24 d’abril del 2008

¿Para qué sirve un blog?

En uno de los chistes que contaba el malogrado Eugenio, con su personal e intransferible estilo, un escritor novel se encuentra con un amigo, que le saluda cordialmente: "¡He comprado tu libro!". A lo que responde el escritor en tono bajo y vacilante: "Ah... ¿fuiste tu? ".

El otro día me pasó algo bastante parecido con respecto a este blog (la realidad imita, a veces, la ficción). La anécdota me llevó a rumiar -una vez más- la pregunta que encabeza esta entrada. Mis primeros escarceos en Internet, hará diez o doce años, fueron a través de los grupos de news. La conexión, mediante modem a la línea telefónica, era muy austera: se limitaba a enviar y recibir mensajes que luego uno procesaba tranquilamente off-line. Luego descubrí las listas de distribución, que es una variante algo más personalizada de lo mismo: la gente escribe y opina mediante mensajes que son distribuidos a todos los miembros suscritos a la lista. Finalmente el acceso generalizado a la banda ancha popularizó los foros y un sin fin de formas más de comunicarse, entre ellas el blog.

A mí, personalmente, el formato me resulta incómodo. En el foro el debate fluye de forma multilateral, sin urgencias, hasta que el tema se agota, o languidece por sí mismo; el blog es más encorsetado, las etapas afloran y se queman al ritmo que marca el anfitrión, para quedar luego sepultadas por el calendario, quizá sin fechas, como quería Josep Pla. Por contra, el blog permite explayarse sin más límites que los que uno mismo se imponga; en un foro hubiera sido imposible, por ejemplo, volcar la larga serie de reflexiones personales que, sobre el libro de López Burniol, he puesto aquí.

Hay otra diferencia, que me gustaría ilustrar con un ejemplo entrañable (y no digo entrañable como una figura retórica): el que fuera mi maestro de matemáticas en el bachiller solía animarnos encarecidamente a que hiciéramos chuletas, cuanto más perfeccionadas e ingeniosas mejor. Ante la mirada incrédula de algunos, les aclaraba: "no os preocupéis, ya me encargaré yo de que no las saquéis en el examen, pero vosotros hacedlas, que es la mejor manera de que se os quede algo de lo que aquí os explico". Todavía otro ejemplo: todo aquel que se haya visto en el trance de tener que explicar algo, se ha dado cuenta de que uno no entiende realmente una materia hasta que ha sido capaz de explicarla. Es decir, que aunque nadie, o casi, me lea, este es el mejor ejercicio que se me ocurre para discurrir sobre un tema. Cierto que para eso no hace falta publicar lo escrito, pero el hacerlo añade un plus de autoexigencia.

"Se olvida usted de la vanidad" -dirá alguien con sorna. No, no me olvido. ¿Qué otra cosa, que el anhelo de aquellos míticos 15 minutos de gloria warholianos, puede estar detrás de tantos millones de escritores frustrados?; ¿vanidad... o quizá demanda de cariño?. Dicen que dijo Gabriel García Márquez: "yo escribo para que me quieran más mis amigos"; si quién es multimillonario de afectos todavía pide más, ¿que no harán los pobres por unas migajas?.

¿Es esta toda la explicación al boom de los blogs?. No lo creo. Sería una exageración decir que hay tantas explicaciones como blogs, pero no hay duda de que cada uno tiene la suya. ¿Qué tienen en común blogs que son leídos por miles de personas, con otros que no lee prácticamente nadie?, ¿o los más específicos con los absolutamente generalistas?, ¿los políticos con los filosóficos?. Aparte del formato, poca cosa más. Pero ¿por qué el fenómeno ha tenido una tal explosión que incluso los periódicos y revistas más prestigiosos del mundo han (¿forzado?, ¿inducido?) a sus columnistas a mantener un blog en paralelo con los artículos publicados en papel?. Y otros aún, como por ejemplo Lluís Foix, (pionero, por cierto del periodismo digital) mantienen un segundo blog genuinamente personal e independiente. Los aficionados al esoterismo cientifista nos hablarán quizá de una red neuronal, casi mística, de la que todos, sin ser conscientes, formaríamos parte y, en fin, seguro que hay algunos cientos de interpretaciones más. Pero, en el fondo del fondo, yo, sigo sin saber muy bien para qué sirve un blog.

6 d’abril del 2008

El Vía Crucis de los políticos


Dice Josep Mª Vallés, en su reciente libro "Una agenda imperfecta: amb Maragall i el projecte de canvi", sobre la relación entre políticos y periodistas, que, a pesar de que hay una cierta desconfianza mutua, la proximidad entre unos y otros ha terminado por configurar una clase "politicomediática" como resultado de la una simbiosis surgida de la confluencia de intereses.

Estando de acuerdo con el retrato de Vallès, hay, a mi parecer, en esta simbiosis, un factor añadido de asimetría (que no hace, sino, el símil más realista puesto que las relaciones simbióticas nunca son simétricas): como ocurre en la clásica pareja de payasos de circo, Augusto, el payaso tonto, recibe todos los golpes, mientras Clown, el payaso listo, se atribuye todos los méritos. Así, veremos al tertuliano o líder de opinión, Clown, que pontifica sobre casi todo sin entender de casi nada, ridiculizar al político Augusto, por torpe, inepto o timorato (cuando no por deshonesto o cosas peores) mientras que el político se guardará muy mucho de rebelarse contras la tiranía del lenguaraz. Solo en casos excepcionales, y apartados ya de la política activa -cuando pueden permitírselo por tener una carrera civil, como es el caso de profesor Vallès- pueden los (ex)políticos opinar con cierta independencia. No voy a erigirme en defensor de los políticos, de los que he sido crítico en muchas ocasiones, pero me parece injusta la impunidad con la que periodistas -que manejan el medio- crucifican a los políticos, con razón o sin ella, y con la mirada puesta sólo en los índices de audiencia.

He puesto la foto de Carod con la corona de espinas, en el momento de ser fotografiado por Maragall, porque me parece paradigmática del caso. Esa imagen, que a mí me pareció simpática porque les humanizaba y les mostraba con un sentido del humor y de la ironía nada desdeñables en un país enfermo de transcendentalismo, fue utilizada de forma encarnizada y oportunista contra ambos. Pues bien, ahora, de nuevo, una anécdota absolutamente menor -la invocación a la Virgen de Montserrat por parte del conseller Baltasar en favor de la lluvia, desde su reconocido agnosticismo- ha sido utilizada por docenas de medios escritos y audiovisuales para, desde la ironía, hasta la burla, pasando por la crítica y hasta la ternura, cebarse sobre el buen hombre. Entiéndaseme bien, no estoy exculpando a Baltasar de una serie de errores políticamente garrafales: empezando por admitir que se aparcó el tema del trasvase desde el Segre por estar en campaña electoral, continuando por el intento de disfrazar el nombre con eufemismos y acabando por negar lo que primero había afirmado. Pero, como en el caso de Maragall y Carod, me parece que quienes utilizan la anécdota -para mí, simpática, soy así de raro- para hacer escarnio del político, están actuando de forma carroñera.