recuentos ajustados que ahora solemos vivir, un voto arriba o abajo tengan el valor de decantar una posible gobierno.
    Ya se sabe que mal de muchos..., pero ese voto en blanco consciente le honra y señala al verdadero ciudadano ejemplar que ha manifestado su protesta, aunque admito que pueda leerse en clave de fracaso.
    Me viene a la memoria el recuerdo de Boadella cuando decía que era el único voto de su pueblo que iba para el CDS de Suárez, aquel Quijote que hizo la travesía del desierto para ganarse, al menos, mi reconocimiento y mi respeto, y con una propuesta electoral que todos calificaban de quijotada: la desaparición de la mili. Después ya se vio que el quijotismo, en este país, tiene miga...
    Aunque sea discutible, ese poso cervantino veo en UPyD, nadando contra corriente, contra la Banca, contra las iglesias nacionalistas...
    Hermosa, por doliente, reflexión la suya, propia de un ser libre. Enhorabuena.
    No es el día, Brian, pero, ¿no cree que deberíamos iniciar una campaña de recogida de firmas en favor de una ley contra las campañas electorales, por respeto a nosotros mismos, a la decencia política, al ahorro y a nuestra responsabilidad ciudadana?

    ResponElimina
  2. Brian, el que más y el que menos en estas elecciones ha quedado bastante defraudado por las formas y fondo de esta campaña electoral, llevamos una inercia política que tiene muy mala pinta, esto se hunde y parece que los que viven del momio ni se enteran ni se quieren dar por aludidos, ellos mismos...

    ResponElimina
  3. ¿Ellos mismos...? Mas bien, nosotros mismos...

    Sirwood.

    ResponElimina
  4. Historicamente todos los excesos de los gobernantes los ha corregido el pueblo tarde o temprano de una forma u otra, es cuestión de tiempo, por eso digo "ellos mismos", el final está escrito.

    ResponElimina
  5. Hola col.lega;
    Si et serveix de referència, jo aquí a Olot vaig apostar per els antitaurins. Em va sembla passar-se un xic fer-lo per la Falange Tradicionalista y LA JONS.
    Que tiempos aquellos que hi havia -a la Itàlia, que d'això ens porten molta cultura- el partit de la Ciciolina i a anava als mitins mostrant mamella. Allò eren campanyes electorals. Fins i tot va se senadora del partir radical durant 4 anys.....

    ResponElimina
  6. He, he... Sí, també es una manera de dir-ho. Respecte dels italians, no em sembla que siguin gaire l'exemple a seguir. Alló de manca finezza, potser s'ho haurien d'aplicar ells, ara.
    Si t'he de dir la veritat, però, em vaig quedar tan fotut que no crec que torni a fer-ho.

    PS: Vaig veure la referència al llibre del Jordi. La enhorabona.

    ResponElimina