
Tertulia de la mañana en la emisora de más audiencia (y de referencia) de Cataluña. La discusión discurre en torno a la deficiente situación en que se encuentran las infraestructuras, particularmente en el área Metropolitana de Barcelona, e inevitablemente desemboca en el desastre sin paliativos de Renfe-Cercanías, cuyas averías encadenadas dejan, día sí y día también, a miles de damnificados en la estacada. La Vicepresidenta del Gobierno, en visita a la Generalitat, pidió públicas disculpas, pero el problema es de calado hondo y dista mucho de verse la luz al final del túnel. En un momento dado uno de los tertulianos repasa las excusas con las que el ente ferroviario torpemente intenta justificarse. Mientras las desgrana el tono de su indignación va in crescendo: «un día es una caída de tensión, otro las obras del “AVE”, otro un fallo del sistema informático, otro se cae la catenaría, otro el pantógrafo... ¡váyanse usted y el pantógrafo a la mierda!».
No es para menos. No hay palabras para describir el caos y la patente dejación de responsabilidades que transmite la red de ferrocarriles en el último medio año, por decir lo menos. Pero el tema, con ser grave, es sólo un síntoma. Uno de los muchos que cualquier ciudadano medianamente avisado puede percibir como murmullo de fondo en medios periodísticos y en analistas de política y economía. La red de autovías, el puerto, el aeropuerto, la conexión a Francia con ancho europeo, etc... La Cámaras de comercio, las patronales, gabinetes de estudios de entidades financieras, universidades, etc., no dejan de dar toques de atención sobre los síntomas de colapso y retroceso de la economía catalana por mor de la deficiencia en infraestructuras.
En los últimos cien años Cataluña fue la locomotora económica de España. Hoy, sin que Cataluña haya dejado de ser un motor importante, la iniciativa y el principal potencial reside en Madrid. Mientras esta ha escalado al primer puesto de los indicadores económicos, aquella sigue un lento pero inquietante retroceso. En este contexto, el asfixiante déficit de infraestructuras antes referido unido a un clima político enrarecido, en el que la reforma del Estatuto de Autonomía ha actuado como detonante y pretexto, se configura un panorama que genera un fuerte nerviosismo en Cataluña y, por reacción, en el resto de España.
El punto de vista favorito de Cataluña (quizá más específicamente de Barcelona) es el de la comparación con Madrid. Se interpretan en términos de agravio comparativo las inversiones e iniciativas que desde la Administración del Estado, pero también desde empresas, entidades para-estatales y monopolios ex-estatales (lobbies tributarios de la herencia del PP) se realizan en Madrid en (supuesto) detrimento de Barcelona. En contraste, la percepción que tiene el resto de España de ese despegue de Madrid, o por lo menos -matiz importante- así creemos entenderlo desde Cataluña, no es de agravio, sino quizá hasta de orgullo compartido, puesto que se asume de forma natural que Madrid es, y ejerce, como capital política, cultural, comercial y económica, además de centro físico y neurálgico.
Hago una digresión para matizar el significado polisémico que la palabra “Madrid” tiene en Cataluña: 1) el conjunto de VIPs (alguien los cuantifica en unos 4.000) del alto funcionariado, la economía, las finanzas y la política. 2) el conjunto de funcionarios de la administración central que viven, o aspiran a vivir, en Madrid, y 3) el de los madrileños propiamente dichos. El contexto determina a qué madrid nos referimos.
Esta diferencia de punto de vista bajo el que es visto Madrid tiene su correspondiente reflejo en la forma como se recibe el mensaje de Cataluña cuando reclama un trato acorde a sus necesidades específicas o cuando manifiesta su impaciencia ante lo que considera un freno injustificado a su potencial de creación. Desde Cataluña se ve como un ataque del madrid 1 (con la complicidad o complacencia de los madrid 2 y 3) para debilitar a Barcelona, y de rebote a Cataluña, en beneficio de Madrid. Desde el resto de España, por contra, se vería como un re-equilibrio justo y necesario: no solamente hay que transferir renta de las regiones más a las menos ricas, sino que debe favorecerse una discriminación positiva que tienda a igualar rentas y desarrollo territorial. Esto al margen, o además, de reivindicaciones particulares en las que se mezcla, en un totum revolutum, reivindicación de lo propio con anti-catalanismo ancestral y visceral. (Valencia sería el paradigma en este caso).
Una vez más en este virtuoso esquema uniformador se admite con entusiasmo la excepción -querida por consustancial- de Madrid. La Francia uniforme e impersonal, orgullosa del grand París sería el modelo a imitar. En este punto se produce la confluencia de la derecha nacionalista con la izquierda jacobina. O dicho quizá de forma más directa: del nacionalismo con el jacobinismo.
El tema admite muchas derivadas, pero por hoy, y después de tan larga pausa, lo dejo aquí.
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Posdata: Con esta entrada para el blog medio editada leo un editorial de La Vanguardia de hoy (ya ayer) día 1 de Marzo. En el editorial el diario se dirige con cierta solemnidad al Presidente Zapatero con motivo de su visita a Barcelona y al aeropuerto. No lo he tomado en consideración para que no me interfiriera, pero compruebo, a posteriori, que mis inquietudes no se alejan mucho de las que expresa el diario. Puesto que no creo en premoniciones ni transmisión de pensamiento, atribuiré la coincidencia a algo mucho más prosaico: que la percepción mía tiene algún fundamento o si más no, que no es tan extravagante.
Pego algunas líneas del editorial:
Barcelona, que en 1992 contribuyó de una manera muy importante a fijar en el mundo la imagen de una España moderna, dinámica y ambiciosa, no quiere especializarse como la Disneylandia de todos los adolescentes europeos con ganas de juerga.
(...)
Evidentemente el futuro de Barcelona, y, por consiguiente, el de Catalunya, reside en el esfuerzo y el talento de sus gentes. Barcelona y Catalunya serán lo que, en el fondo, deseen ser. Pero deben tener los instrumentos adecuados para ello. Deben tener la libertad de ser. Por ello, Barcelona no puede plegarse resignadamente a según qué designios aeroportuarios. En la actual Europa comunitaria, sólo en Rumania y España los aeropuertos son gestionados por organismos estatales centralizados. Los intereses de la compañía Iberia, antiguo monopolio público, al cual el Estado ha ofrecido el usufructo de la gigantesca terminal T4 en Madrid, son legítimos, pero no constituyen un dogma de fe. No vamos a descubrir el Mediterráneo: las compañías privatizadas han heredado de los antiguos monopolios estatales una gran capacidad de lobby en Madrid. Su influencia en los pasillos del poder sigue siendo muy alta.

